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sábado, 25 de abril de 2020

LOS SEÑORES DEL CEMENTERIO DE HAITÍ


Después de varias jornadas de convivencia, por fin nos ganamos la confianza del houngan para que nos permitiese grabar sus cuartos de los secretos. Se trataba de una especie de barracón, erigido en la parte más retirada de la finca, y de una especie de sala anexa a uno de los bloques de la casa principal, donde el houngan consulta a sus pacientes. No cabe duda de que toda la decoración está pensada para impactar con gran efecto sobre el consultante.

Ambas permanecían cerradas con una llave que únicamente poseía el houngan. Entrar en aquellos cuartos fue como atravesar el espejo mágico de Alicia hacia un mundo siniestro y terrorífico. Yo había hecho mis deberes y, como hago siempre antes de iniciar un viaje, había estudiado a fondo los fundamentos teológicos del vudú, las correspondencias de sus loas (dioses) con los orishas cubanos o los santos brasileños; estaba familiarizado con Dambala, el dios serpiente, o con Erzuli, la diosa de la belleza, y también con Mawu, Legba o las Marasas. Y el houngan se admiró de mi interés al reconocer algunos de los veves o dibujos que simbolizan a cada dios en las paredes o el suelo de su cuarto de los secretos. Eso siempre es bueno, porque demuestra que realmente sientes interés por conocer la religión de tu interlocutor. 


Y gracias a ello Elié nos mostró otras cosas increíbles como numerosos cráneos humanos que utilizaba para los rituales, y que habían sido recogidos personalmente por él escarbando en las tumbas más recientes del cementerio cercano; las libretas de encantamientos, llenas de embrujos y sortilegios realizados con fórmulas secretas; y hasta las terroríficas botellas (tenía docenas) donde el houngan deposita el espíritu de las personas que ha convertido en zombis. Porque, más allá de tópico cinematográfico, la creencia en los muertos vivientes es una de las realidades sociales más arraigadas de Haití. Y el houngan de Belladere no sólo me aseguraba que él había «fabricado» numerosos zombis, sino que afirmaba poseer en ese momento tres... 

Estábamos en la víspera de Todos los Santos, una de las fechas más importantes en el mundo vudú. El Día de Difuntos se suelen realizar algunas de las ceremonias más importantes, y tanto el houngan como sus colaboradores llevaban ya varios días preparando la ceremonia del día siguiente. Esa noche, durante la cena, Elié dejó caer que, de madrugada, debía ausentarse con varios de sus hombres de su villa-fortaleza para realizar un trabajo en el cementerio. Dejándome llevar por el entusiasmo, y haciendo gala de la estupidez que me caracteriza, le expresé mi deseo al houngan de acompañarle esa noche al cementerio. Miguel me dio una patada por debajo de la mesa, pero yo, que soy especialmente torpe, no capté la indirecta e insistí. Elié también insistió en su negativa. Aseguraba que el ritual era secreto y peligroso. Y que un blanco no podía asistir. 

Tras la cena a los blancos nos invitaron cordial pero enérgicamente a que nos retirásemos a nuestros aposentos, mientras que un grupo de haitianos, encabezados por el houngan, se preparaban para salir. No podría jurarlo, pero a mí me dio la impresión de que varios de ellos portaban palas y linternas. O eso me pareció ver desde la ventana de nuestro cuarto. Cuando hice el amago de salir del dormitorio para seguirlos, Miguel, que tiene mucha más experiencia como viajero que yo, me hizo desestimar la idea. En buena hora no se me permitió acompañarlos. Porque algo grave ocurrió esa noche en el cementerio de Belladere. 

De pronto, muy entrada la madrugada, y aunque muy lejanos, empezamos a escuchar disparos. Hasta ocho pude contar yo. Evidentemente fue difícil volver a conciliar el sueño. Por la mañana, temprano, salimos de la casa del houngan en dirección al cementerio. Si esa noche se había desarrollado un ritual secreto de vudú, tal vez encontrásemos alguna evidencia. Y vaya si la encontramos. El cementerio de Belladere es un lugar siniestro, sin duda poseído por los loas Baron Samedi, Baron La Croix, Bravo y otros dioses de la muerte y del cementerio del panteón vudú. 

Todavía encontramos velas encendidas que no habían terminado de consumirse. Si la comitiva presidida por el houngan salió de su villa poco después de medianoche y todavía había velas encendidas, supuse que lo que estuviesen haciendo se habría prolongado durante varias horas en el cementerio, ya que si hubiesen encendido esas velas ocho o nueve horas antes, ya se habrían consumido hacía rato. Así que deduje que habrían encendido más velas mientras durase su labor en el camposanto, que sin duda requirió mucho tiempo. Pero lo verdaderamente inquietante es que varias de las tumbas aparecían profanadas, los nichos vacíos y las criptas forzadas. Y lo realmente siniestro, y digno de una película de serie B, es que en medio del camposanto nos encontramos con un ataúd abandonado con visibles muestras de polvo y tierra que sugerían que había sido desenterrado recientemente. Era de color gris metalizado, y de dos puertas, lo que permitía ver la cara del muerto durante el velatorio, abriendo sólo la parte superior del féretro, mientras la mitad inferior permanecía cerrada. 

Me acerqué a él con cierto resquemor, lo reconozco. Agarré la tapa inferior con la mano derecha. No me apetecía encontrarme con la cara del cadáver. La abrí lentamente. El ataúd estaba vacío. Alguien se había llevado el cuerpo. ¿O habría salido el cadáver del féretro por sus propios pies? Es difícil no tener estos pensamientos absurdos en un país como Haití, donde la sugestión es una forma de vida. Pero, bromas aparte, en ese momento y en ese cementerio, tuvimos la seguridad absoluta de que nos encontrábamos ante el rastro de un zombi. Y así era, aunque todavía tardaría semanas en entender que los zombis no son exactamente muertos vivientes, sino otra cosa todavía más fascinante.



lunes, 20 de abril de 2020

POLITICA, SOCIEDAD Y VUDÚ EN HAITÍ


Monsieur Elié es un hombre grande, serio y circunspecto. Tal y como uno se imaginaría a un poderoso brujo de la religión vudú. Las canas que empezaban a asomar en su barba conferían a su piel negra un aire intelectual. Pero sobre todo, y esto es importante, Monsieur Elié es un hombre poderoso en su comunidad.


Cuando llegamos a sus propiedades, nos encontramos con que el ex alcalde del pueblo trabajaba ahora a su servicio. Allí estaba así mismo el gobernador de la provincia, que también era houngan, y varios políticos y militares relevantes. No sólo de República Dominicana y de Haití, sino incluso oficiales de las tropas de pacificación de la ONU, que en aquellos días intentaban garantizar la seguridad en el país de los zombis. Como si eso fuese posible. Pero lo importante es que todos estábamos sujetos a la hospitalidad del houngan. El sacerdote vudú, en Haití, continúa manteniendo el mismo papel protagonista en la sociedad que antaño tenían los obispos cristianos, los lamas budistas o los sacerdotes del faraón, y sospecho que el poder no es la única característica que tenían en común. 

Durante esos días conocimos más en profundidad el origen de Haití y de la religión vudú, palabra que viene de la lengua fon de Dahomey, y que significa «dios» o «espíritu». Y eso es lo que es realmente: un espíritu que envuelve todo Haití, influyendo en cada manifestación cultural o social de este pequeño país, el más pobre de América y tal vez del mundo. Ninguna manifestación cultural es más perdurable e influyente en la historia de un pueblo que su religión. Y en el caso de Haití es especialmente clara esa influencia. Cualquier acontecimiento, por casual que pudiese parecernos a los europeos, es interpretado en clave vudú.

A finales de marzo de 1995, por ejemplo, el presidente Bill Clinton visitaba Haití para asistir al «cambio de guardia» de las tropas norteamericanas por las de la ONU en el país. Más de cuatro mil haitianos se dieron cita en la plaza del Palacio Nacional de Puerto Príncipe para asistir al acto encabezado por el presidente y ex sacerdote católico, Jean-Bertrand Aristide, repuesto en el poder de Haití con la intervención de veinte mil soldados norteamericanos en octubre de 1994. Cuando el presidente norteamericano terminaba su discurso sobre la intervención militar en la isla caribeña, una paloma blanca, intuyo que amaestrada, se posó junto a su micrófono, lo que produjo que miles de personas estallasen en gritos y aplausos ante tan diáfana «señal de aprobación» de los dioses. Los loas del vudú habían aceptado a Clinton. Y con esa «inocente coincidencia» miles de haitianos dejaron a un lado su rencor por el nuevo invasor blanco, acatando los deseos de los dioses. 

Y es que el vudú es el principal poder en Haití. Y nadie osará contrariar los deseos de los loas, o lo que se interprete como dichos deseos. Desde el héroe local Mackandal, pionero en la revolución haitiana contra los franceses en el siglo XVIII, hasta el general Cedrás, ningún dirigente haitiano se ha atrevido a descuidar la todopoderosa influencia de la magia y religión vudú en Haití, y el presidente Aristide no es una excepción. Lo interesante es que Aristide, antes de político, era sacerdote católico en la orden fundada por el mago san Juan Bosco. Quizá por ello conocía mejor que nadie la fuerza social de las creencias.


En julio de 1995 se entrevistó con varios houngans y mambos, y seguidamente anunció oficialmente la construcción de un gran templo vudú en la capital. De esta forma Aristide igualaba la religión vudú a otras religiones al otorgar a los vuduistas una «catedral» equiparable a las iglesias bautistas, los templos masones o las parroquias católicas que abundan en Haití. 

Pero si ha existido un mandatario haitiano que ha sabido hacer uso del poder del vudú como herramienta política ése fue el mítico y tenebroso «Papa Doc», el doctor Frallois Duvalier. En 1954 el legendario Papa Doc publicó, en coautoría con Lorimer Denis, un monográfico titulado L'évolution graduelle du vaudou, y los conocimientos sobre el vudú de que hacía gala en aquella obra evidentemente fueron utilizados durante su carrera política. 

Ya siendo un joven, y en compañía de otros intelectuales haitianos, editó un periódico nacionalista, Les Griots. En una época en que el gobierno quemaba los sagrados tambores vudús y otros objetos de culto y obligaba al pueblo a jurar lealtad a la Iglesia católica de Roma, Les Griots reivindicaba el vudú como religión y la rebelión contra los colonos americanos. No es de extrañar que Papa Doc fuese ganándose el apoyo de las sociedades secretas tradicionales, y que durante su campaña electoral de 1957 los hounfor sirviesen de cuarteles generales a su partido. 

Inmediatamente después de acceder a la presidencia de Haití, Duvalier nombró comandante en jefe de la milicia al temido bokor (brujo) de Gonaïves Zacharie Delva, y comenzó a reivindicar el vudú como «religión oficial». Su guardia personal, una especie de «policía esotérica», eran los Voluntarios de la Seguridad Nacional (VSN), los temidos Tontons Macoutes, que se ocuparon de sembrar el terror en Haití. El nombre Tontons Macoutes (los «hombres del saco») proviene de un viejo cuento popular haitiano que amenaza a los niños traviesos con que su tonton (tío) se los llevará en su macoute (saco). 

Todos los hounfor que se manifestaban contrarios al régimen de Duvalier fueron cerrados, y los rebeldes perseguidos. Según sus biógrafos, en 1963 Papa Doc ordenó fletar un avión especialmente para que le trajesen la cabeza del ex capitán rebelde Blucher Fhilgénes. Lo decapitaron y le llevaron la cabeza en un cubo de hielo. Y según los rumores que llegaban del palacio presidencial en Puerto Príncipe, Duvalier se pasaba horas contemplándola y consultando su espíritu en rituales secretos. Una imagen que podría recordarnos a otros grandes tiranos, como el mismo Hitler, obsesionados por sus creencias ocultistas. «El hombre habla pero no actúa. Dios actúa pero no habla. Duvalier es un dios», podía escucharse por las calles de Haití. 

Papa Doc había tejido a su alrededor una terrible leyenda mágica gracias a su conocimiento del vudú, leyenda que nadie se atrevía a cuestionar y que permitió que la dictadura de Duvalier imperase a sus anchas en Haití durante décadas. Muchos campesinos creían que Papa Doc era una encarnación del temible Baron Samedi, señor de los cementerios. «No pueden detenerme, soy un ser inmaterial», dijo Duvalier durante uno de sus discursos en 1963. Y lo cierto es que su leyenda perdura, y algunos piensan que Duvalier es un loa, un espíritu de la familia Gede, un ser inmaterial que todavía puede manifestarse en algunos rituales de vudú haitiano. Sin duda Duvalier vivirá para siempre en el Zamadi, aunque no sea recordado precisamente por sus buenas obras. 



jueves, 2 de abril de 2020

HAITÍ: LA INTERNACIONAL. VIAJE HACIA BELLADERE



«Amanece temprano y la luz del sol me despierta», anoté en mi diario. Así que madrugué. Tenía muchos preparativos que hacer antes de salir hacia la frontera haitiana. Había hecho coincidir mi primer viaje a Haití con el tercero o cuarto que hacía Miguel Blanco, para contar así con un poco de cobertura en un país tan duro como desconocido, al menos hasta que pudiese reunirme con las misioneras católicas de Puerto Príncipe. 

Me aprovisioné de mapas, baterías, carretes, un buen botiquín y todo lo que pudiese necesitar antes de adentrarme en el territorio más peligroso que he conocido. Más de una vez me iba a alegrar de haberme reunido con Miguel Blanco antes de dejar Puerto Plata para iniciar la ruta hacia la frontera haitiana. Para ello alquilamos un coche, en realidad una furgoneta, en una de las numerosas agencias de alquiler de vehículos que atienden a los turistas. Tiene gracia: cuando explicamos al dependiente de la agencia que queríamos un vehículo duro para ir hasta Haití, el tipo nos respondió en un tono profundamente despectivo: «¡Para qué van allá, chico, si allá nada más que hay negros!». Lo paradójico es que quien esto afirmaba era un mulato más oscuro que el pan tostado. Este fue mi primer contacto con el racismo inherente al mestizaje que los españoles, y más tarde los portugueses, franceses, ingleses y holandeses dejamos en las Américas. Fue tan profundo el daño que infligimos en la conciencia de esos pueblos, que entre ellos mismos se desprecian dependiendo del grado de mestizaje de su piel. Vergonzosamente, muchos blancos caribeños ven con desprecio a los mestizos, que a su vez menosprecian a los mulatos, quienes humillan a los negros... Como si los humanos necesitásemos desesperadamente marcar las diferencias con otros grupos humanos para sentir nuestra propia identidad. Como si sólo sometiendo a otros colectivos a nuestro maltrato, descrédito y vilipendio, pudiésemos sentirnos superiores. El sistema de castas, al fin y al cabo, no sólo está instaurado en la India. En todo el planeta siguen existiendo, de una forma u otras, diferencias de «castas» económicas, sociales o raciales. Maldigo a todos los dioses que han permitido esas diferencias. 

Cuando preguntamos al negro racista de la agencia cuál era el camino más rápido para llegar a la frontera de Haití nos ofreció dos alternativas: dirigirnos hasta Santiago de los Caballeros para una vez allí tomar la autopista hasta Santo Domingo, y de allí la carretera que lleva al paso fronterizo de Jimaní, lo que significaba rodear todo el país casi literalmente; o utilizar «la Internacional», que salía directamente desde Puerto Plata hacia Haití, y que resultó una ruta que ni mi compañero Miguel Blanco conocía. No parecía una elección difícil. Y por demasiado fácil resultó un grave error. 

Según las notas de mi diario, estábamos tan confiados en que la ruta por la Internacional sería un cómodo paseo que incluso nos permitimos el lujo de comer en Puerto Plata antes de iniciar el viaje. Salíamos de la ciudad dominicana a las 13.10. Y de allí, siempre con rumbo oeste, hasta Santiago de la Cruz, donde quería reunirme con una entrañable cooperante. En ese trayecto la carretera no nos puso mayores problemas, como si quisiese que nos confiásemos. De Puerto Plata a Bisonó, donde giramos a la derecha para seguir hacia Maizal, y después hacia el sur por Mao, Los Quemados y Sabaneta, donde a media tarde incluso paramos a tomar un café y a darnos un baño de cinco minutos en el río Yaguajal. Después, relajados, continuamos el viaje hacia nuestra cita en Santiago de la Cruz, dejando atrás Los Almacigos, Inaje y Partido, donde el depósito de gasolina empezó a exigir que le diésemos de beber. 

Por fin avistamos el pueblecito típicamente caribeño de Santiago de la Cruz. Allí teníamos una cita con uno de esos personajes que es un honor conocer. Pocas cosas debo agradecer tanto a los viajes como haber tenido el privilegio de estrechar la mano de seres humanos excepcionales, personas que no están dispuestas a cruzar los brazos y mirar hacia otro lado quejándose de lo mal que va el mundo. El mundo va mal porque no hay más personas como mi querida María y su empresa de niños con síndrome de Down, o como los ópticos y dentistas voluntarios de la Ruta de la Luz, o como los cooperantes de Ayuda en Acción, o como todos los misioneros del mundo... o como Morgy Skeiner. 

Esta norteamericana de sesenta y un años, alta, de luminosos ojos azules y cabello completamente blanco, es madre de seis hijos y no pertenece a ninguna asociación humanitaria, pero pertenece a todas al mismo tiempo. Toda su vida colaboró con organizaciones solidarias, desde los Boy Scouts, con los que trabajó durante veintidós años, hasta asociaciones de alfabetización de adultos, organizaciones ecologistas, etc. Sin necesidad de dar la vuelta al mundo, ni estudiar teología durante años, había llegado a la conclusión de que la clave de la felicidad es hacer el bien, donde sea, cuando sea, a quien sea, sin dejar escapar ni una oportunidad de sentirse útil, de construir. Morgy ama la vida con pasión. Por eso ha consagrado la suya al servicio de las ajenas. Morgy también es una terrestre extra. Cuando el menor de sus hijos cumplió los dieciocho años, en 1986, decidió dar un giro a su vida e implicarse todavía más en el trabajo social, lo único que la hace sentirse viva. Así que dejó su casa, sus amigos y su cómoda vida de pequeñoburguesa yanki para marcharse al último rincón de la República Dominicana, con un ambicioso proyecto de forestación bajo el brazo. 

Morgy Skeiner sabe mejor que nadie el problema que supone la falta de bosques y plantaciones que sufre esa región dominicana, y mucho más aún el vecino Haití. Ella vive a pocos kilómetros de la frontera, y dos veces por semana se desplaza al otro lado, donde dirige un proyecto de educación infantil con doscientos niños a su cargo y varios invernaderos. Morgy consigue las matas y las semillas de árboles florales en Dominicana y las plantas en Haití, en un intento tan ingenuo como admirable de luchar contra la brutal deforestación que sufre el país del vudú. Vive sola en la pequeña casita de madera donde la encontramos, y no le tiene miedo ni a los zombis, ni a los terratenientes, ni al fracaso. Sin duda es un ser humano excepcional. Y los surcos que rodean sus ojos, y sus mejillas, denotan que la sonrisa es el estado habitual de su rostro. Quizá porque, pese a la austeridad económica que soporta, Morgy se siente feliz, y se sabe querida por todos los beneficiarios, tanto dominicanos como haitianos, de su labor social. Nadie mejor para empezar a ponernos en antecedentes de lo que nos esperaba al otro lado de la frontera. 

Dejamos Santiago de la Cruz impresionados por el testimonio humano de la americana, y llegamos por fin a la Internacional. Y ahí empezaron los problemas. Porque la Internacional no es una autopista de cuatro carriles como podría sugerir su pomposo nombre, sino una ruta, no me atrevo ni a llamarla carretera, que discurre a través de la frontera natural entre Haití y Dominicana. Justo en ese momento, pensé en la madre del negro que nos alquiló el coche. Una mujer honrada y virtuosa, sin duda, pero con un hijo que merece otros calificativos menos elegantes. La Internacional se convirtió en un auténtico suplicio. Breves fragmentos de carretera asfaltada, que de pronto se convertían en una pista de tierra batida, que de repente desaparecía dejándonos desorientados. Y lo que es peor, sin tracción 4x4 en la furgoneta. 

Durante interminables kilómetros, en que no podíamos rebasar los quince kilómetros por hora so riesgo de reventar los bajos del coche, circulamos por paisajes insólitos, que nos permitieron admirar las cicatrices medioambientales de la cruda historia haitiana. Si en ese momento nos apeásemos del coche por la puerta derecha, lo haríamos en suelo haitiano, arrasado, deforestado, triste, como su pasado. Si lo hiciésemos por la izquierda, nos encontraríamos con el fértil suelo dominicano, su selva tropical y sus ricas plantaciones. Quizá es un poco exagerado, pero servirá para ilustrar la gran diferencia que existe entre los dos países, aun encontrándose en la misma isla. 

Dejamos atrás Loma de Cabrera y recogimos a un autoestopista, Fabio. que nos desanima de buscar una ruta mejor. Ya es demasiado tarde para regresar a Puerto Plata, la noche se nos va a echar encima y corremos el riesgo de que se cierren los controles militares de cada uno de los pueblos que tenemos que atravesar. Ese sistema para controlar las desapariciones, robos, secuestros o asesinatos de turistas consiste en recoger un pase, por ejemplo en La Fortaleza, donde dejamos a Fabio, y entregarlo en Pedro Santana. Coger otro en Santo Pacheco y entregarlo en Malayana, etc. En varios de aquellos controles nos costó convencer a los militares para que nos permitiesen continuar el viaje. Sabían lo que nos íbamos a encontrar mejor que nosotros y nos lo advirtieron una y otra vez. Pero Miguel es casi tan tozudo como yo, y no estábamos dispuestos a perder ni un día de viaje pernoctando a medio camino. Nos habíamos propuesto llegar al hounfor de un sacerdote vudú esa noche, en Elías Piña, al precio que fuese necesario. Fracasamos, claro. 

Afortunadamente los militares siempre terminaban por concedernos el siguiente pase, eso sí, tras pagar el «impuesto» de peaje: un soborno con forma de botella de ron, revistas pornográficas, un cartón de tabaco o, directamente, un puñado de euros. Eso sí, advirtiéndonos de las bandas de ladrones que patrullaban aquellos valles y montañas. Si asumíamos el riesgo, allá nosotros. Y nosotros allá nos fuimos. Fue una noche larga. 

Después de ponerse el sol es cuando empezamos a pasarlo mal. Para orientarnos seguíamos el curso del río Artibonito, siempre hacia el sur. Dejando a nuestro paso Trinitaria, La Miel o Banica, a un lado y otro de la frontera. El problema llegaba cuando el cauce de alguno de los pequeños afluentes del río pasaba de Haití a Dominicana y no había más remedio que cruzarlo. Las peripecias que viví con los 4x4 en las dunas del Sáhara o del Gobi, o en los oasis egipcios, o en las selvas de Malawi, o en la estepa mongola, palidecen al lado de lo que supone cruzar el río, los barrizales y las montañas con una furgoneta Vanette. Todavía me maravillo de la pericia de Miguel Blanco al sortear aquellas dificultades. Está claro que en asunto de aventuras la experiencia es un grado. Incluso así, en varias ocasiones las ruedas se quedaban trabadas en el barro, o en el río, y a mí me tocaba remangarme los pantalones para colocar troncos o piedras bajo las ruedas para empujar, o simplemente para caminar, linterna en mano, por delante del vehículo, buscando las zonas más firmes para las ruedas. 

Casi a las dos de la madrugada, agotados, furiosos y hambrientos, con la furgoneta atrapada por enésima vez en el barro, nos vimos sorprendidos de pronto por docenas de pares de ojos que nos miraban desde las sombras. En lo primero que pensamos fue en las bandas de bandidos sobre las que nos habían advertido los militares, y Miguel y yo, al unísono, echamos mano de los machetes que habíamos metido en el equipaje antes de dejar Puerto Plata. Sólo en esa ocasión no fue necesario utilizarlos. No se trataba de bandidos, sino de un grupo de hambrientos inmigrantes haitanos que cruzaban la frontera con la esperanza de encontrar un futuro mejor en Dominicana. Me recordaron las caravanas de africanos que me encontré en el desierto de Mauritania, camino de las fronteras españolas. Tanto unos como otros creen que en el vecino país encontrarán el ansiado paraíso, pero no saben que el futuro que les aguarda a la mayoría es mucho más triste y cruel que el presente que viven ahora. 

Por fin, tras mil peripecias, llegamos a Elías Piña bien entrada la madrugada, rotos por el esfuerzo. Y allí nos alojamos en el hotel más infecto, miserable y desastroso donde jamás se ha alojado un viajero. La habitación, sin agua, luz ni cuarto de baño, costaba dos euros y medio. Un agujero en el suelo hacía las veces de WC, y una lata de pintura vieja, llena de agua, se suponía el lavabo donde habrías de cepillarte los dientes y asearte. Pero en la mía había una rana, así que opté por irme a dormir en un colchón mugriento y pestilente, que en ese momento me pareció una sucursal del cielo. Es curioso cómo varía nuestra forma de valorar las comodidades dependiendo de nuestra necesidad. 

Por la mañana las cosas se ven mejor; es decir, con más claridad. Así que en cuanto amaneció y vimos con más lucidez el antro donde nos habíamos metido, salimos corriendo de aquel lugar infame para cruzar la frontera hacia Haití y seguir viaje hasta Belladere. Allí debíamos reunirnos con quien sería nuestro anfitrión durante los próximos días: el houngan Manuel Sánchez Elié. En la religión vudú se denomina houngan a los sacerdotes, mambo en caso de que sean mujeres, y bokor a los brujos, pero lo cierto es que la mayoría de los houngans también son bokors, y la mayoría de los bokors también son houngan. Como nos explicaban allí, «es mejor servir a Dios con la mano derecha y al diablo con la mano izquierda, así los dos están de tu lado».


jueves, 19 de marzo de 2020

BUSCANDO A DIOSES Y DEMONIOS EN HAITÍ


Con frecuencia, escoger destino para un viaje es tan difícil como escoger una casa nueva, cambiar de coche o decidir qué corbata combina mejor con tu camisa favorita para esa impórtante entrevista de trabajo que puede condicionar tu futuro. 

Yo escogí Haití. Haití es un lugar único en el mundo. No se parece a nada. Ni al África que originó su cultura, ni a la América que la acoge. Ni siquiera se parece a la República Dominicana, el otro país con el que comparte la isla caribeña de La Española, el primer asentamiento español fundado por Cristóbal Colón en su errado viaje hacia las Indias.

He leído mil veces, en una descripción tan poética como incierta, que Haití es como un pedazo de África en medio del Caribe. Pero no es así. Al menos no el África que yo vi. Haití es mucho más duro, cruel, pobre y fascinante que ninguna región africana que yo conozca.

En Haití la analfabetización, las sequías, las hambrunas, la pobreza y la enfermedad no son un fenómeno excepcional que demande un apoyo puntual y urgente de las organizaciones humanitarias. Son la norma de vida. Como lo es la maravillosa y colorista pintura naif, o sus excepcionales percusionistas, o sus desgarradores literatos o, por encima de todo, rodeando toda expresión cultural, social y espiritual, sus sacerdotes vudús. Tiempo tendré de argumentar por qué, pero no comparto la opinión de otros viajeros, aventureros, exploradores o estudiosos de las religiones de que el vudú haitiano es una transpolación cultural de los cultos animistas y la brujería originaria de Nigeria, Benin y otros países africanos. Opino que, aunque ése es su innegable origen histórico, el sincretismo que se vivió en el Caribe terminó por conferir al vudú haitiano unos rasgos de identidad, una liturgia, unos dogmas y un cuerpo teológico y fenomenológico propios. Únicos. Por eso, a partir de ahora, cuando me refiera al vudú, me referiré exclusivamente a la religión afroamericana que sólo se encuentra en ese pequeño, desangelado y peligroso país del Caribe. En mi humilde opinión no existe otro vudú más que éste. Las religiones animistas africanas son eso, religiones animistas, pero el vudú es algo más complejo, híbrido y bastardo que todo eso.

Cuando mi avión hacía la maniobra de aproximación rumbo al aero-puerto internacional de Puerto Plata pude contemplar una perfecta vista aérea de La Española. No hace falta ser geógrafo para diferenciar perfectamente los dos tercios verdes, tropicales, de nutrida vegetación, que pertenecen a la República Dominicana, y el tercio restante árido, deforestado, marrón, que es Haití. Dicen que la cara es el espejo del alma. Pues creo que la estampa aérea de Haití refleja mucho de su espíritu.

Dos mil años antes que Colón, oleadas de indios taínos, provenientes de las cuencas del Orinoco y la actual Venezuela, arribaron a Haití y a las islas que rodean La Española: Cuba al oeste, Jamaica al suroeste y Puerto Rico y las Antillas al este. Llegaron utilizando unas enormes canoas, de hasta veinticinco metros de eslora, que podían transportar hasta cincuenta pasajeros. Huían de otras tribus hostiles del continente, y en las islas volcánicas del Caribe establecieron una nueva civilización pacífica.

Vivían en una sociedad comunitaria estructurada en torno a extensas familias agrupadas en asentamientos de unas mil personas, normalmente cerca de los ríos o el mar. No eran salvajes, ni primitivos. Un estudio filológico de la lengua taína nos permite conocer algo más de su pensamiento. Por ejemplo, la voz taína para decir pulgar significaba literalmente «padre de los dedos»; esposa, «mi corazón»; terremoto, «la olla está hirviendo»; pulso, «alma de la mano»; yerno, «el que me da nietos»; y, por supuesto, el término arco iris se traducía en taíno diciendo «el penacho de Dios». Lógico, ¿verdad?

Tenían además un elaborado sistema de creencias presidido por una «santa trinidad» compuesta de una figura masculina asociada a los volcanes y la tapioca; una figura femenina relacionada con la fertilidad, la luna y el mar; y una deidad canina cuya función era cuidar a los recién fallecidos. Una especie de Anubis taíno. Además, rendían culto a las fuerzas de la naturaleza y a los espíritus de los antepasados. Como en África, como en Asia. Tales divinidades eran simbolizadas por zemis, una especie de fetiches hechos con restos de los difuntos, entre otros elementos, que yo creo haber identificado como la influencia primigenia de uno de los elementos del moderno polvo zombi...

Colón había partido del puerto de Palos el 14 de agosto de 1492, y tras una escala en las islas Canarias se adentró en el mar desconocido en busca de una ruta hacia las Indias. Tras una angustiosa travesía, llena de incertidumbres, Colón llegó a las islas del Caribe en octubre de 1492, y allí se encontró con los indios taínos, que llamamos «indios» porque Colón creía haber llegado a las Indias. El célebre navegante escribió de ellos «no hay en el mundo gente mejor», ya que los taínos recibieron a los españoles con los brazos abiertos. Y cuando ayudaban a los marinos, agotados por la travesía, a establecer un campamento, Colón se asombró de la honestidad de los indios «que no robaron ni un punto de encaje». Sin embargo, Colón no era un evangelizador, ni un solidario cooperante, sino un conquistador motivado por la ambición, y en su diario también escribió: «Todos los habitantes podrían ser llevados a Castilla, o hechos esclavos en la isla... Con cincuenta hombres podemos subyugarles y hacer de ellos lo que queramos». Ya lo dijo Abraham Lincoln: «Todos los hombres nacen iguales, pero es la última vez que lo son».

Aquellos «dioses» blancos llegados de más allá del mar no se diferenciaban tanto de otros «dioses» descritos en otras tradiciones: crueles, egoístas y muy humanos. Y yo pienso que no debemos perder la perspectiva de la historia. A mí no me importa que se trate de un «navegante de la mar océana», de un faraón constructor de pirámides, o de unos poderosos pilotos de vimanas... Cualquier ser divinizado que fomenta o consiente la esclavitud es vergonzosamente humano. Ningún dios que yo imagine puede aceptar que un hombre, o una mujer, esté por encima de otro, por muchas pirámides, catedrales o templos imposibles que pueda construir. Esos «dioses» no tienen sitio en mi religión.

Tres objetivos encabezaban mi lista de misterios pendientes al aterrizar en el aeropuerto internacional de Puerto Plata, en la República Dominicana: vudú, zombis y «diableros». Y si volaba a Dominicana es porque apenas existen conexiones internacionales que lleguen directamente a Puerto Príncipe, ya que Haití tiene muy poca actividad económica internacional, y menos aún turística, en comparación con el otro país con el que comparte la isla. Así que, en lugar de gastarme un dineral en combinaciones de vuelos por medio mundo (mis ahorros empezaban a escasear), tiré de la tarjeta de crédito para abonar el billete hasta Dominicana y a partir de allí seguiría por carretera hasta el país del vudú. Resulta mucho más económico.

Tomé tierra en Dominicana exactamente a las 21.45 Y al entrar en la terminal para recoger mi equipaje, observé un detalle curioso: dos «nativos» se hacían fotos con todos los extranjeros que entrábamos en el país, por lo menos en aquel vuelo. Supuse que, a la salida del aeropuerto, alguien nos ofrecería el primer souvenir de la isla. Pero no fue así. Así que pensé que era una forma barata, cutre pero efectiva, de fichar a todo el que entra en el país. Entre la «ficha», la búsqueda de mi maleta y los trámites de frontera, se me hizo casi medianoche. Así que me alojé en el Bayside Hill Hotel de Puerto Plata para pasar la noche y poner en orden mis ideas. Cuanto más lo pensaba, más absurda parecía mi elección de Haití como próximo destino. Es cierto que el vudú, como cualquier otra forma de sincretismo religioso, ofrece unas perspectivas interesantísimas para un estudioso de las creencias. Pero parecía mucho menos peligroso centrarse en el estudio de otras formas de sincretismo afroamericano, como la santería cubana o el candomblé brasileño. No obstante, el vudú haitiano ofrecía elementos que no se dan en ninguna otra forma de sincretismo caribeño. Y además, existe mucha menos bibliografía sobre el vudú haitiano que sobre ningún otro tipo de culto mágico en el Caribe, al menos trabajos de campo y no absurdas especulaciones esotéricas. Pero las crónicas de viajeros y aventureros españoles que se habían aventurado en Haití me parecían tan seductoras, que llamaron mi atención, pese a que todos alertaban sobre lo peligroso del país. Y la historia ha venido a darles la razón. No olvidemos que el último reportero español asesinado en el mundo murió en Haití: Ricardo Ortega.

Lo que acabó de decidirme para gastarme el dinero en viajar allí en busca del secreto de los dioses fue un testimonio insólito que había escuchado por radio mucho tiempo atrás. Miguel Blanco, un conocido periodista y viajero español, a quien en aquel momento no conocía, realizaba una conexión desde Puerto Príncipe con el programa de radio que dirigía en Madrid. Su crónica del viaje me dejó totalmente fascinado, pegando la oreja al receptor de radio, como si me fuese la vida en ello. Blanco no sólo describía extraordinarios rituales de vudú, no sólo relataba cómo se vivía en aquel remoto país el misterio de los muertos vivientes, sino que (y esto es lo más extraordinario) aseguraba haber visto con sus propios ojos a uno de los «dioses» a los que yo buscaba desesperadamente.

Blanco decía que en Haití, el país con los brujos y hechiceros más poderos y temidos del mundo, era posible asistir a rituales de magia negra, en los que no sólo se podía presenciar un ritual más o menos folclórico, sino que las fuerzas de la naturaleza, que consideramos «mitos», como los ángeles o los demonios, se materializaban de forma concreta, visible y casi palpable. Lo sé. Suena increíble. Yo pensé lo mismo. Pero Miguel Blanco es un tipo que inspira confianza. Creo que todos sus oyentes anónimos pensábamos lo mismo. Cuando, por fin, pude conocerlo personalmente y pedirle que me repitiese la historia mirándome a los ojos, concluí que no me estaba mintiendo. Había algo en su mirada que me inspiraba credibilidad. El había vivido ese excepcional ritual de vudú en el que había presenciado cosas que no podía explicar.

Tomé nota de todos los detalles de su testimonio; la descripción que hacía del lugar donde se efectuó la ceremonia, del bokor (brujo vudú) que la ofició, del proceso de cánticos y letanías que precedieron a la materialización de un mito, etc. Una historia tan fascinante como increíble. Incluso viniendo de un testigo creíble con quien terminaría sellando una amistad blindada. Meses después ocurrió lo imposible: surgió un segundo testimonio. Otro español, esta vez Santiago M., un respetable topógrafo catalán, que se había desplazado hasta Puerto Príncipe desde Barcelona, afirmaba haber presenciado el mismo fenómeno que Miguel Blanco, confirmando hasta el último detalle por inconcebible que fuese. Esto fue lo que acabó de decidirme a incluir los «diableros» haitianos en mi lista de misterios pendientes. Y había llegado el momento de dirigirme a ese amargo país en busca de sus dioses... y sus demonios.



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