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miércoles, 9 de junio de 2021

EXTRATERRESTRES EN LA ANTIGÜEDAD... O NO. CUADERNO DE CAMPO 8: ÍNDICE



La Sociedad de los Antiguos Astronautas




Caso 01. Guatemala: La Cabeza de Padilla……...……. 17

2012: La cabeza de Padilla nos salvará del fin del mundo
 - Un traficante de ilusiones… de cine 
Pero entonces ¿Qué demonios es la cabeza de Padilla?
 - El inesperado (y romántico) desenlace




Caso 02. Italia: Los OVNIs en el arte

Los símbolos secretos 
- Los más famosos OVNIs en el arte
 - Un satélite soviético en el siglo XVI




Caso 03. Israel: OVNIs en la Biblia… y en El Corán

Mateo 7,7: Buscad y encontrareis
 - De la teología a la arqueología 
Un catedrático de ciencias bíblicas 
en un congreso de misterios
 - Un OVNI en la explanada de las mezquitas de Jesusalén 
Los extraterrestres en el Islam 
– A imagen y semejanza…




Caso 04 . Nicaragua: los petroglifos de la isla de la profecía

Dioses misteriosos - ¿Ooparts? 
- OVNIs y mundo subterráneo




Caso 05. Mongolia: la teoría aerostática

Arqueología a vista de pájaro 
- Aeronáutica secreta 
- Vimanas sobre las pistas de Nazca 
– Demostrado: se pudo hacer 
- Las tecnologías secretas




Caso 06. Jordania: Fenómenos extraordinarios en los cielos

De cosas (raras) que se ven en el cielo 
- Fenómenos forteanos antes de Fort




Anexo: 250 OVNIs antes de Kenneth Arnold

Cronología de supuestos fenómenos anómalos 
en la antigüedad

El viaje continua


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jueves, 16 de abril de 2020

VISITA AL GRAN MUSEO EGIPCIO DE ANTIGÜEDADES DE EL CAIRO



Si pretendemos regresar a El Cairo desde Alejandría para concluir nuestro viaje por Egipto, dejaremos a nuestro paso infinidad de lugares de interés en el delta del Nilo, como Mansura, con sus restos de las Santas Cruzadas; Zagariz, una de las ciudades más antiguas de Egipto; o Tanis, el mayor emplazamiento arqueológico del país. Situada a unos doscientos kilómetros al norte de El Cairo, aquí es donde Steven Spielberg quiso situar el Arca de la Alianza buscada ansiosamente por el ficticio Indiana Jones.


Naturalmente, el solo hecho de que Moisés cruzase esta ciudad, llamada Zoan en la Biblia (capital del Egipto antiguo entre el siglo X y el VIII a.C.), o las quinientas cincuenta hectáreas de restos arqueológicos que desde hace ochenta años clasifican pacientemente los arqueólogos franceses, o la simple existencia de tumbas como las de Psusenes II o Sheshanq III, con sarcófagos gigantescos, comparables a los del Serapeum, justificarían de por sí la visita a Tanis. Pero es que este sin par emplazamiento arqueológico nos ofrece otros interesantes aspectos de las creencias mágicas y supersticiosas de los egipcios, ya que algunas de las colosales estatuas faraónicas, como la inquietante Sekhmed (la diosa leona), de tres metros de altura, o el imponente Ramsés II, hoy caído, pero que en su momento debió de medir seis metros de altura, son considerados por los lugareños como fetiches, tótems depositarios de poderosas energías y poderes mágicos. 

La estatua de Ramsés II, por ejemplo (cuya base curiosamente está catalogada como pieza número 666 del emplazamiento arqueológico de Tanis), es visitada en ciertas noches de plenilunio por las jóvenes egipcias que desean ser fértiles. Arropadas por las sombras sitúan un cántaro con agua entre las piernas del coloso de Ramsés y dejan que el liquido se «cargue» con las vibraciones del famoso faraón durante toda la noche. Por la mañana esa agua, bendecida por el rey-dios —que en estas creencias locales sigue vivo como hace siglos—, permitirá a las jóvenes menos fértiles engendrar una nueva vida. De esta forma podemos afirmar que los antiguos dioses faraónicos, miles de años después de haber construido los fastuosos templos y pirámides del Egipto antiguo, continúan viviendo en los corazones de su pueblo a través de creencias, leyendas y supersticiones tan antiguas como la Esfinge.

Volver a la región de El Cairo, después de recorrer de punta a punta Egipto, es como volver a casa. Sin embargo, todavía quedaban tantas cosas por hacer... 

Visité prácticamente todas las pirámides. Unas desvencijadas y semiderruidas, como las de Abu Sir o Zawyet El-Aryan, y otras majestuosas y fascinantes, como las de Saqqara o Dashur. Estas últimas todavía se encontraban en un área militar restringida cuando yo las visité, y puedo asegurar que «colarse» en el interior de una pirámide gigantesca, como la romboidal, para recorrer sus pasadizos y cámaras interiores, dentro de una base militar, es una de las experiencias más excitantes del mundo. En aquellos días circulaba un rumor, en los mentideros ufológicos, sobre «un ovni capturado por tropas israelíes bajo la pirámide de Dashur». Yo, que me recorrí la famosa pirámide romboidal, puedo dar fe de que allí no existía ni rastro de nada parecido. Ahora bien, en su momento, y mientras documentaba mi libro Los expedientes secretos, tuve la oportunidad de establecer una buena amistad y docenas de reuniones con un ex alto mando del Mossad israelí, que me confirmó que algo se había recogido en suelo egipcio caído del espacio. Pero como en tantas otras ocasiones, se trataba de una nave del planeta CIA... Como siempre, la pantalla de los extraterrestres sirve para ocultar realidades mucho más preocupantes. 


Aun así, el paseo por los pasadizos de la pirámide romboidal resultó una experiencia extraordinaria. Y un buen «entrenamiento» para colarme más tarde, y en plena noche, en otra pirámide mucho más importante que la de Dashur... También pude explorar docenas de templos, mastabas y criptas, desde Al Fayum al Serapeum. Pero requeriría todo un volumen monográfico detallar mis impresiones en cada una de ellas. En mi cuaderno de viaje se iban amontonando las notas, mediciones, dibujos y conclusiones que me sugería cada uno de los supuestos misterios vinculados a esos lugares.

Finalmente decidí, como cualquier viajero razonable, que lo más práctico era seguir la pista a todos los sarcófagos, momias y demás piezas arqueológicas que durante estos siglos fueron extraídos de sus emplazamientos originales para poder ser expuestos al público sin temor a que fueran dañados y en un lugar lo suficientemente seguro y accesible a la vez. Ese lugar, lógicamente, es el Gran Museo Egipcio de Antigüedades de El Cairo. 

Merece la pena acudir a ese museo con mucha calma y con cierta prisa. Prisa porque, próximamente, y según me confesó Zahi Hawass, las más de ciento veinte mil piezas expuestas en él serán repartidas por los nuevos museos que se están construyendo en El Cairo. Y calma porque una visita rápida y superficial, como la que hacen la mayoría de los turistas, es una blasfemia. Hay tantas cosas interesantes que ver en este museo que un día entero o dos no son suficientes ni para empezar. En mi cuaderno tenía una larga lista de tareas pendientes en el Museo Egipcio: la sala de Akenatón, el faraón hereje y sus cráneos deformados; el tesoro de Tutankamon y las tumbas reales de Tanis; las herramientas de los constructores de las pirámides y las momias reales, etc. 

Llegué al museo después de reencontrarme con mi querida María y con la guía inestimable de Wael, de cuya mano se aprende más deprisa que en cada sala. Pero en un momento determinado, prometo que fue así, sentí la necesidad de distanciarme de ellos para buscar una pieza especial. Entonces viví una curiosa anécdota.

Yo soy lo más alejado de un psíquico. Carezco de toda forma de capacidad extrasensorial. Sin embargo, no puedo menos que calificar de sorprendente lo que me ocurrió la primera vez en mi vida que pisé el Museo Egipcio. En mi lista de tareas pendientes figuraba un objeto mencionado por Erich von Dániken en varios de sus libros y reproducido una y otra vez en miles de artículos y obras astroarqueológicas posteriores. Antes de mi primera visita al museo, muchos autores españoles habían citado el objeto en cuestión, reproduciendo siempre fotos antiguas del mismo. Y a pesar de que me constaba que todos ellos habían visitado el Museo Egipcio, sorprendentemente ninguno había localizado el misterioso «avión» de Saqqara. Prometo que ocurrió tal y como lo relato. Dejé a mis acompañantes admirando una de las salas de la planta inferior, y decidí buscar por mi cuenta el enigmático «avión» faraónico descrito por Dániken. Me preguntaba si realmente aquel objeto imposible existía o era producto de la imaginación del suizo, porque nadie había vuelto a publicar fotografías recientes y siempre se reproducían las mismas imágenes antiguas. Insisto en que jamás había pisado aquel lugar, y tan sólo me dejé llevar por la intuición. Y por los caprichos del azar, de alguna manera, terminé en la sala veintidós y ante las estanterías dedicadas a las reproducciones de pájaros. Y allí estaba. Catalogado como pieza número 6.347. 

Sé que suena ingenuo, pero me constaba que durante al menos quince años ninguno de mis colegas españoles había publicado ninguna foto original del llamado «avión» de Saqqara. Así que me sentí como si hubiese hecho un gran descubrimiento. Como tantos en el mundo de la egiptología, debido más al azar que a mi pericia como rastreador de reliquias. Poco podía imaginar que después de ubicar el emplazamiento del «avión» en el museo, todos los guías «heterodoxos» de los viajes esotéricos a Egipto lo incluirían en su recorrido por el Egipcio de Antigüedades. 

Esta pequeña pero enigmática pieza fue descubierta en Saqqara (donde se ubica la famosa pirámide escalonada del faraón Zoser) en 1898. Almacenada con otras muchas antigüedades, permaneció en el olvido hasta 1969, fecha en que el médico doctor Khalil Messiha se encontró con ella mientras revisaba un grupo de objetos rescatados de diferentes excavaciones que debían ser correctamente archivados en el Gran Museo Egipcio. La pieza habría continuado en los sótanos, como tantas otras, de no haber sido por la circunstancia —y esto es fundamental— de que el doctor Messiha era aficionado al aeromodelismo. Y como aficionado a tal disciplina, vio en aquel objeto, oficialmente la representación de un pájaro, algo muy similar a sus maquetas de aeroplanos realizadas con madera de balsa. Los ángulos de las alas, la perfecta aerodinámica del «fuselaje», el timón de dirección, todo recordaba la forma de un moderno avión. Aunque, eso sí, el supuesto «avión» carecía de timón de profundidad... 

A favor de la audaz teoría de Messiha, que lógicamente fue acogida con entusiasmo por la AAS y demás defensores de la «teoría ET», es justo reconocer que las diferencias entre el «avión» de Saqqara y el resto de representaciones faraónicas de pájaros son evidentes. Salvo dos líneas rojizas y ya casi imperceptibles que le cruzan la panza, y el ojo en el lado derecho, ya casi invisible, no hay ni rastro de la representación de plumas que se aprecia en todos los demás modelos. Claro que no es menos cierto que los restos de pintura perfectamente pudieron haber desaparecido con el paso del tiempo, como desapareció el ojo izquierdo y presumiblemente desaparecerán los parcos restos que aún quedan. También es verdad que no se ven restos de las patas, lo que sí se observa en las demás representaciones de pájaros, aunque podríamos argumentar exactamente lo mismo que con respecto a las plumas. Pero lo que es indudable es su capacidad aeronáutica. 

El pequeño objeto, que presentaba una ligera asimetría en sus alas, no estaba mal diseñado, como podía parecer. Al contrario. La ligera longitud mayor del ala izquierda y el pequeño arqueo de la derecha, unido a la peculiar forma —levemente oblicua— de la cola (que es casi vertical, como en un avión, y no horizontal como en los pájaros), hace que, lanzado al aire con la suficiente fuerza, pueda planear durante un recorrido de unos cuarenta y cinco metros y volver al punto de partida, igual que un bumerán australiano. O al menos eso hizo la réplica en madera de balsa que construyó el aeromodelista doctor Messiha. Lógicamente, las autoridades arqueológicas no dieron permiso para arrojar el «avión» original al aire, arriesgándose a destruirlo, así que no tenemos forma de constatar, por el momento, si la pieza original poseería la misma aerodinámica que la réplica construida por el bienintencionado doctor. 

Cuando una pieza arqueológica es incluida en la bibliografía del misterio como «prueba» de la presencia extraterrestre o atlante en nuestra historia, es muy difícil volver a sacarla. Una y otra vez será reproducida en libros y revistas por autores que, lógicamente, jamás se han tomado la molestia de investigarla en su contexto. Y para reforzar sus atrevidas conclusiones, los astroarqueólogos la vincularán con otras piezas similares, o no, o con otros misterios arqueológicos. Igual que las «bombillas» de Dendera fueron desposadas con las «pilas» de Bagdad, el «avión» de Saqqara fue unido para la posteridad a otros «aviones» del pasado. En concreto, a un conjunto de «objetos ceremoniales» conservados en el Museo del Oro de Bogotá (Colombia) y cuya forma recuerda también a la de modernos aviones. 

Ni que decir tiene que los «aviones» de Saqqara y de Bogotá fueron a su vez emparejados con las «pistas» de Nazca, en Perú, y la AAS concluyó que ante estas evidencias quedaba claro que en el pasado los «dioses» extraterrestres utilizaban la aeronáutica, volando en aviones convencionales, y empleando pistas de aterrizaje como las de nuestros modernos aeropuertos. Pero aplicando el sentido común, parece absurdo suponer que una tecnología capaz de superar la velocidad de la luz y viajar por el universo, como hemos de suponer a los hipotéticos extraterrestres, lo haga con aviones convencionales. O que utilicen escopetas de caza, como sugería el supuesto agujero de bala del cráneo de Broken Hill en Zambia. No, algo no encaja. Decidí mantener el «avión» de Saqqara en mi lista de misterios pendientes mientras me reunía con mi querida María y mi estimado Wael en la sala de Tutankamon para continuar juntos la visita al museo. 

Mientras me relataba las leyendas que rodean a algunos de aquellos objetos, Wael observaba divertido cómo yo tomaba nota, medía, fotografiaba y filmaba muchas de aquellas piezas, que para mí tienen un interés especial desde el punto de vista de la arqueología bíblica por un lado, y desde la búsqueda de los «dioses» por otro. Como por ejemplo la pieza número 599 de la sala 13. Se trata de la única mención al pueblo de Israel que existe en la arqueología egipcia, y es que, aunque pueda asombrar al lector, ni siquiera la existencia del éxodo judío mencionado en la Biblia ha podido ser probada históricamente; o la pieza número 6.193, el sarcófago semiserrado de Diodefre, que según algunos probaría la improbable tecnología egipcia; o, sobre todo, la pieza número 469. Se trata de una estela en la que se representa lo que parece una serpiente dentro de una hoja de loto y que guarda un llamativo parecido con las polémicas «bombillas» de Dendera. De hecho, eso son las «bombillas» de Dendera. Por fortuna, un nuevo misterio se caía de mi lista de enigmas pendientes. En realidad, las «berenjenas» que Peter Krassa fotografió en los túneles de Dendera no eran bombillas. Si hubiesen descifrado los jeroflífos que rodeaban aquella forma tan seductora para un astroarqueólogo, sin sacarlo del contexto, habrían leído: 

«Recitado por Harsumtus, el gran dios, que reside en Dendera, el que se eleva desde el loto como un Ba Viviente». 

Y es que a Harsumtus, denominación griega del dios egipcio Hor-Sema-Tauy (Horus Unificador de las Dos Tierras), se le representaba, entre otras, con forma de serpiente. Esa figura, dentro de una hoja de loto, no es más que eso: una representación del dios Harsumtus que yo me he encontrado en numerosos templos de todo Egipto, no sólo Dendera. Fin del misterio. Creo que resulta más razonable suponer esto que creer que Harsumtus era el filamento de una bombilla prehistórica. Ojalá fuese así. Yo no soy un arqueólogo, funcionario a sueldo de ningún museo, ni tengo ninguna necesidad de mantener intactos los dogmas oficiales sobre el pasado de la civilización egipcia. Soy un buscador independiente devorado por un ansia suicida de encontrar respuestas a mis preguntas, pero creo que debemos saber diferenciar nuestros sueños y fantasías, por románticas que sean, de los hechos probados, para poder sacar conclusiones razonables. Existen todavía tantos misterios fascinantes en la historia de nuestro pasado que no es necesario inventarse ninguno.


viernes, 10 de abril de 2020

EGIPTO: LA RUTA DE LOS OASIS


Lo que los turistas no ven en el país de los faraones:

Más allá de la Gran Pirámide de Kepos, del frenético bullicio de El Cairo, de los templos de Karnak o Abu Simbel, del crucero por en Nilo y el lago Nasser o de las tumbas del Valle de los Reyes, existe un Egipto misterioso y desconocido, que no frecuentan las excursiones organizadas, ni se colapsa con grupos de miles de turistas… Un Egipto milenario, genuino y auténtico, en el que es posible vivir experiencias imposibles en ningún otro rincón del país de los faraones. 


Abandonamos El Cairo en dirección Oeste, notando como poco a poco el alocado tráfico de la capital, y los omnipresentes autobuses de turistas, van desapareciendo a medida que nos internamos en el desierto del Sahara. Y a poco más de 100 km llegamos a nuestro primer destino: Al Fayyum, el oasis de las tierras pantanosas.

Al Fayyum es el más grande de todos los oasis de Egipto, repleto de lugares tan alucinantes y desconcertantes como el Wadi Hitan: el valle de las ballenas, donde es posible ver los enormes esqueletos fósiles de los cetáceos que perecieron allí cuando el Sahara todavía era un mar.

Recomendable también visitar el monasterio de Wadi Rayyan, donde los monjes se mantienen las tradiciones de los primeros cristianos, y parte de su legado. Y la pirámide de Meidum, la primera que deja el diseño acodado de Shaqara y se construye con paredes lisas tal y como hoy las conocemos. Desgraciadamente parte de la estructura de derrumbó, y ahora solo se conserva la parte central… y las galerías subterráneas. Recientemente los investigadores Gilles Bormion y Jean-Yves Verd´hut, que estudian las pirámides de mediados de los años 80 del siglo pasado, descubrieron dos nuevas cámaras funerarias en Meidum.

En Al Fayyum hacemos nuestros primeros contactos con los santones y curanderos que trabajan con los jinnas… los genios descritos por el Sagrado Corán. Unas criaturas inteligentes a medio camino entre los humanos y Allah, capaces de adoptar cualquier apariencia física y de interferir en nuestras vidas, para bien o para mal, según la tradición islámica…

Las momias de oro y el desierto negro

Siguiendo viaje hacia el suroeste a menos de 300 km de El Cairo, el color dorado del desierto se va oscureciendo a causa de la presencia de dolerita, el material volcánico que al llamado desierto negro, su particular color. 

Y allí, en el desierto negro, encontramos el Bahariya. El oasis que saltó a las primeras páginas de la prensa internacional cuando, a finales del siglo XX se anunció el descubrimiento de diez mil “momias de oro” en las entrañas de ese desierto. 

Bahariya ocupa una depresión de 2.000 km cuadrados cuya capital es el pueblo de Al Bawiti. Allí puedes visitar el museo de Mahmoud Eed, recomendable para todos los viajeros que se internen en esta región del Sahara. 


Mahmoud Eed es el sobrino de un conocido santón musulmán, famoso en toda la región de Bahariya por sus poderes curativos. Ahmed Eed, según nos explicó su sobrino, era capaz de curar cualquier enfermedad relacionada con los huesos, el reuma, etc, solo utilizando las páginas de El Corán y la ayuda de los jinnas. De hecho, el emblema del museo de Mahmoud Eed es la imagen del mausoleo de su tío, situado a unos pocos kilómetros de Bawiti y que pudimos visitar gracias a sus indicaciones. La puerta estaba abierta, a diferencia de otros mausoleos que visitamos en los oasis, para que cualquier peregrino pueda presentar sus respetos al santón.

En Bahariya puedes disfrutar de reconfortantes fuentes termales, como las de Al Beshmo, Al Muftala o la sulfurosa de Bir Al Ramla, que pueden obrar milagros con los huesos cansados por el viaje; visitar el templo de Ain Al Muftella, la cordillera caliza de Quarat Al Hilwa y el Templo de Alejandro, donde se encontró la única imagen de Alejandro Magno descubierta en todo Egipto. Pero evidentemente, lo único que el viajero no pude dejar de ver en Bahariya, son las momias de oro. El ultimo gran descubrimiento arqueológico en Egipto, equiparado (interesadamente) por Zahi Hawass con la tumba de Tutankamon.

Cuando nosotros llegamos por primera vez a Bahariya todavía se llevaba con gran secretismo el descubrimiento de las momias de oro. Existía una orden expresa desde El Cairo, dictada por el Dr. Zahi Hawas, de que no se permitiesen tomar fotos ni imágenes de las fosas donde estaban las momias, así que nos costó un gran esfuerzo convencer al Inspector Arqueológico del oasis, el Dr. Muhammad Ayad, para que nos diese permiso para visitar las momias, y nos acompañase a la excavación. 

En una fecha indeterminada, el asno de un vigilante del Templo de Alejandro Magno se hundió accidentalmente en una fosa de arena, y su propietario, al intentar rescatarlo del agujero en el que se había caído, descubrió el mayor emplazamiento de momias del mundo. Las momias de oro de Bahariya deben su nombre a unas máscaras doradas que cubren sus rostros, y que ante el haz de mi linterna parecían cobrar vida, mirando furiosas al extranjero que osaba profanar su sueño. No me extraña que el mismo Dr. Hawass, según me confesó personalmente en su día, tuviese pesadillas durante vayas noches con dos de las momias infantiles que extrajo de Bahariya, y que sólo cesaron cuando volvió a reunirlas con las de sus padres.

En las fosas principales pude ver apenas una docena de momias, extraídas de sus nichos, y mal protegidas del viento y las inclemencias con telas, o incluso con una puerta de armario colocada encima. Según los cálculos de Zahi Hawass en Bahariya podía haber unas 10.000 de aquellas momias, que no serán extraídas de sus fosas, por el momento, sencillamente porque ya no queda más sitio físico en los museos para colocarlas y clasificarlas debidamente. Y si han aguantado tantos siglos enterradas en la arena, es porque no existe mejor conservante natural para una momia. Algunas de ellas pueden verse en el Museo Arqueológico de El Cairo.

El desierto blanco y Al Bawati

Saliendo de Al Bawati en dirección sur, nos enfrentamos a muchos kilómetros de desierto negro antes de llegar al oasis de Al Farafra. Pero unos 50 kilómetros después, de nuevo el color del suelo se transforma, a la vez que el paisaje, clareándose más y más a cada metro. Entramos en el desierto blanco, un paraje fantasmal, poblado por caprichosas formaciones rocosas con forma de hongos gigantes, que parecen diseñados por la imaginación de Julio Verne o de Dalí. Los viajeros creen ver en aquellas surrealistas formaciones blancas las figuras de avestruces, camellos y hasta platillos volantes. Merece la pena tomarse un tiempo para disfrutar aquellas estampas insólitas, y para apretar a discreción el disparador de la cámara fotográfica.

Los amantes de las piedras deben hacer un alto también en la Montaña de Cristal. No tiene perdida. Está a la izquierda de la carretera, y se reconoce enseguida por el enorme agujero que tiene en medio, otro capricho de la erosión, como si fuese una puerta sagrada a otros mundos. Esta gigantesca roca de cristal de cuarzo se encuentra a unos 24 km al norte de Naqb Al Sillim, y los pequeños cuarzos que la rodean reflejan los rallos del sol, dándole la apariencia de un campo de luciérnagas fantasmal. Merece la pena hacer un alto en el camino. Basta caminar un poco mirando al suelo para encontrar todo tipo de piedras extrañas. Algunas de formas tan caprichosas, aristas tan pulidas, y curvas tan perfectas, que parecen haber sido “modeladas”. Son iguales a las supuestas “piedras ablandadas” de Giza o Perú. Pero a nadie se le ocurriría decir que esas piedras, producto de los caprichos de la naturaleza, son obra de una tecnología secreta…

Por fin, tras 80 kilómetros más de polvo y arena, llegamos al oasis de Al Farafra, el más aislado y menor de los oasis del desierto occidental. A pesar de las antiguas tradiciones que mantienen sus habitantes beduinos, resulta llamativo el contrastes de ver las puertas modernas de sus casas de adobe, blindadas con cerraduras medievales; o admirar los versículos de El Corán que decoran las fachadas. 

Pese a ello Al-Farafra no ofrece excesivos atractivos al viajero, excepto quizás su Museo de Badr y sus fuentes de agua sulfurosa. Auténticos “jacuzzys naturales”, que suponen un placer añadido. Las casas de Al Farafra están pintadas de azul, para proteger a sus supersticiosos habitantes del “mal de ojo”, y decoradas con motivos alusivos a las peregrinaciones a la Meca, o también figuras de animales, que hacen recordar la pinturas rupestres prehistóricas que decoran las laderas de ciertas montañas, no muy lejanas.

Y es que, si contratásemos los servicios de cualquier agencia local de guías nativos, y abandonásemos la ruta de los oasis para hacer una incursión de más de 200 km desierto adentro, hacia la frontera con Libia y al sur, llegaríamos a la zona norte de los Montes Uweinat, el extremo sudoeste del país. Es el Gilf Kabir, donde se encuentra una auténtica catedral de arte rupestre, solo comparable a las famosas pinturas de Tassilli, en Argel, pero totalmente desconocidas. 




sábado, 4 de abril de 2020

EGIPTO: EL TACTO DE LAS MOMIAS DE AL KHARGA



Uno termina por acostumbrarse a la paz y el silencio del desierto. Y una buena cena y unas horas de sueño después de un baño en cualquiera de las fuentes termales del oasis repone las fuerzas del viajero más agotado. Así que tras llenar el depósito de gasolina y aprovisionamos de agua, fruta y dátiles, retomamos viaje hacia el sur. 

Casi doscientos kilómetros nos separaban del siguiente oasis: Al Kharga. Al Kharga es el más aislado y extenso de los oasis. Una depresión del terreno de treinta por doscientos kilómetros en plena ruta de las caravanas que unían Egipto y Sudán. Unas sesenta mil personas viven en Al Kharga. Entre ellos una notable comunidad nubia. Por fin tomamos contacto con los egipcios negros, a los que me encontraría más tarde en algunas zonas del Nilo. 

Por supuesto hay muchas cosas que ver en este oasis, el último antes de que abandonemos el desierto para llegar a la cuenca del río Nilo: el Museo de Antigüedades, el templo de Hibis, el monasterio de Al Kashef, etc. Aunque confieso que yo presté más atención a la tumba del santón Naser Dim, cuyo mausoleo se encuentra en la mezquita. Y por supuesto, a la extraordinaria necrópolis cristiana de Al Bagawat, donde encontramos las pinturas cristianas más antiguas del continente. 

En realidad existen algunas pinturas de coronas de laurel y otros elementos menores que decoran algunos ataúdes de las momias exhumadas en el oasis de Al Fayum y que son un siglo anteriores a estos ricos y elaborados frescos cristianos de Bagawat. Pero no hay punto de comparación. En esta necrópolis copta existen también momias. Y en este caso puedo dar testimonio no sólo por haberlas visto y fotografiados sino como santo Tomás, por haber puesto literalmente el dedo en las llagas... Con los contactos adecuados, y en este caso sin necesidad de sobornos, mis guías consiguieron que accediese al interior de algunas de las tumbas más antiguas de Bagawat. 

No puedo precisar exactamente la ubicación, pero sí que llegamos en plena noche para evitar las miradas indiscretas. Me condujeron hasta una especie de túmulos situados en la periferia del oasis de Al Kharga y me señalaron con el dedo un pequeño ventanuco de no más de cincuenta centímetros de lado semienterrado en la arena. Aseguraban que hacía muchos años que nadie entraba en aquella tumba, pero sé que eso se lo dirán a todos. No obstante, era una oportunidad única en la vida. Penetrar en una tumba, alejada de los circuitos turísticos egipcios, y que, según me aseguraban mis guías, conservaba todos los frescos y pinturas, así como demás elementos funerarios originales intactos. ¡Y tan intactos...! 

Entré solo en la tumba, supongo que porque mis guías egipcios estaban aburridos de verla o quizá, siendo un poco más romántico, porque temían la famosa maldición de los muertos. Sujeté la linterna con los dientes, protegí la cámara con el pañuelo y la camisa, y empecé a arrastrarme por aquel angosto agujero. Pero no contaba con el polvo del desierto, que se iba levantando a medida que arrastraba mi cuerpo por el pequeño pasadizo subterráneo. Pronto se formó una densa cortina de polvo que no me permitía ver nada más que el haz de mi linterna, recortado y definido en las partículas de arena que flotaban ante mí, como si se tratase del sable láser de un caballero jedi. El polvo se me metía en los ojos, así que seguí avanzando con ellos cerrados hasta que mi mano derecha —no olvidaré la sensación— tropezó con una piedra. Me detuve. Abrí los ojos. Sólo veía polvo y el sable láser de Luke Skywalker saliendo de mi boca. Esperé a que el polvo volviese a asentarse. Y entonces me di cuenta de que la piedra no era tal piedra, sino un pie humano. El pie de una momia. Una de la media docena de momias que me rodeaban. 

Uno no tiene todos los días la oportunidad de sentir el tacto de las momias egipcias, y aunque la experiencia no deja de ser una anécdota divertida, sinceramente, en Begawat había algo que me interesaba mucho más que las momias. Y es que el 6 de noviembre de 2003, en un solemne acto, Juan Pablo II entregó el Premio de las Academias Pontificias, dotado con veinte mil euros y considerado el Nobel humanístico de la Santa Sede, a Giuseppina Cipriano. 

Esta joven estudiante del Instituto Pontificio de Arqueología Cristiana de Roma, al que me referí al principio, había realizado una impecable tesis doctoral sobre Los Mausoleos del Exodo y de la Paz en la necrópolis de El-Bagawat. Reflexiones sobre los orígenes del cristianismo en Egipto. La sesión, coordinada por el Consejo Pontificio de la Cultura y presidido por el cardenal Paul Poupard, reunió a la Academia Pontificia de Santo Tomás de Aquino, la Academia Pontificia de Teología, la Academia Pontificia de la Inmaculada, la Academia Pontificia Mariana Internacional, la Academia Pontificia de Bellas Artes en el Panteón, la Academia Pontificia Romana de Arqueología y la Academia Pontificia del Culto de los Mártires, lo que nos da una idea de la relevancia del premio y el interés que despertaron en la Santa Sede las pinturas analizadas por Giuseppina Cipriano. Y no es para menos. 

No hace falta ser un experto para valorar el indudable interés histórico, arqueológico y teológico de aquellos frescos, que ahora se encontraban ante el objetivo de mi cámara. Escenas del Nuevo y del Antiguo Testamento plasmadas por los primeros cristianos llegados a Egipto, en las que podemos contemplar el Arca de Noé, el sacrificio de Isaac, Daniel en la guarida de los leones, Adán el día después de la expulsión del Paraíso y un largo etcétera. No es de extrañar que el Papa afirmase, en la solemne entrega de la medalla de oro a la doctora Cipriano, que sus trabajos «subrayan el valor del patrimonio arqueológico, litúrgico e histórico del que es tan deudora la cultura cristiana y del que puede seguir encontrando elementos de auténtico humanismo». 

En las doscientas sesenta y tres tumbas-mausoleos diseminadas por la necrópolis de Bagawat encontramos una auténtica historia del cristianismo primitivo, ilustrada en un gigantesco cómic, donde los primeros cristianos del país de los faraones plasmaron su memoria, aún reciente, de la historia de la Iglesia, que llegó a aquel remoto rincón de Egipto a finales del siglo III y principios del IV. 

Son tumbas coptas, cuyas cúpulas, llenas de frescos, se están deteriorando rápidamente. Por eso es aconsejable no utilizar flash a la hora de fotografiarlos. Aquí se exilió el obispo hereje Nestorio, condenado por afirmar que de las dos naturalezas de Jesucristo, la humana y la divina, sólo la primera había sufrido el martirio de la cruz. Una cuestión, ésta de la teología, que probablemente parecerá mundana al lector agnóstico; pero herejías tan aparentemente inocentes como ésta han acarreado persecuciones, torturas y muertes descarnadas a lo largo de toda la historia de la humanidad. De hecho, como el lector sabrá, el islam y el cristianismo comparten profetas como Abraham, Moisés o el mismo Jesús. 

El Corán dedica muchas páginas a esas y otras figuras clave del judeocristianismo, pero la principal causa del enfrentamiento irreconciliable entre ambas religiones es la triple naturaleza de Jesús. Para los musulmanes que viven en el oasis de Al Kharga, o en Egipto, o en cualquier rincón del mundo árabe, el dogma de la Santa Trinidad es una blasfemia contra el Jesús del Corán, y no me cabe duda de que, todavía hoy, en los ataques terroristas de grupos radicales islámicos, existe un poso de responsabilidad en esas creencias fanatizadas. Para que luego digan que la teología es una tontería y que las creencias no matan. 


jueves, 2 de abril de 2020

ARQUEOLOGÍA BÍBLICA


La arqueología bíblica, como su nombre indica, es la especialidad arqueológica que tiene como objeto de estudio los lugares, circunstancias y vestigios de sucesos relacionados con la historia del judeocristianismo. 

Hasta el siglo XIX la Biblia era considerada, para los cristianos, como la principal e irrefutable fuente de conocimiento. Sin embargo, la historia de la ciencia llevaba ya muchos años creando serios conflictos entre los hechos demostrados, como la esfericidad de la tierra o su rotación alrededor del sol, o la revolucionaria teoría de la evolución de las especies, con el magisterio de la Iglesia. Y la arqueología vino a echar más leña al fuego. 

Los primeros exploradores, arqueólogos y aventureros, muchos de ellos misioneros, llegados a Palestina, Egipto, Siria y demás escenarios de los pasajes bíblicos intentaron aplicar esa nueva disciplina a la demostración de que la Biblia decía la verdad. Y no es de extrañar que la Santa Sede acogiese con entusiasmo descubrimientos arqueológicos que parecían probar la historicidad de los textos sagrados. 

No me supone ningún esfuerzo imaginar a los cristianos de los siglos XIX y XX siguiendo con interés, y casi con alivio, los descubrimientos de nuevos restos arqueológicos que confirmaban un pasaje bíblico. 

Por ejemplo: la campaña militar en Israel del faraón Sisac (1 Reyes 14:25-26) aparece registrada en los muros del templo de Amón en Tebas, en Egipto; la revuelta de Moab contra Israel (2 Reyes 1:1; 3:4-27) consta en una inscripción de La Meca; la caída de Samaria (2 Reyes 17:3-6,24; 18:9-11) por Sargón II, rey de Asiria, figura en los muros de los restos de su palacio; el ataque de Asdod por órdenes de Sargón II (Isaías 20:1) también está registrado en los muros de su palacio; la campaña del rey asirio Senaquireb contra Judá (2 Reyes 18:13-16) aparece en el Prisma de Taylor; la siega de Senaquireb (2 Reyes 18:14,17) consta en los relieves de Lachish; la caída de Nínive, augurada por los profetas Nahúm y Sofonías (Sofonías 2:13-15), está descrita en la tablilla de Nabopolasar; la caída de Jerusalén por Nacubodonosor, rey de Babilonia (2 Reyes 24:10-14), quedó registrada en las crónicas de Babilonia; la liberación de los cautivos en Babilonia por Ciro el Grande (Esdras 1:1-4; 6:3-4) se confirma en la Esfera de Ciro, etc. 

En otras muchas ocasiones, la confirmación de un suceso bíblico, a través de la arqueología, era indirecta. Por ejemplo: la inscripción de Behistún (1835), tallada en la roca en tres idiomas, incluido el de caracteres cuneiformes, abrió las posibilidades para el desciframiento de escritos cuneiformes (se lo conoce como «la clave para otras claves»); la estela moabita (1868), que contiene el relato del triunfo de Mesa, rey de Moab, contra Ahab y Joram, reyes de Israel; el hallazgo del archivo estatal del imperio hitita (1871, 1906), con más de veinte mil textos cuneiformes, parte acadios y parte hititas, especialmente los tratados de vasallaje o de soberanía y que siguen un modelo que aparece de una u otra manera en varias partes del Antiguo Testamento; el código de Hamurabi, una estela descubierta en 1901 por arqueólogos franceses, lo creó el homónimo rey de Babilonia. Este rey vivió casi medio milenio antes de Moisés. 

Hay mucha similitud entre las leyes de Hamurabi y las leyes mosaicas. En el texto de Hamurabi aparece la «ley del talión». Este descubrimiento ayuda a los estudios bíblicos a ubicar las leyes mosaicas en un contexto más amplio y a abrir los ojos a muchos escépticos que no aceptaban la antigüedad de ellas. Por otro lado, las leyes de Hamurabi permiten reconocer la diferencia entre leyes de carácter general y universal, y aquellas propias del pueblo de Dios. 

Hay muchos ejemplos más, pero lo descorazonador es que no exista una confirmación arqueológica irrefutable de la existencia de Jesús de Nazaret, la gran ambición de los arqueólogos bíblicos creyentes. Y peligrosa. Ya que, en el 99 por ciento de los casos de grandes personajes históricos, lo que más ambicionan los arqueólogos es encontrar su tumba: como las de Genghis Khan, Alejandro Magno, etc... Pero descubrir la tumba de Cristo sería un cataclismo teológico para millones de cristianos. 

Con el paso de los años las cosas se fueron complicando, y cada vez con más frecuencia los descubrimientos arqueológicos no sólo no confirmaban, sino que incluso contradecían la Biblia. No causará ningún estupor que, en ese momento, un estricto secretismo rodease las excavaciones arqueológicas en Tierra Santa, y muchos hallazgos fuesen inmediatamente sepultados en los archivos secretos vaticanos. 

Sin embargo, con el creciente laicismo de la sociedad, Roma fue perdiendo su poder y otros «vaticanos» comenzaron a exigir su parte del pastel. No podemos olvidar que cristianismo, judaísmo e islam comparten profetas o personajes como Moisés, Abraham o Jesús. Por lo tanto, cualquier hallazgo arqueológico que pudiese aportar alguna luz sobre la Biblia ya no era sólo jurisdicción vaticana. 

Sería demasiado largo detallar los episodios extraordinarios de la arqueología bíblica, como el descubrimiento de los manuscritos de Qunram, o el vergonzoso fraude del osario del hermano de Jesús, más similares a una novela de espionaje internacional que a controversias científicas. En este momento prefiero limitarme a Egipto. 

Con el paso de los años, la arqueología bíblica fue independizándose del monopolio vaticano y adquiriendo tintes de especialidad científica. Y los arqueólogos bíblicos llegaron a un acuerdo muy lógico. Su función no sería buscar pruebas que avalasen la credibilidad del texto evangélico, sino que contextualizarían (y si fuese preciso rebatirían) el mundo descrito en la Biblia. 

Como bien dice Edesio Sánchez Cetina, el objeto del arqueólogo es hacer ciencia, no teología. Sin embargo, a medida que uno profundiza en los hechos, siente cómo su fe se va mermando y las dudas le corroen el alma. ¿Y si las cosas no son como me han contado?


domingo, 29 de marzo de 2020

EL HOMBRE DE HIELO DE BOLZANO MURIÓ EN UN RITUAL



Hace 5.300 años, en el período Neolítico, entre los Alpes y el Valle de Ortz, Europa, Murió. En el año 1991 dos alpinistas descubrieron al "hombre de los hielos", que reposa desde 1998 en el Museo Arqueológico del Tirol, en Bolzano, Italia. 

Ahora el arqueólogo Johan Reinhard asegura en la edición de febrero de la revista National Geographic que "Oetzi" —como bautizaron a la momia en Bolzano —murió en un "sacrificio ritual" ofrecido a los dioses de las montañas.

El "hombre de los hielos" tenía una flecha clavada en la espalda. Llevaba un hacha en el cinto, flechas en el carcaj y un sombrero de piel de oso. Había estado construyendo un arco de madera de pino, que no logró terminar. En 1991 lo encontraron tendido en una angosta zanja llena de hielo y barro. Era una momia de la Edad de Bronce, que conservaba el pelo completo y los tejidos húmedos. 

El año pasado, los científicos descubrieron que "Oetzi" murió cuando una flecha con punta de piedra lo hirió en la espalda, desmintiendo así la idea de un posible cazador perdido y congelado en un paso montañoso. Ahora el arqueólogo Reinhard cree que "Oetzi" no fue un cazador, sino una presa. La víctima de un asesinato ritual ofrecido a los dioses que, según la religión de esos tiempos, vivían en las grutas de los Alpes a 3.000 metros de altura.

"El sitio donde lo encontraron no es una zanja sino un lugar sagrado, este paisaje tenía importancia ritual", dice Reinhard Estudiando las evidencias, Reinhard notó que el "hombre de los hielos" había dejado todas sus cosas cuidadosamente dispuestas sobre una saliente de la montaña. Sólo 2 de sus 14 flechas estaban terminadas, no le servían para defenderse. Nadie robó su hacha de bronce —una herramienta de gran valor para la época— que estaba enterrada junto a él. Además usaba un calzado hecho de hierbas y cuerda de cáñamo, totalmente inadecuado para la montaña. La teoría de Reinhard ya causa polémicas. 

El antropólogo austríaco Horst Seidler, miembro de la Universidad de Viena y director del comité científico que investiga a "Oetzi", no cree que haya evidencia alguna sobre el supuesto asesinato ritual. "En realidad, no tenemos la menor idea de por qué lo mataron", admite Seidler.

Seidler opina que Reinhard repite ahora su teoría del sacrificio ritual porque está influenciado por sus propios descubrimientos anteriores en Sudamérica. Recientemente, Reinhard encontró en la Cordillera de los Andes varias momias de niños sacrificados por los Incas. 

Pero Reinhard asegura que las evidencias están de su lado. Montaña abajo había sitios más favorables para un asesinato común. Las hojas que se encontraron junto a "Oetzi" indicarían que su muerte fue al final de la primavera o comienzos del verano, no iba a congelarse rápido. El polvo que tenía entre sus ropas indica que alguien lo enterró bajo una capa de tierra y piedras, para que se secara y momificara naturalmente, antes de que los glaciares alpinos lo cubrieran en el invierno. Reinhard destacó que hace más de 2.000 años los antiguos Celtas mataban a flechazos. La caña de la flecha no está en el cuerpo, es improbable que "Oetzi" pudiera arrancársela él mismo. Tenía entre 45 y 50 años, medía 1,65 metros de altura, pesaba 40 kilos y usaba utensilios de cobre, un signo de alto nivel social. 

Según Reinhard, "era un artesano del cobre que sacaba el metal de la montaña". Las montañas eran "la fuente del rayo" y una flecha era también algo parecido a un rayo, según los rituales religiosos. Pero el antropólogo Seidler cree que es mejor esperar a tener más evidencias. Un patólogo examinará a "Oetzi", que está congelado a seis grados bajo cero y con 98 por ciento de humedad en el museo de Bolzano.

Seidler opina que los estudios científicos permitirían saber si "Oetzi" murió por pérdidas de sangre; si su costado izquierdo se paralizó por el daño causado por la flecha, y si podría haber huido de sus enemigos hasta morir a la intemperie en la cumbre de la montaña.

"En realidad, no sabemos si este hombre murió horas o días después de haber sido herido por la flecha", dice Seidler. Y agrega: "lo único seguro es que llegó a ese paso de montaña, se acostó sobre un costado de su cuerpo para dormir o para tratar de recuperarse. Y en esa posición, murió congelado".






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