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lunes, 20 de abril de 2020

LA TUMBA DE TUTANKAMON


Una de las tumbas del Valle de los Reyes merecía toda mi atención. Con razón, uno de los mayores misterios de Egipto está vinculado inequívocamente con ella: la tumba de niño-faraón Tutankamon. 

La maldición de Tutankamon comenzó, según la leyenda, el 4 de noviembre de 1922, cuando Howard Carter descubrió el primer peldaño de la última de las sesenta y cuatro tumbas descubiertas en el Valle de los Reyes, que además permanecía intacta.


Carter era un tipo duro y austero, como pude comprobar al visitar su humilde casa, que aún se conserva en el cruce de la carretera de Deir Al-Bahri con la que llega desde el templo de Seti, muy cerca del valle. Llevaba años viviendo en Egipto y había aclimatado su cuerpo a las durezas del desierto. No malgastaré espacio en relatar el descubrimiento de la tumba, ya que existe una abundante bibliografía al respecto. Sólo añadiré que desde su hallazgo se desataron todo tipo de leyendas infundadas, algunas tan lógicas como inexactas. Por ejemplo, llegó a decirse que la momia del faraón era en realidad la de una mujer, ya que no tenía pene, pero recientemente se descubrió el pene de Tutankamon, que se había desprendido de la momia a causa del mal trato que se le propinó por las prisas con que se vació la tumba debido a la repercusión mediática del descubrimiento. O la primera impresión de que el faraón había sido asesinado a causa de un golpe en el cráneo ha sido desestimada hace pocos meses, tras someter la momia a un nuevo análisis forense, aplicando la últimas tecnologías criminalísticas. Algo con lo que ni Carter ni su mentor, lord Carnarvon, podían soñar en 1922. De hecho, ésta es otra de las cosas que deberíamos tener presente todos los investigadores al enfrentarnos con el misterio. 

Ni creyentes ni escépticos podemos ser tajantes y concluyentes en nuestras conclusiones, ya que la imparable progresión de la ciencia pone a nuestra disposición cada año nuevos elementos tecnológicos y nuevos conocimientos científicos, que podemos aplicar a la investigación de los antiguos misterios. Por eso conviene ser prudente al negar o afirmar algo. Existen cosas inexplicadas, pero nada es inexplicable. Sólo es cuestión de tiempo y apertura de mente. Por mi trabajo en el campo de la criminología tengo la fortuna de convivir profesionalmente con criminalistas de absoluto prestigio, con los que he compartido mi fascinación por el mundo del misterio. Y sin duda la «maldición» de los faraones es un ejemplo excelente de cómo las modernas técnicas de la policía científica pueden ofrecernos respuestas a los enigmas que tanto inquietaron a anteriores generaciones. Si en lugar del equipo de Carter hubiese sido el CSI de Gil Grissom el que hubiese penetrado en la tumba de Tutankamon, aislando y procesando la supuesta «escena del crimen», tal vez se habrían salvado muchas vidas, ya que la «maldición» de los faraones habría sido aislada antes de «asesinar» a los profanadores. 

En realidad, un análisis desapasionado de los hechos nos mostraría que: 

—Lord Carnarvon y otros de los veinticinco presentes en el desprecintado de la tumba de Tutankamon fueron falleciendo inmediatamente después de la profanación.


—La gran mayoría de esos fallecidos, incluido Carnarvon, sufría algún tipo de trastorno respiratorio. 

—Carter, sus ayudantes egipcios y otros arqueólogos con experiencia en el trabajo de campo sobrevivieron a la maldición y cumplieron más de setenta años. 

Pienso que la respuesta está muy lejos de las fórmulas mágicas y esotéricas que decoraban las paredes de la tumba, y que tenían por objeto atemorizar a los profanadores, como los muñecos vudús aterrorizan al supuesto «embrujado». Los magos de los faraones, como Djedi, se habían ocupado de convencer a los creyentes de sus poderes sobrenaturales utilizando ingeniosos trucos de ilusionismo, y es probable que el temor a la maldición fuese una medida de seguridad suficiente en la época salvo ante los escépticos ladrones. Sin embargo, como si la madre naturaleza hubiese querido contribuir en la protección de aquellos monumentos, una auténtica «maldición» científica aguardaba a quienes osasen profanar el sueño del faraón sin estar capacitados para penetrar en las tumbas sagradas. Y esa maldición tiene nombre de bacteria: aspergirus. 

Este organismo fue detectado en la tumba de Tutankamon, como en otros recintos antiguos, en 1962 por el doctor Ezz Taha. Según me explicó mi admirado colega el doctor José Antonio García Andrade, con quien compartí durante años la vicepresidencia del Centro de Investigación y Análisis de la Criminalidad en Madrid, el aspergirus es un hongo microscópico que puede penetrar en las vías respiratorias y, en casos de gran concentración, causar una enfermedad llamada aspergilosis invasiva. Cuando esto ocurre, las esporas se reproducen en los pulmones y comienzan a atacar los riñones, el hígado, los huesos, el cerebro. La humedad de las tumbas egipcias, el calor y la concentración de microorganismos a lo largo de los siglos convirtió la cripta del faraón en el hogar de numerosas bacterias. Tal vez el CSI se habría percatado del riesgo, pero los arqueólogos británicos, y sobre todo sus inexpertos patrocinadores, no. Y eso les costó la vida. 

Carter, como por supuesto sus empleados egipcios, había desarrollado los suficientes anticuerpos durante su vida en el desierto como para resistir la infección del aspergirus, pero Carnarvon carecía de defensas. Sólo viajó a Egipto algunos inviernos, a causa precisamente de la afección respiratoria que padecía, como otras víctimas del «maleficio», y falleció pocos días después de asistir al desprecintado de la tumba y de ser presuntamente infectado por la «maldición» bacteriana de los faraones. Todavía hoy arqueólogos tan reputados como el mismísimo doctor Zahi Hawass toman sus precauciones antes de entrar en una tumba recién descubierta. «Acostumbro a no afeitarme el día que voy a entrar en una tumba cerrada. Lo hago porque te proteges mejor de los posibles gérmenes. Se lo recomiendo», dice el egiptólogo más influyente y famoso del mundo. 

Cuando salí de la tumba número 64 del Valle de los Reyes me sentía un poco decepcionado por el aspecto que presenta. No queda rastro del tesoro, ni de la maldición ni, por supuesto, del aspergirus. La tumba es más bien pequeña y desgarbada, y casi no hay nada que ver en su interior. La práctica totalidad del tesoro de Tutankamon se encuentra expuesta en el Gran Museo Egipcio de El Cairo. Sin embargo, me sentí satisfecho de poder tachar otro en mi lista de enigmas pendientes. Por supuesto, y aunque no haya misterio en la «maldición» de los faraones, la visita a todas las tumbas del Valle de los Reyes es recomendable, y también al Valle de las Reinas, e incluso al Valle de los Nobles. 

Pero todavía me quedaba mucho Nilo que recorrer, así que continué mi viaje río arriba. Así, ganando kilómetros hacia el sur, nos encontramos Esna, con su templo de Khnum, de marcada manufactura romana; Edfu, el templo de Horus, sus misteriosos Shemsu Hor y la descripción de los cuatro «reyes magos» que llevaban regalos al niño-dios-halcón cuando nació; o Kom Ombo y su templo del dios Sobek, que tan poca gracia me hace. Sin embargo, en el templo de Kom Ombo existen cosas interesantísimas, como en todos los demás. Tanto aquí como en Edfu, volví a localizar y a calcar «bombillas» como las de Dendera pero mucho más pequeñas. Además recomiendo prestar especial atención a la «mesa de cirugía», unos grabados en la parte exterior del templo, que muestrán el instrumental médico que utilizaban los antiguos cirujanos del faraón. 

Después de realizar un calco de esos grabados y mostrárselo a amigos cirujanos y forenses, no me cabe ninguna duda de que la inteligencia de los antiguos egipcios no tenía nada que envidiar a la nuestra. Menospreciar su creatividad, su inventiva y su capacidad intelectual es una pedantería ridícula. Por cierto, justo enfrente de la «mesa de cirugía» existe otro grabado interesante y que en su día incomodó mucho a algunos notables del Vaticano. Algunos guías lo presentan como los cuatro evangelistas, ya que adoptan las figuras animales que simbolizan a Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y resulta un poco difícil explicar qué hace una representación de los cuatro pilares del Nuevo Testamento en un templo egipcio. La solución del misterio es sencilla: en realidad es una representación de los cuatro confines del mundo en la mitología egipcia. Aunque esto es todavía más incómodo para la historia de la Iglesia, ya que alguien podría pensar que hasta las figuras alegóricas que representan a los evangelistas son «plagios» de una religión anterior al cristianismo... 

Por fin llegamos a Asuán, la otra gran capital egipcia. Durante siglos esta ciudad marcó el límite de la frontera con el África negra, con Nubia. Los egipcios de piel negra, los nubios, son una raza de una belleza física extraordinaria. Aquí puede visitarse el Museo Nubio, ideal para hacerse una idea de la historia de esta cultura y del papel que desarrolló en el Egipto de los faraones. En él se exponen algunas muestras de las ingeniosas técnicas y «tecnologías» desarrolladas por los agricultores nubios para canalizar las aguas del río y controlarlas en sus riegos. La enésima prueba de su ingenio e inventiva. Además, quienes no deseen pasar por el incómodo trayecto del desierto pueden contemplar en este museo algunos petroglifos neolíticos y muestras de arte rupestre que fueron trasladados desde sus ubicaciones originales. El maravilloso jardín botánico de la isla de Kitchener, los mausoleos del cementerio fatimí o el templo de Khnum en la isla Elefantina también son de obligada visita en Asuán. 



EL VALLE DE LAS REINAS Y DE LOS REYES


En Egipto, por alguna extraña razón, no se suele dormir demasiado. Quizá porque hay tantas cosas que ver, que sentir, que experimentar, que uno no se permite perder el tiempo. Al menos eso me pasa a mí, que a primera hora ya estaba despierto y esperando que abriesen las puertas del templo de Karnak, el recinto religioso más grande del planeta tierra. En ningún otro lugar del mundo se ha dedicado una mayor superficie de espacio a un conjunto de templos, capillas, estatuas, altares y criptas erigidos a los dioses. Y supongo que es por esa magnitud religiosa, casi treinta y cinco kilómetros cuadrados, por lo que circulan tantos rumores y leyendas sobre las supuestas «energías sutiles» que impregnan algunas de aquellas estatuas y criptas, provocando todo tipo de fenómenos anómalos.


Desgraciadamente, yo soy un zoquete para la percepción de esas «energías sutiles», cuya definición tampoco termino de comprender. Sin embargo, y aunque me muestro prudentemente escéptico al respecto, intento no desestimar una teoría antes de, por lo menos, intentar contrastarla. Y en Karnak eso no es difícil. Todo el mundo sabe cuáles son las estatuas que supuestamente tienen «poderes» o cuáles las «criptas» que hipotéticamente velan los carretes fotográficos. Así que no cuesta nada tirar un par de fotos. Por suerte o por desgracia mi cámara fotográfica es tan escéptica como yo y captó, obediente, todas las imágenes que yo seleccionaba a través del objetivo.

Sin embargo, justo es reconocer que la humedad del ambiente, el polvo de algunas tumbas, el calor, etc., sobre todo en algunas criptas especialmente incómodas, como la de mi querida Sekhmet, o el nerviosismo que pueden inspirar en el creyente ciertas estatuas, podrían explicar que, en ocasiones, las fotos no sean tan fáciles de tomar como uno querría. Aunque más por un fallo humano o mecánico que por una causa paranormal.

Antiguamente, aquí se situaba la ciudad de Tebas, y aquí fue donde el primer ilusionista de la historia, Djedi, fascinó al faraón Keops con sus efectos mágicos. También en Tebas se rendía culto a la trinidad formada por Amón (el Oculto), Mut y Khonsu. La misma trinidad a la que estaba consagrado el extraño templo que pudimos visitar en el perdido oasis de Al Dakhla y que conservaba aquella atípica representación de Horus. Los obeliscos de Hatshepsut, las «estatuas vivas», la gran sala de Tutmosis III... Hay tantas cosas para ver en el templo de Karnak que un viajero podría pasar muchos días y noches en ese lugar. Pero nuestro viaje debe continuar, y antes de abandonar Luxor es imprescindible visitar los valles de las Reinas y de los Reyes. Allí, y no en las pirámides, es donde se han encontrado las momias de los faraones y su maldición...

El Valle de los Reyes o «gran plaza de la verdad» se encuentra al otro lado de la montaña piramidal de Al Qurn, justo detrás del templo de Hatshepsut. Aún no hay consenso sobre cuál fue el primer faraón que decidió ser enterrado en aquel árido valle, que en el mes de agosto parece una sucursal del infierno. Quizá fue Tutmosis I (1504-1492 a.C.). Después, entre otros, Tutmosis III y IV, Horemheb, Siptah, Menefta, Monthuhirkhopshef, Seti I y II, Siptah, Amenofis II, Sethnakht, los Ramsés I, III, IV, VI o el célebre Tutankamon fueron enterrados en ese mismo lugar. Y bajo esas arenas ardientes, bajo ese sol homicida, quedan muchas tumbas que serán descubiertas por los arqueólogos en los próximos años... Suponiendo que algunas no hayan sido descubiertas ya, aunque dichos descubrimientos continúen en la reserva de reclamos publicitarios, esperando el momento oportuno de ser divulgados...


El Valle de los Reyes figuraba en mi lista de tareas pendientes. Según Erich von Dániken y los imitadores que le sucedieron, en muchas de esas tumbas existían pinturas y jeroglifos que representaban a los «dioses» extraterrestres con una apariencia que recordaba tanto a los modernos astronautas como los jeroglifos de Abydos recordaban a máquinas modernas. Por no hablar de uno de los misterios por antonomasia de Egipto: la maldición de los faraones, cuyo origen se encuentra precisamente allí, en el Valle de los Reyes.

Cada una de esas tumbas es distinta a todas las demás. Sin embargo, hay patrones que se repiten en cada dinastía. Las de la XVIII eran contraídas con un eje norte-sur, pasadizos y cámaras similares, etc. En la XIX dinastía el eje se endereza hasta la orientación este-oeste, se sustituye el mortero por puertas de madera para sellar las galerías, etc. En la dinastía XX la estructura funeraria se simplifica y las tumbas son más pequeñas, etc. Pese a ello, todas aparecen ricamente decoradas con textos extraídos del Libro de los Muertos y con bellos relieves, pinturas y jeroglifos.

Como no podía ser de otra manera, los entusiastas miembros de la AAS y los defensores de la intervención alienígena en el pasado descubrieron muchas imágenes de supuestos «dioses» no humanos en esas tumbas. En la tumba de Ramsés VI (la número 9), por ejemplo, la decoración de la cripta presenta escenas del Libro de las Puertas, el Libro de las Cuevas y, por primera vez, el Libro de la Tierra. Ahora bien, existen unas imágenes que, arrebatadas de su contexto, han sido reproducidas una y otra vez en libros o publicaciones sobre misterios del pasado. Se trata de unos extraños personajes que aparecen acuclillados y provistos de unas cabezas perfectamente redondas. No más redondas que los dibujos rupestres del desierto de Gilf Kabir, o las de Tassilli, o las de Mauritania.

Por supuesto, quien se acerca al Valle de los Reyes buscando pruebas de que astronautas extraterrestres visitaron el Egipto faraónico verá en esas imágenes a los «dioses» de los que hablaba Dániken. Sin embargo, omitirá que en esa misma tumba aparecen otras escenas y personajes «oníricos» como hombres decapitados, monstruos de dos cabezas, etc... ¿Significa que todos esos dibujos representaban escenas reales? ¿O se trata sólo de símbolos?

Parece claro que ni el más imaginativo y apasionado astroarqueólogo afirmará que las esculturas de Osiris representan a un hombre-lobo, como nuestro Paul Naschy, divinizado. Todos saben que esas representaciones de los dioses son símbolos y no descripciones literales. Pues lo mismo debemos pensar de todas las demás representaciones, textos, alegorías y revelaciones de los distintos dioses de la humanidad. Incluyendo la Biblia. En la tumba número 2, de Ramsés IV, aparecen por ejemplo unos extraños personajes tocados con una especie de «casco» provisto de dos «antenas» muy similares al espectacular fresco «especial» de Fergana, en la antigua URSS, una escena que muestra un platillo volante y a un astronauta extraterrestre, con una nitidez y contundencia sólo equiparable a las máquinas de Abydos o al «extraterrestre» de la tumba de Path-Hotep. Las primeras ya sabemos lo que son; y el segundo resultó ser una malinterpretación optimista de la representación de una flor de loto que, visto por un occidental del siglo XXI recuerda, verdaderamente, las modernas representaciones de aliens macrocéfalos y de grandes ojos negros. Pero lo de Fergana no es una confusión. Es una escena concreta que expresa lo que quiere expresar: un astronauta antenado y un platillo volante inequívocos. Ya me ocuparé de ella cuando mi viaje tras los dioses me acerque a la frontera de la ex Unión Soviética...

Merece la pena visitar todas y cada una de las tumbas, aunque eso resultaría una tarea agotadora en un solo viaje. Se visiten las que se visiten, yo recomiendo llevar una linterna y agua. Se suda mucho. Y sin una linterna es imposible apreciar muchos de los detalles de las pinturas. Y éste es otro de los misterios que alegan los defensores de la hipótesis extraterrestre para los dioses: ¿cómo pudieron pintar con tanto detalle dibujos que se encuentran en criptas tan profundas si no conocían la luz eléctrica y no hay restos de hollín? Las «bombillas» de Dendera volvían a exigir atención en mi lista de misterios pendientes. Pero deberían esperar...




EGIPTO: LA ISLA DE FILAE Y EL CULTO A ISIS


La siguiente isla importante en el cauce del Nilo no es menos interesante: Agilkia, aunque todo el mundo la conoce por Filae, que era la isla original, ahora bajo las aguas del Nilo. Su templo dedicado a Isis debe incomodar tanto como avergonzar a los cristianos. Justo en este lugar murió la religión egipcia bajo el yugo de la cruz. 

Bueno, en realidad fue en este templo, pero no aquí, ya que la nueva Filae es una de las islas creadas por el lago Nasser y el templo de Isis fue trasladado allí desde su ubicación original para evitar que fuese engullido por las aguas. Los sacerdotes egipcios realizaron en este templo la última ceremonia oficial de culto a los antiguos dioses faraónicos tras un real decreto emitido por Justiniano, desde Constantinopla, en el 535 d.C. Tras miles de años de esplendor teológico, el culto a Ra desapareció en nombre de Jesús. Y lo peor es que con el culto desapareció también la escritura.


La última inscripción en jeroglífico se grabó en estas paredes en el 394 d.C. Con la muerte de los sacerdotes empezó la amnesia. Y así permanecería, olvidada, hasta que en 1822 Jean Frangois Champollion consiguió descifrar la piedra Rossetta. Por desgracia, los «trucos» mágicos de Djedi y sus colegas siguen sumidos en el misterio. Sin embargo, el destino se vengó, porque tras la caída de Filae el culto a Isis resurgió en Egipto y África primero, y en Europa y el resto del mundo después, disfrazado de pía devoción a María Magdalena. 

Según muchos historiadores, tras el herético culto a la imaginada esposa de Jesús, que jamás fue prostituta, se escondían en realidad rituales a la diosa Isis. Como si de esta forma la diosa egipcia hubiese querido sobrevivir oculta en los mitos de la Biblia. O como si hubiese deseado vengarse de las mutilaciones cometidas por los cristianos en su último templo. Y es que al entrar en Filae, una de las cosas que más me entristeció fue contemplar, allí también, un fenómeno que he visto en otras partes del mundo: la mutiladora cristianización de los monumentos antiguos. 

Igual que Ramsés II se apropió del templo de su padre, haciendo grabar su cartucho por encima del de Seti I, a lo largo de la historia los cristianos hemos mutilado todo tipo de restos arqueológicos, haciendo grabar cruces o símbolos cristianos por encima de los emblemas paganos. Musulmanes, budistas o hinduistas hicieron lo mismo. En Filae es posible contemplar las cruces coptas que fueron grabadas encima de los jeroglíficos, así como las pudorosas mutilaciones de símbolos fálicos y sexuales en muchas de las representaciones de los dioses egipcios. A los cristianos el sexo siempre nos ha puesto un poco nerviosos... 

No obstante, y si he de ser totalmente justo y sincero, debo reconocer que no todas las mutilaciones fálicas de Filae se deben al recato censor de los cristianos, ya que una de las supersticiones más antiguas en Egipto, mezcla de animismo africano y fetichismo grecorromano, aseguraba que la representación del pene de los dioses, como Min, podía favorecer la erección. Hasta el templo peregrinaban los dolientes para raspar unos gramos del falo del dios e ingeridos mezclados con agua. Esto, según la leyenda, curaba la impotencia. Hasta Omm Seti escribió en sus diarios: 

«¡Qué escultor idiota! ¡Si hubiese tenido un poco de visión de futuro habría hecho el falo de Min de un centenar de metros de longitud!». 

Y si con Filae en la popa seguimos río arriba unos trescientos kilómetros más, llegaríamos al final de Egipto y a la frontera con Sudán. 





sábado, 11 de abril de 2020

EL TEMPLO DE ABU SIMBEL EN EGIPTO


Dejando atrás la isla de Filae y antes de llegar al "final" de Egipto, al dirigirnos a la frontera con Sudán, queda mucho más en el trayecto: los yacimientos de Dakka y Maharraqa; el templo de Kalabsa, el de Kertassi o el de Derr; la tumba de Penniut, etc. Pero cuarenta kilómetros antes de dicha frontera se encuentra uno de los templos más grandiosos, rotundos y hermosos de Egipto: Abu Simbel.



En realidad se trata de dos edificios, construidos por Ramsés II, que demuestran nuevamente el ingenio, la pericia y la profesionalidad de los arquitectos faraónicos. El templo de Ramsés mide treinta metros de alto por treinta y cinco de ancho. El dedicado a su esposa Nefertari es un poco menor. Ya sabemos que los antiguos lo de la igualdad hombre-mujer no lo llevaban muy bien. 

Si existe la posibilidad de elegir, yo sugiero viajar a Abu Simbel el 22 de febrero o el 22 de octubre, ya que esos días los primeros rayos del sol atraviesan la sala hipóstila, el vestíbulo y se adentran en la cripta donde se encuentran las figuras de Ra, Ramsés, Amón y Ptah hasta iluminarlos mágicamente a todos menos al último. 

Sin ayuda extraterrestre ni atlante, los dos colosales templos fueron desmontados pieza a pieza y trasladados a una zona más alta para evitar las aguas del lago Nasser. En su emplazamiento original, el fenómeno de los rayos del sol se producía un día antes. Supongo que los arquitectos del siglo XX estaban menos motivados por sus creencias religiosas que los antiguos. 

En Abu Simbel la Divina Providencia quiso que coincidiese con un viejo amigo, el doctor José Miguel Parra Ortiz. Sin duda los caminos del Señor son inescrutables. 

- Coño, Carballal! 

- ¡Coño, doctor Parra! 

- ¿Y tú qué haces aquí? 

- Sospecho que lo mismo que tú... 

Había conocido al doctor Parra unos años antes, en Madrid, presentados por un común amigo, también egiptólogo. Parra es traductor, doctor en Geografía e Historia por la UCM y autor de casi una decena de libros sobre Egipto; mis incursiones en el mundo del misterio habían levantado las suspicacias del egiptólogo, que realizó su tesis doctoral sobre las pirámides y que me puso a prueba en nuestro primer encuentro. 

- ¿Tú no serás de los que creen que las pirámides las hicieron los extraterrestres? 

- Yo no creo, doctor. Yo o sé o no sé. 

- Pues vamos a ver lo que sabes... Por ejemplo, ¿tú cómo crees que los egipcios precintaron el Serapeum de Saqqara para que cuando se descubriera estuviese cerrado al vacío? ¿Con alguna tecnología atlante? 

Recuerdo que aquella primera reunión con el doctor Parra se produjo en una cafetería de Madrid. Y en lugar de responderle verbalmente decidí hacerlo con un pequeño ejemplo de magia científica. Pedí al camarero un plato sobre el que vertí un poco de agua. A continuación coloqué una cerilla flotando en un trocito de corcho en medio de la superficie del agua vertida sobre el plato. La encendí y coloqué un vaso de cristal, boca abajo, sobre ella. En unos segundos la llama de la cerilla consume el oxígeno y entonces se produce un efecto ventosa que hace que el agua suba «mágicamente» por el vaso. Como si Moisés hubiese separado las aguas. 

Este sencillo experimento demuestra cómo se puede precintar al vacío cualquier habitáculo, por grande que sea, simplemente utilizando una vela o una antorcha encendida que, una vez haya consumido el oxígeno, sellará el lugar como si fuese una cámara frigorífica. 

El doctor Parra sonrió satisfecho, y yo también. Creo que si hay una cosa que caracterice más a José Miguel Parra que su pasión por Egipto es su sentido del humor. Y para escuchar algunas de las cosas que se dicen de Egipto, hay que tener mucho sentido del humor... 



miércoles, 8 de abril de 2020

EL LEGADO DE MOISÉS



En la Ciudad del Vaticano, muy cerca del Museo Pío Cristiano y del Museo Etnológico Misionero, hay un tercer museo especialmente interesante para el objeto de este viaje: el Museo Egipcio. 


El Museo Egipcio Vaticano fue fundado por E. Luis Ungarelli (1779-1845) a petición del papa Gregorio XVI en 1839. Exégeta, bibliógrafo y egiptólogo, Ungarelli publicó la Interpretado obeliscorum orbis en 1842, y la erudición de su obra le valió la confianza del Santo Padre para situar, en medio del Vaticano, un pedazo del Egipto faraónico especialmente relacionado con la historia del cristianismo y la arqueología bíblica. 

Ungarelli reunió piezas traídas por los misioneros, así como algunas que ya existían en el Museo Capitalino y en otros archivos secretos vaticanos y que habían llegado desde Roma, Tívoli, etc. Algunas incluso pertenecían a coleccionistas privados católicos. 

El museo ocupa nueve habitaciones, divididas por un semicírculo abierto hacia una terraza que cuenta con numerosas esculturas. En dos de estas habitaciones se encuentran objetos hallados en la antigua Mesopotamia y en Siria y Palestina. Y no es necesario haber estudiado teología para entender que el interés de los papas por Egipto estriba en la indiscutible importancia de este país en la tradición cristiana. Porque, si nos atenemos a tal tradición, por otro lado indemostrable históricamente, los cinco primeros libros de la Biblia, el Pentateuco del Antiguo Testamento, no habrían existido de no haber sido por algo que ocurrió en Egipto. Y más concretamente en una región de Egipto, alejada del cauce del Nilo, hacia la que ahora dirigía mis pasos: la península del Sinaí. 

Desde el aeropuerto de Abu Simbel es factible, cómodo y rápido llegar al de Sharm El Sheikh. Hoy esta región egipcia es un antro de turismo en el peor sentido de la palabra. Tiendas, restaurantes, hoteles de lujo, más tiendas, centros de ocio, salas de juego, más tiendas... Evidentemente el golfo de Suez y el de Akaba atraen a un determinado tipo de turismo. Y no seré yo quien discuta que los fondos marinos del mar Rojo son una justificación suficiente para hacer un viaje a Sharm El Sheikh. 

Si el viajero dispone de un carnet de submarinismo podrá alquilar una botella de oxígeno, neopreno, gafas, aletas, etc., y disfrutar de unos paisajes submarinos absolutamente espectaculares. No aconsejo abandonar la península sin haber contemplado esos fondos, aunque sólo sea a pulmón libre. Para los más audaces recomiendo una inmersión nocturna. No hay palabras para describir la emoción de sumergirse hasta el fondo y quedarse quieto mientras dure el oxígeno de la botella, dejándose rodear por miles de peces tropicales de todos los colores imaginables. Eso sí, cuidado con los tiburones. Más de un turista temerario ha sufrido en sus propias carnes el ataque de los escualos del mar Rojo. 

Pero si lo que buscamos es el origen de las creencias, tendremos que despedirnos de las turísticas costas y coger la carretera en dirección norte hacia el desierto del Sinaí. Allí encontraremos algunos de los primeros paisajes descritos en la Biblia. De ahí el enorme interés que esa zona despierta para cristianos, judíos y musulmanes. 

A partir del capítulo diecinueve del libro del Éxodo, el Sinaí entra para siempre en la historia de Occidente, ya que allí es donde Yahvé se aparece a Moisés para dictarle los mandamientos. Unos mandamientos que inspiraron el Derecho Eclesiástico, que a su vez dio lugar al Derecho Civil y Penal que, todavía hoy, rige nuestras vidas. 

Y en esa península egipcia, según la tradición, es donde el mismo patriarca hebreo escribió los cinco primeros libros del Antiguo Testamento. Este mito —y digo «mito» con todo el cariño— se enseña todavía en las escuelas de teología a los cristianos de todo el mundo, porque, ya en tiempos de Jesús, tanto Cristo como sus discípulos creían que Moisés había sido el autor del Pentateuco. O eso se deduce de textos como los de Juan (1:45 y 5:45-47), la Epístola a los Romanos (10:5), etc. Desgraciadamente, y aun cuando se estudia con fe el Antiguo Testamento, hay cosas que una mente medianamente racional no puede pasar por alto. 


En mi caso, comencé a estudiar la Biblia siendo un adolescente. Y a pesar de mi vocación sacerdotal, supongo que como la de muchos adolescentes, la primera vez que leí las licenciosas conductas sexuales de Sara, por ejemplo, no podía menos que mostrarme confuso y perdido. Más allá de la obvia inmoralidad que se supone a Sodoma y Gomorra, me resultaba difícil comprender cómo el profeta Lot podía mantener relaciones sexuales con sus hijas (Génesis 19:32), o cómo Abraham prostituye a su esposa en el harén del faraón a cambio de ovejas, vacas, asnos, siervos, criadas, etc. (Génesis 12:16). ¿Cómo encajar en el esquema moral que me dictaban mis profesores de teología las orgías, el proxenetismo, los incestos y demás que supuestamente Moisés describe en los primeros libros del Antiguo Testamento? Prometo que estos pensamientos atormentaban a aquel joven e inexperto aprendiz de cura que sólo quería comprender a Dios. 

Esa confusión no mejora con el paso de los años. Al contrario. La fe suele mermar en directa proporción al aumento de la formación científica. Y eso hace que las insistentes contradicciones, imposibilidades y hasta calumnias que detectamos en una lectura más crítica de la Biblia sean incompatibles con el sentido común. ¿Cómo podía Moisés, suponiendo que fuese él, pretender que en un arca de ciento cincuenta metros de largo, treinta de ancho y quince de alto Noé pudiese meter dos ejemplares de dos millones de especies animales diferentes (Génesis 6: 15)? ¿Y qué sentido tiene sacrificar a un ejemplar de una de las especies (con lo que por lógica dicha especie ya no podría procrear y se extinguiría) en honor a Yahvé al concluir el diluvio (Génesis 8:20)? ¿Y cuánto duro éste? ¿Cuarenta días? ¿Entonces por qué dice la Biblia que el diluvio comenzó el día 17 del segundo mes de su año 600 (Génesis 7:11) y que Noé salió del arca el 27 del segundo mes del año 601 (Génesis 8:14), o sea, un año y diez días después? 

Cuando empecé a subrayar en mi usado ejemplar de la Biblia de Nácar Colunga aquellos pasajes en los que encontraba contradicciones, o cosas inaceptables, el color blanco de las páginas empezó a teñirse a causa de los cientos y cientos de subrayados que me veía obligado a hacer. Aunque lo diga Moisés, los pájaros y los insectos no tienen cuatro patas sino dos las aves y seis los insectos (Levítico 11:20-21); ni la lepra se cura con salmos ni sangre (Levítico 14:49-53); ni los asnos hablan (Números 22:21-30); ni Caín puede construir y poblar toda una ciudad en sólo dos generaciones cuando tras asesinar a su hermano sólo había tres humanos en el mundo (Génesis 4:17)... La lista de dudas que me encontraba en cada nueva página de la escritura era interminable. Estaba claro que aquello no podía ser una revelación perfecta, dictada directamente por Dios. ¿Entonces qué era? 

Como ya expliqué en la introducción, las contradicciones que encontramos en la misma Biblia son irreconciliables. Sólo en el libro del Génesis aparecen dos descripciones de la creación del mundo distintas e incompatibles. Esas contradicciones, en cualquier texto ajeno al dogmatismo de una religión, sugerirían que al menos han existido dos escritores distintos. Si a esto añadimos todas las incoherencias históricas del texto, como la cita a la «tierra de los filisteos» en el libro del Éxodo (13:17, o también 15:14), cuando los filisteos todavía no existían, ¿qué podemos pensar? 

No aburriré al lector con mis angustias teológicas. Existe suficiente bibliografía sobre las contradicciones e incoherencias bíblicas para que el interesado pueda documentarse. Sólo apuntaré que tras todos los intentos por compatibilizar dichas incoherencias con la historia, a finales del siglo XIX la exégesis bíblica concluyó, bajo la influencia de los trabajos de Graf y de Wellhausen, que el Pentateuco sería la compilación de cuatro documentos, distintos por la fecha y el ambiente de origen, pero muy posteriores todos ellos a Moisés. 

Ante el estudio científico, exegético, histórico, arqueológico, paleontológico, lingüístico y filológico de la Biblia, muchos de los protagonistas, como Abraham, Isaac, Jacob, dejaron de ser considerados personajes históricos para convertirse en una personificación de determinados clanes, figuras míticas o episodios étnicos. Dicho más claro: no se puede leer la Biblia como si se estuviese leyendo una crónica periodística. Ante este hecho incuestionable, todas las interpretaciones sobre fenómenos sobrenaturales, contactos extraterrestres, episodios místicos, etc., arrancados del contexto teológico y presentados como la crónica exacta de un suceso real, descrito por Moisés tal y como ocurrió, se convierten en una falacia. 

Osiris no era un hombre-lobo, ni Horus un Batman faraónico, y debemos aplicar el mismo principio simbólico a los personajes bíblicos. Aun así merece la pena recorrer el desierto del Sinaí, y merece la pena subir a la montaña donde, según la tradición, Moisés recibió las Tablas de la Ley. Es costumbre iniciar el ascenso en plena noche para llegar a la cumbre al amanecer. Yo, que he hecho ese trayecto de tres mil peldaños en varias ocasiones, sugiero alquilar un camello para evitarse una caminata agotadora. Una vez arriba, mejor mentalizarse de que se compartirá la explanada con miles de turistas llegados desde todo el mundo. Intimidad para la oración, poca. Pero tampoco importa demasiado, ya que ése tampoco es el lugar donde Moisés se encontró con Yahvé. O esto afirman los defensores de que el verdadero Sinaí es el monte Karkon, en el desierto de Néguev. Aunque los árabes saudíes argumentan que el auténtico es su monte Jabal Al Lauz. Quién sabe. Lo evidente es que, auténtico o no, la polémica no resta ni un ápice de espectacularidad a los hermosos amaneceres que se ven desde lo alto del Sinaí egipcio.

Al descender, ya de día, y si hay tiempo, merece la pena acercarse a los monasterios coptos de los Santos Apóstoles o al de Santa Catalina, o al convento de los Cuarenta Mártires. Sus archivos y bibliotecas son depositarios de algunos de los documentos más reveladores y desestabilizadores de la historia del cristianismo. E igual que ellos, los beduinos, auténticos habitantes del desierto y conocedores de sus secretos, saben tan bien como los monjes coptos que las cosas no son exactamente como las narra el texto bíblico.

No voy a repetir cómo la ciencia ha ofrecido ya explicaciones razonables para supuestos milagros como el maná, que aún es un alimento de la dieta beduina, o el «milagroso» paso del mar Rojo. Lo que sí haré será invitar, una vez más, a todos los que intenten comprender los misterios del pasado a invertir un poco de tiempo en la convivencia con los herederos de ese pasado. Igual que con los artesanos de los oasis perdidos o con los pescadores del Nilo, charlar con los beduinos del desierto nos puede enseñar más arqueología y antropología que todos los libros del mundo.

Como había visto en las ciudades perdidas del Sáhara mauritano, o en las selvas del África negra, todavía existen técnicas e «inventos» ideados hace milenios que continúan siendo utilizados por los nómadas, indígenas y aborígenes actuales, en todos los rincones del planeta. Se trata de brillantes ejemplos del ingenio humano que nos avergüenzan a los acomodados, encorsetados y limitados occidentales. Probablemente la inmensa mayoría de los arqueólogos, historiadores, astroarqueólogos e investigadores de los misterios del pasado no sobreviviríamos ni una semana si fuésemos abandonados a nuestra suerte en un lugar como el desierto del Sinaí. Mucho menos seríamos capaces de construir un templo, un obelisco o una simple chabola. Pero eso sólo se debe a que nuestros conocimientos informáticos, nuestra habilidad para enviar mensajes SMS, nuestra cultura televisiva o nuestra pericia con la Game Boy es completamente inútil en el desierto. Allí los verdaderos tecnólogos son los artesanos que taladran la piedra con herramientas de cobre, los alfareros que fabrican jarras con compartimentos y canales de aire en su interior, los pastores que construyen «neveras del desierto» con la piel exudante de una cabra, los campesinos que pueden predecir los cambios de clima por el comportamiento de los animales, los astrólogos que conocen los mapas estelares mejor que nuestros astrónomos, etc.

Es normal, que ante nuestra profunda ignorancia tendamos a pensar que nuestros antiguos no podían construir los grandes templos y monumentos del pasado por ellos mismos, ya que nosotros no nos sentimos capaces de hacerlo. Pero si nos atrevemos a convivir con sus descendientes, descubriremos que no sólo pudieron hacerlo, sino que podrían volver a repetirlo en cuanto se lo propusiesen. Aunque el motor de las grandes civilizaciones, la fe en los dioses, haya ido perdiendo potencia con el paso de los siglos...

Sé que es una afirmación indemostrable. Sin embargo, me jugaría el cuello a que si hubiese una forma de regresar al pasado para visitar la legendaria Biblioteca de Alejandría, descubriríamos que la mayoría de esos supuestos misterios tecnológicos del pasado no son tales. A menos que reneguemos de nuestra historia, y consideremos a todos los humanos del pasado como ignorantes incapaces de la creación científica. Apuesto a que, si pudiésemos tener acceso por un momento a la Biblioteca de Alejandría, dejaríamos de necesitar a los «dioses» extraterrestres para reconstruir nuestro pasado.


jueves, 2 de abril de 2020

HAITÍ: LA INTERNACIONAL. VIAJE HACIA BELLADERE



«Amanece temprano y la luz del sol me despierta», anoté en mi diario. Así que madrugué. Tenía muchos preparativos que hacer antes de salir hacia la frontera haitiana. Había hecho coincidir mi primer viaje a Haití con el tercero o cuarto que hacía Miguel Blanco, para contar así con un poco de cobertura en un país tan duro como desconocido, al menos hasta que pudiese reunirme con las misioneras católicas de Puerto Príncipe. 

Me aprovisioné de mapas, baterías, carretes, un buen botiquín y todo lo que pudiese necesitar antes de adentrarme en el territorio más peligroso que he conocido. Más de una vez me iba a alegrar de haberme reunido con Miguel Blanco antes de dejar Puerto Plata para iniciar la ruta hacia la frontera haitiana. Para ello alquilamos un coche, en realidad una furgoneta, en una de las numerosas agencias de alquiler de vehículos que atienden a los turistas. Tiene gracia: cuando explicamos al dependiente de la agencia que queríamos un vehículo duro para ir hasta Haití, el tipo nos respondió en un tono profundamente despectivo: «¡Para qué van allá, chico, si allá nada más que hay negros!». Lo paradójico es que quien esto afirmaba era un mulato más oscuro que el pan tostado. Este fue mi primer contacto con el racismo inherente al mestizaje que los españoles, y más tarde los portugueses, franceses, ingleses y holandeses dejamos en las Américas. Fue tan profundo el daño que infligimos en la conciencia de esos pueblos, que entre ellos mismos se desprecian dependiendo del grado de mestizaje de su piel. Vergonzosamente, muchos blancos caribeños ven con desprecio a los mestizos, que a su vez menosprecian a los mulatos, quienes humillan a los negros... Como si los humanos necesitásemos desesperadamente marcar las diferencias con otros grupos humanos para sentir nuestra propia identidad. Como si sólo sometiendo a otros colectivos a nuestro maltrato, descrédito y vilipendio, pudiésemos sentirnos superiores. El sistema de castas, al fin y al cabo, no sólo está instaurado en la India. En todo el planeta siguen existiendo, de una forma u otras, diferencias de «castas» económicas, sociales o raciales. Maldigo a todos los dioses que han permitido esas diferencias. 

Cuando preguntamos al negro racista de la agencia cuál era el camino más rápido para llegar a la frontera de Haití nos ofreció dos alternativas: dirigirnos hasta Santiago de los Caballeros para una vez allí tomar la autopista hasta Santo Domingo, y de allí la carretera que lleva al paso fronterizo de Jimaní, lo que significaba rodear todo el país casi literalmente; o utilizar «la Internacional», que salía directamente desde Puerto Plata hacia Haití, y que resultó una ruta que ni mi compañero Miguel Blanco conocía. No parecía una elección difícil. Y por demasiado fácil resultó un grave error. 

Según las notas de mi diario, estábamos tan confiados en que la ruta por la Internacional sería un cómodo paseo que incluso nos permitimos el lujo de comer en Puerto Plata antes de iniciar el viaje. Salíamos de la ciudad dominicana a las 13.10. Y de allí, siempre con rumbo oeste, hasta Santiago de la Cruz, donde quería reunirme con una entrañable cooperante. En ese trayecto la carretera no nos puso mayores problemas, como si quisiese que nos confiásemos. De Puerto Plata a Bisonó, donde giramos a la derecha para seguir hacia Maizal, y después hacia el sur por Mao, Los Quemados y Sabaneta, donde a media tarde incluso paramos a tomar un café y a darnos un baño de cinco minutos en el río Yaguajal. Después, relajados, continuamos el viaje hacia nuestra cita en Santiago de la Cruz, dejando atrás Los Almacigos, Inaje y Partido, donde el depósito de gasolina empezó a exigir que le diésemos de beber. 

Por fin avistamos el pueblecito típicamente caribeño de Santiago de la Cruz. Allí teníamos una cita con uno de esos personajes que es un honor conocer. Pocas cosas debo agradecer tanto a los viajes como haber tenido el privilegio de estrechar la mano de seres humanos excepcionales, personas que no están dispuestas a cruzar los brazos y mirar hacia otro lado quejándose de lo mal que va el mundo. El mundo va mal porque no hay más personas como mi querida María y su empresa de niños con síndrome de Down, o como los ópticos y dentistas voluntarios de la Ruta de la Luz, o como los cooperantes de Ayuda en Acción, o como todos los misioneros del mundo... o como Morgy Skeiner. 

Esta norteamericana de sesenta y un años, alta, de luminosos ojos azules y cabello completamente blanco, es madre de seis hijos y no pertenece a ninguna asociación humanitaria, pero pertenece a todas al mismo tiempo. Toda su vida colaboró con organizaciones solidarias, desde los Boy Scouts, con los que trabajó durante veintidós años, hasta asociaciones de alfabetización de adultos, organizaciones ecologistas, etc. Sin necesidad de dar la vuelta al mundo, ni estudiar teología durante años, había llegado a la conclusión de que la clave de la felicidad es hacer el bien, donde sea, cuando sea, a quien sea, sin dejar escapar ni una oportunidad de sentirse útil, de construir. Morgy ama la vida con pasión. Por eso ha consagrado la suya al servicio de las ajenas. Morgy también es una terrestre extra. Cuando el menor de sus hijos cumplió los dieciocho años, en 1986, decidió dar un giro a su vida e implicarse todavía más en el trabajo social, lo único que la hace sentirse viva. Así que dejó su casa, sus amigos y su cómoda vida de pequeñoburguesa yanki para marcharse al último rincón de la República Dominicana, con un ambicioso proyecto de forestación bajo el brazo. 

Morgy Skeiner sabe mejor que nadie el problema que supone la falta de bosques y plantaciones que sufre esa región dominicana, y mucho más aún el vecino Haití. Ella vive a pocos kilómetros de la frontera, y dos veces por semana se desplaza al otro lado, donde dirige un proyecto de educación infantil con doscientos niños a su cargo y varios invernaderos. Morgy consigue las matas y las semillas de árboles florales en Dominicana y las plantas en Haití, en un intento tan ingenuo como admirable de luchar contra la brutal deforestación que sufre el país del vudú. Vive sola en la pequeña casita de madera donde la encontramos, y no le tiene miedo ni a los zombis, ni a los terratenientes, ni al fracaso. Sin duda es un ser humano excepcional. Y los surcos que rodean sus ojos, y sus mejillas, denotan que la sonrisa es el estado habitual de su rostro. Quizá porque, pese a la austeridad económica que soporta, Morgy se siente feliz, y se sabe querida por todos los beneficiarios, tanto dominicanos como haitianos, de su labor social. Nadie mejor para empezar a ponernos en antecedentes de lo que nos esperaba al otro lado de la frontera. 

Dejamos Santiago de la Cruz impresionados por el testimonio humano de la americana, y llegamos por fin a la Internacional. Y ahí empezaron los problemas. Porque la Internacional no es una autopista de cuatro carriles como podría sugerir su pomposo nombre, sino una ruta, no me atrevo ni a llamarla carretera, que discurre a través de la frontera natural entre Haití y Dominicana. Justo en ese momento, pensé en la madre del negro que nos alquiló el coche. Una mujer honrada y virtuosa, sin duda, pero con un hijo que merece otros calificativos menos elegantes. La Internacional se convirtió en un auténtico suplicio. Breves fragmentos de carretera asfaltada, que de pronto se convertían en una pista de tierra batida, que de repente desaparecía dejándonos desorientados. Y lo que es peor, sin tracción 4x4 en la furgoneta. 

Durante interminables kilómetros, en que no podíamos rebasar los quince kilómetros por hora so riesgo de reventar los bajos del coche, circulamos por paisajes insólitos, que nos permitieron admirar las cicatrices medioambientales de la cruda historia haitiana. Si en ese momento nos apeásemos del coche por la puerta derecha, lo haríamos en suelo haitiano, arrasado, deforestado, triste, como su pasado. Si lo hiciésemos por la izquierda, nos encontraríamos con el fértil suelo dominicano, su selva tropical y sus ricas plantaciones. Quizá es un poco exagerado, pero servirá para ilustrar la gran diferencia que existe entre los dos países, aun encontrándose en la misma isla. 

Dejamos atrás Loma de Cabrera y recogimos a un autoestopista, Fabio. que nos desanima de buscar una ruta mejor. Ya es demasiado tarde para regresar a Puerto Plata, la noche se nos va a echar encima y corremos el riesgo de que se cierren los controles militares de cada uno de los pueblos que tenemos que atravesar. Ese sistema para controlar las desapariciones, robos, secuestros o asesinatos de turistas consiste en recoger un pase, por ejemplo en La Fortaleza, donde dejamos a Fabio, y entregarlo en Pedro Santana. Coger otro en Santo Pacheco y entregarlo en Malayana, etc. En varios de aquellos controles nos costó convencer a los militares para que nos permitiesen continuar el viaje. Sabían lo que nos íbamos a encontrar mejor que nosotros y nos lo advirtieron una y otra vez. Pero Miguel es casi tan tozudo como yo, y no estábamos dispuestos a perder ni un día de viaje pernoctando a medio camino. Nos habíamos propuesto llegar al hounfor de un sacerdote vudú esa noche, en Elías Piña, al precio que fuese necesario. Fracasamos, claro. 

Afortunadamente los militares siempre terminaban por concedernos el siguiente pase, eso sí, tras pagar el «impuesto» de peaje: un soborno con forma de botella de ron, revistas pornográficas, un cartón de tabaco o, directamente, un puñado de euros. Eso sí, advirtiéndonos de las bandas de ladrones que patrullaban aquellos valles y montañas. Si asumíamos el riesgo, allá nosotros. Y nosotros allá nos fuimos. Fue una noche larga. 

Después de ponerse el sol es cuando empezamos a pasarlo mal. Para orientarnos seguíamos el curso del río Artibonito, siempre hacia el sur. Dejando a nuestro paso Trinitaria, La Miel o Banica, a un lado y otro de la frontera. El problema llegaba cuando el cauce de alguno de los pequeños afluentes del río pasaba de Haití a Dominicana y no había más remedio que cruzarlo. Las peripecias que viví con los 4x4 en las dunas del Sáhara o del Gobi, o en los oasis egipcios, o en las selvas de Malawi, o en la estepa mongola, palidecen al lado de lo que supone cruzar el río, los barrizales y las montañas con una furgoneta Vanette. Todavía me maravillo de la pericia de Miguel Blanco al sortear aquellas dificultades. Está claro que en asunto de aventuras la experiencia es un grado. Incluso así, en varias ocasiones las ruedas se quedaban trabadas en el barro, o en el río, y a mí me tocaba remangarme los pantalones para colocar troncos o piedras bajo las ruedas para empujar, o simplemente para caminar, linterna en mano, por delante del vehículo, buscando las zonas más firmes para las ruedas. 

Casi a las dos de la madrugada, agotados, furiosos y hambrientos, con la furgoneta atrapada por enésima vez en el barro, nos vimos sorprendidos de pronto por docenas de pares de ojos que nos miraban desde las sombras. En lo primero que pensamos fue en las bandas de bandidos sobre las que nos habían advertido los militares, y Miguel y yo, al unísono, echamos mano de los machetes que habíamos metido en el equipaje antes de dejar Puerto Plata. Sólo en esa ocasión no fue necesario utilizarlos. No se trataba de bandidos, sino de un grupo de hambrientos inmigrantes haitanos que cruzaban la frontera con la esperanza de encontrar un futuro mejor en Dominicana. Me recordaron las caravanas de africanos que me encontré en el desierto de Mauritania, camino de las fronteras españolas. Tanto unos como otros creen que en el vecino país encontrarán el ansiado paraíso, pero no saben que el futuro que les aguarda a la mayoría es mucho más triste y cruel que el presente que viven ahora. 

Por fin, tras mil peripecias, llegamos a Elías Piña bien entrada la madrugada, rotos por el esfuerzo. Y allí nos alojamos en el hotel más infecto, miserable y desastroso donde jamás se ha alojado un viajero. La habitación, sin agua, luz ni cuarto de baño, costaba dos euros y medio. Un agujero en el suelo hacía las veces de WC, y una lata de pintura vieja, llena de agua, se suponía el lavabo donde habrías de cepillarte los dientes y asearte. Pero en la mía había una rana, así que opté por irme a dormir en un colchón mugriento y pestilente, que en ese momento me pareció una sucursal del cielo. Es curioso cómo varía nuestra forma de valorar las comodidades dependiendo de nuestra necesidad. 

Por la mañana las cosas se ven mejor; es decir, con más claridad. Así que en cuanto amaneció y vimos con más lucidez el antro donde nos habíamos metido, salimos corriendo de aquel lugar infame para cruzar la frontera hacia Haití y seguir viaje hasta Belladere. Allí debíamos reunirnos con quien sería nuestro anfitrión durante los próximos días: el houngan Manuel Sánchez Elié. En la religión vudú se denomina houngan a los sacerdotes, mambo en caso de que sean mujeres, y bokor a los brujos, pero lo cierto es que la mayoría de los houngans también son bokors, y la mayoría de los bokors también son houngan. Como nos explicaban allí, «es mejor servir a Dios con la mano derecha y al diablo con la mano izquierda, así los dos están de tu lado».


ARQUEOLOGÍA BÍBLICA


La arqueología bíblica, como su nombre indica, es la especialidad arqueológica que tiene como objeto de estudio los lugares, circunstancias y vestigios de sucesos relacionados con la historia del judeocristianismo. 

Hasta el siglo XIX la Biblia era considerada, para los cristianos, como la principal e irrefutable fuente de conocimiento. Sin embargo, la historia de la ciencia llevaba ya muchos años creando serios conflictos entre los hechos demostrados, como la esfericidad de la tierra o su rotación alrededor del sol, o la revolucionaria teoría de la evolución de las especies, con el magisterio de la Iglesia. Y la arqueología vino a echar más leña al fuego. 

Los primeros exploradores, arqueólogos y aventureros, muchos de ellos misioneros, llegados a Palestina, Egipto, Siria y demás escenarios de los pasajes bíblicos intentaron aplicar esa nueva disciplina a la demostración de que la Biblia decía la verdad. Y no es de extrañar que la Santa Sede acogiese con entusiasmo descubrimientos arqueológicos que parecían probar la historicidad de los textos sagrados. 

No me supone ningún esfuerzo imaginar a los cristianos de los siglos XIX y XX siguiendo con interés, y casi con alivio, los descubrimientos de nuevos restos arqueológicos que confirmaban un pasaje bíblico. 

Por ejemplo: la campaña militar en Israel del faraón Sisac (1 Reyes 14:25-26) aparece registrada en los muros del templo de Amón en Tebas, en Egipto; la revuelta de Moab contra Israel (2 Reyes 1:1; 3:4-27) consta en una inscripción de La Meca; la caída de Samaria (2 Reyes 17:3-6,24; 18:9-11) por Sargón II, rey de Asiria, figura en los muros de los restos de su palacio; el ataque de Asdod por órdenes de Sargón II (Isaías 20:1) también está registrado en los muros de su palacio; la campaña del rey asirio Senaquireb contra Judá (2 Reyes 18:13-16) aparece en el Prisma de Taylor; la siega de Senaquireb (2 Reyes 18:14,17) consta en los relieves de Lachish; la caída de Nínive, augurada por los profetas Nahúm y Sofonías (Sofonías 2:13-15), está descrita en la tablilla de Nabopolasar; la caída de Jerusalén por Nacubodonosor, rey de Babilonia (2 Reyes 24:10-14), quedó registrada en las crónicas de Babilonia; la liberación de los cautivos en Babilonia por Ciro el Grande (Esdras 1:1-4; 6:3-4) se confirma en la Esfera de Ciro, etc. 

En otras muchas ocasiones, la confirmación de un suceso bíblico, a través de la arqueología, era indirecta. Por ejemplo: la inscripción de Behistún (1835), tallada en la roca en tres idiomas, incluido el de caracteres cuneiformes, abrió las posibilidades para el desciframiento de escritos cuneiformes (se lo conoce como «la clave para otras claves»); la estela moabita (1868), que contiene el relato del triunfo de Mesa, rey de Moab, contra Ahab y Joram, reyes de Israel; el hallazgo del archivo estatal del imperio hitita (1871, 1906), con más de veinte mil textos cuneiformes, parte acadios y parte hititas, especialmente los tratados de vasallaje o de soberanía y que siguen un modelo que aparece de una u otra manera en varias partes del Antiguo Testamento; el código de Hamurabi, una estela descubierta en 1901 por arqueólogos franceses, lo creó el homónimo rey de Babilonia. Este rey vivió casi medio milenio antes de Moisés. 

Hay mucha similitud entre las leyes de Hamurabi y las leyes mosaicas. En el texto de Hamurabi aparece la «ley del talión». Este descubrimiento ayuda a los estudios bíblicos a ubicar las leyes mosaicas en un contexto más amplio y a abrir los ojos a muchos escépticos que no aceptaban la antigüedad de ellas. Por otro lado, las leyes de Hamurabi permiten reconocer la diferencia entre leyes de carácter general y universal, y aquellas propias del pueblo de Dios. 

Hay muchos ejemplos más, pero lo descorazonador es que no exista una confirmación arqueológica irrefutable de la existencia de Jesús de Nazaret, la gran ambición de los arqueólogos bíblicos creyentes. Y peligrosa. Ya que, en el 99 por ciento de los casos de grandes personajes históricos, lo que más ambicionan los arqueólogos es encontrar su tumba: como las de Genghis Khan, Alejandro Magno, etc... Pero descubrir la tumba de Cristo sería un cataclismo teológico para millones de cristianos. 

Con el paso de los años las cosas se fueron complicando, y cada vez con más frecuencia los descubrimientos arqueológicos no sólo no confirmaban, sino que incluso contradecían la Biblia. No causará ningún estupor que, en ese momento, un estricto secretismo rodease las excavaciones arqueológicas en Tierra Santa, y muchos hallazgos fuesen inmediatamente sepultados en los archivos secretos vaticanos. 

Sin embargo, con el creciente laicismo de la sociedad, Roma fue perdiendo su poder y otros «vaticanos» comenzaron a exigir su parte del pastel. No podemos olvidar que cristianismo, judaísmo e islam comparten profetas o personajes como Moisés, Abraham o Jesús. Por lo tanto, cualquier hallazgo arqueológico que pudiese aportar alguna luz sobre la Biblia ya no era sólo jurisdicción vaticana. 

Sería demasiado largo detallar los episodios extraordinarios de la arqueología bíblica, como el descubrimiento de los manuscritos de Qunram, o el vergonzoso fraude del osario del hermano de Jesús, más similares a una novela de espionaje internacional que a controversias científicas. En este momento prefiero limitarme a Egipto. 

Con el paso de los años, la arqueología bíblica fue independizándose del monopolio vaticano y adquiriendo tintes de especialidad científica. Y los arqueólogos bíblicos llegaron a un acuerdo muy lógico. Su función no sería buscar pruebas que avalasen la credibilidad del texto evangélico, sino que contextualizarían (y si fuese preciso rebatirían) el mundo descrito en la Biblia. 

Como bien dice Edesio Sánchez Cetina, el objeto del arqueólogo es hacer ciencia, no teología. Sin embargo, a medida que uno profundiza en los hechos, siente cómo su fe se va mermando y las dudas le corroen el alma. ¿Y si las cosas no son como me han contado?


miércoles, 1 de abril de 2020

EGIPTO: REMONTANDO EL RIO NILO



Doscientos treinta y tres kilómetros de carretera, razonablemente transitable, separan el oasis de Al Kharga de la ciudad de Asiut. Y tras tanto polvo, arena y sol, reconforta encontrarse de nuevo con la frescura, la vida y el verde del valle del Nilo. 

Por supuesto existen diferentes maneras de remontar el río. No me atrevo a desaconsejar los lujosos cruceros, en grandes barcos preparados con todas las comodidades, que hacen de la travesía una experiencia inolvidable. No negaré que tumbarse en la cubierta, disfrutando un cóctel y fumando una shisha mientras los templos del Nilo desfilan ante nuestros ojos, como la proyección de una vieja película, es fascinante. Sobre todo si disfrutas del viaje en buena compañía. 

No existe mejor lugar para enamorarse, o para reenamorarse, que un crucero por el Nilo. Y si no que se lo pregunten a la joven Cleopatra y a Marco Antonio. Sin embargo, si lo que deseas es conocer y comprender las creencias religiosas de los egipcios, sus tabúes y supersticiones, sugiero otro medio de locomoción un poco más incómodo pero mucho más cercano a la realidad social y antropológica. 

En cualquiera de los puertos de cualquiera de las ciudades de cualquiera de los tramos del Nilo, el viajero puede encontrar lanchas, botes, barcas, falucas y otras pequeñas embarcaciones de pesca susceptibles de ser alquiladas. Como todo en Egipto, la única ley que puede burlarlas todas es la ley del dólar. Y así comenzó una de las etapas más intensas e instructivas del viaje. A bordo de una pequeña embarcación de pesca, de apenas cinco metros de eslora; comiendo, durmiendo y viajando en ella, con los pescadores egipcios, disfruté de una forma diferente de remontar el Nilo. Más cerca del agua, rozándola con los dedos al sacar la mano por la cubierta, y también de las tradiciones y las creencias de los descendientes del pueblo faraónico. 

En el Nilo el agua se arruga como la piel de un anciano. Como si hasta el líquido elemento quisiera reflejar la infinita antigüedad de aquel cauce. En realidad son los remolinos submarinos y las corrientes las que crean ese singular efecto óptico que te hipnotiza, fijando tu mirada en la superficie del agua durante las horas de monótona travesía desde la proa de la lancha. Una monotonía que se quiebra cuando, a babor y estribor, van apareciendo los templos faraónicos que nos encontramos en nuestro remonte del río. 

Mi guía en este tramo náutico del viaje, más austero en cuanto a comodidades, se llamaba Ali Muhammad Abdelhamid El Sherif y hacía carne el mito de la liberal sexualidad entre hombres de los países árabes. En una cultura en la que se concede tanta importancia a que la mujer llegue virgen al matrimonio, los primeros escarceos sexuales de los varones a veces se dan con otros varones. Y eso puede hacernos vivir a los viajeros occidentales equívocos más o menos incómodos. Sobre todo cuando te encuentras en una lancha en medio del Nilo y no hay muchos lugares donde esconderte. Hoy recuerdo con una sonrisa mis intentos por no ser grosero al rechazar los regalos, guiños y coquetas sonrisas de Alí Muhammad, mudándome de la proa a la popa y de la popa a la proa de nuestra barca, seguido siempre de cerca por el egipcio. Afortunadamente al cabo de un par de días entendió que mis preferencias sexuales están muy definidas y se limitó a guiarme Nilo arriba, sin demandar más pago que las libras acordadas y una copia de las fotos que nos hicimos juntos. 

Durante esas jornadas de navegación, de isla en isla, de templo en templo, aprendí más sobre la cultura y la religión egipcia que en las páginas de los mil volúmenes consultados antes de iniciar el viaje. Con cierto pudor me atrevo a transcribir algunos párrafos que anoté en mi cuaderno de viaje durante aquellos días: 

«La vibración del motor te masajea la columna vertebral, como si quisiese despertar tu kundalini. El rumor de las olas, flagelando la proa, contrasta con el run-run del motor que, desde la popa, te frota la nuca. Y mientras ganamos millas hacia el sur, el firmamento se va cubriendo de oscuridad, salpicada de estrellas, de izquierda a derecha. Como si una inmensa sábana negra, llena de perlas, fuese desplazándose lentamente para cubrir el sol y sus últimos resplandores anaranjados, detrás ya del horizonte. Es la diosa Nut que lentamente cubre con su abrazo a Ra para proteger su sueño. 

El cigarrillo que acabo de compartir en la cubierta con uno de los pescadores, en respetuoso silencio, me ha hecho entender un poco mejor a los dioses egipcios... Son las 18.45. Nut ya lo cubre todo. Al apagar los motores y quedarnos en total silencio, sin una sola luz a bordo, mientras el padre Nilo nos mece suavemente, sentimos su poder...». 

Cursi, lo sé; pero considero que, además de probar mi nula capacidad literaria, ayuda a comprender el torrente emocional que podían sentir los primeros viajeros que exploraron estas tierras. O incluso, quizá, cómo los antiguos egipcios sintieron la necesidad de interpretar antropomórficamente los fenómenos de la naturaleza, divinizándolos. Estoy seguro de que así nacieron casi todos los dioses: en el corazón de los hombres, sobrepasados por su ignorancia ante las incomprensibles maravillas de la naturaleza. ¿Puede encontrarse a Dios en algún lugar mejor que en una puesta de sol, en un cielo estrellado, en un amanecer o en el río que te da el alimento y la vida? Estoy seguro de que hasta monseñor Daniel Comboni, cuando surcó aquellas mismas aguas Nilo arriba, en su histórico viaje de 1847, pensó lo mismo que yo. 

Durante el día surcábamos las aguas añejas del río y visitábamos los templos erigidos a una y otra orilla. Por la noche atracábamos en algún puerto o, al final, en alguna de las pequeñas islas originadas por la presa de Asuán en el lago Nasser, y compartíamos la cena, o las anécdotas, o las supersticiones de los humildes pescadores, cuyo mundo se limita al río y a los escasos metros de tierra que pueda tener la isla en la que viven. 

Recuerdo que uno de los personajes que más me impresionó fue Yamil, un niño de unos diez años de edad que conocí en uno de esos mil islotes sin nombre donde atracamos porque el río bajaba un poco revuelto esa noche. Al poner el pie en la arena de la pequeña cala descubrimos unas sospechosas huellas en la arena de lo que parecía un enorme reptil. En mi ignorancia, juraría que eran de cocodrilo. Y odio los cocodrilos. Sobre todo en una circunstancia tan fuera de mi control como aquélla. En un islote perdido en medio del Nilo, desarmado y en plena noche. Y la noche en el Nilo se escribe con mayúsculas, porque, como en el desierto, no existe ningún foco de luz artificial en muchos kilómetros a la redonda. 

Me sentía tremendamente vulnerable. Incluso aferrándome a la linterna que me permitía quebrar la oscuridad a mi alrededor, esperando encontrarme los ojos redondos y las fauces gigantes de un cocodrilo o un temible hipopótamo, como los que rodearon mi lancha en el africano río de Lengwe. 

Esa noche no me costaba ningún esfuerzo imaginar cómo se sentirían los habitantes de aquellas tierras hace cinco mil años, tan vulnerables como yo ante los verdaderos señores del Nilo. Y tampoco me costaba deducir que, al igual que en la India, en Perú o en el Africa negra, se terminase por divinizar a aquellas potencias de la naturaleza, en este caso animales, a los que con ofrendas y rituales intentaban pacificar los humanos. Estoy seguro de que si yo mismo hubiese vivido en el Egipto del 3000 a.C., como en cualquier otro lugar del mundo antiguo, también veneraría a Sobek, a Tauret o a cualquiera de los dioses con forma de animal del panteón faraónico, ofreciéndole cualquier tipo de oración, homenaje u ofrenda para sentirme un poco más tranquilo al invadir sus territorios, como estaba haciendo en estos momentos. 

Afortunadamente ni el dios-cocodrilo, ni la diosa-hipopótamo, ni ninguna otra criatura del Nilo se nos apareció en aquel diminuto islote. Pero sí se nos apareció Yamil. En sus diez años de vida Yamil no había abandonado casi en ninguna ocasión aquel islote en el que vivía con su familia y un par de cabras y gallinas. Su mundo conocido se circunscribía a la extensión de aquel islote, que no llegaba a un kilómetro cuadrado. Una destartalada radio era su hilo conductor con el mundo exterior, y pasaba el día cocinando, pescando o cuidando a los animales de la ridícula «granja» familiar. Aquel pequeño Robinson Crusoe egipcio me hizo pensar mucho en lo diferente que puede ser la percepción del mundo y por tanto de las creencias religiosas para alguien como yo y para alguien como Yamil, que había vivido toda su vida en aquella casucha de madera sucia y desvencijada al margen de la civilización. 

A pesar de haber nacido en la cuna de todas las civilizaciones. Su padre y otros familiares pescadores nos invitaron a un té y a compartir la cena y el fuego de la hoguera. La pesca es generosa en el Nilo, como lo era en tiempos de los faraones, y muchos pescadores deportivos viajan desde todo el mundo, pagando generosas sumas, para optar al dudoso honor de capturar una perca gigante como la que Yamil había preparado aquella noche. 

El pequeño pescador del Nilo, de manos endurecidas ya por el trabajo duro, no sabía leer ni escribir, pero manejaba las artes de pesca con la misma pericia de su padre, su tío y su hermano. Y como ellos, practicaba un islam totalmente salpicado de supersticiones y elementos extraídos de la antigua religión faraónica. De la misma forma en que en Occidente católicos confesos mantienen supersticiones ancestrales que compatibilizan con sus prácticas cristianas, como el muérdago, las uvas, el Santa Claus o el árbol de Navidad, de orígenes paganos, esa superposición de creencias religiosas se da en todas las culturas del mundo, donde mitos, supersticiones y prácticas religiosas antiguas perviven mimetizadas en los dogmas oficiales contemporáneos. 

Yo mismo he visto cómo egipcios y egipcias del siglo XXI, desde las islas del lago Nasser a la Tanis del delta, pasando por los oasis del desierto, utilizaban los antiguos templos faraónicos, las estatuas de los dioses antiguos o hasta las pirámides para depositar ofrendas a las antiguas divinidades en busca de sus favores. Yamil y su familia también. 

Al despedirnos del pequeño pescador también le tomé algunas fotografías para que su espíritu, como el de Chiwondi, pueda sobrevivir en el Zamadi para toda la eternidad, y tal vez allí se encuentre con su venerado Osiris, Horus o Nut.



¿QUIÉN FUÉ CARLOS CASTANEDA?

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