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jueves, 14 de mayo de 2020

MANUEL CARBALLAL: VIAJE PERSONAL AL CANDOMBLÉ


No era la primera vez, ni la última, que visitaba un terreiro. Pero en esta ocasión las gestiones para acceder al lugar de culto habían sido lentas y complejas. Para los seguidores del candomblé, en este caso mayormente emigrantes brasileños, se trata de una auténtica religión. Una religión profesada con absoluta entrega y devoción que, como toda forma de religión, merece nuestro más absoluto respeto.


Un amigo de un amigo del esposo de la "Mae de_Santo" había intercedido para que pudiésemos asistir aquella noche a la celebración. No nos dieron dirección ni seña alguna para localizar el terreiro, sino que nos citaron por la tarde en el centro de Lisboa con un personaje de aspecto desaliñado y poco tranquilizador. Él habría de conducirnos al terreiro donde se invocaría a los loas del candomblé.

Esta aureola de misterio es comprensible teniendo en cuenta que, si ya en Cuba o Brasil estas religiones han sido despectivamente criticadas por los intelectuales, en Europa tales prácticas son consideradas absurdas supersticiones de ignorantes por parte de la Iglesia y los racionalistas componentes de nuestra "élite cultural". 

Entendería más aún esta prudente discreción de no permitirnos conocer la ubicación del terreiro, al encontrarme en el mismo importantes personajes de la cultura y la economía portuguesa. Personajes que públicamente podrían mostrarse indiferentes con estas "supersticiones africanas" pero que en realidad profesaban tiernamente la fe del candomblé.

Salimos de Lisboa en dirección al norte, y al cabo de una media hora dejamos la autopista y comenzamos a circular por carreteras secundarias. Estoy seguro de que aquel rodeo por caminos vecinales tenía como objeto desorientarnos. En lo que a mí respecta, lo consiguió. Cuando por fin llegamos a nuestro destino ya había comenzado a oscurecer. Sinceramente, yo no tenía ni la más remota idea de dónde me encontraba.

El terreiro estaba en lo alto de un monte cercano a la costa pero ignoro que monte y en que parte de la misma.

La finca era bastante grande y estaba totalmente cercada. En su centro se encontraba una gran casa de aspecto colonial. A lo largo de varias docenas de metros, en la parte frontal de la finca, se amontoban numerosos coches. La mayoría, vehículos lujosos con matrícula de Lisboa. Poco después me sorprendería al descubrir que muchos de los devotos asistentes al candomblé pertenecían a las clases sociales más acomodadas. Incluso reconocía a los propietarios de un importante semanario de la capital.

El recelo inicial y las miradas de desconfianza se tornaron en minutos en una acogedora hospitalidad. Lejos de ser esa celebración oscura y satánica que muchos imaginan, el ritual de brujería afro-brasileña es, por el contrario, colorista, luminoso y abierto.


Desde el instante en que franqueamos la puerta principal pudimos contemplar en habitaciones, salas o al aire libre, infinidad de pequeños altares donde se encontraban todos y cada uno de los loas del candomblé. Así, Oxan, orixá de los rayos, Yarsán, orixá del viento, Yemanyá, orixá del mar, o u Oxissí, orixá de la caza, entre otros, disfrutaban de un pequeño rincón particular en el terreiro donde los devotos del ritual podían rendirles culto o pedirles sus favores.

Minutos antes de las 17.00 h comenzaron a hacer su aparición los "Fillos de Santo" —especie de médiums que ayudarán al "Pai o Mai de Santo", sacerdote, en el transcurso del candomblé— y los fieles y creyentes que acudían a la ceremonia cual católicos que asisten al rosario.

Entre sonrisas cordiales y alguna que otra inquisitiva mirada de desconfianza hacia los intrusos que éramos nosotros, los "Fillos de Santo" se cambiaron, sustituyendo sus trajes o vestidos de calle por resplandecientes ropas blancas con las que se efectúa el ritual. Por fin, a las cinco de la tarde hizo su aparición la suma sacerdotisa de la celebración, la "Mai de Santo". Una robusta mujer de ojos limpios y sonrisa sincera que nos invitó a acompañarla a la amplia sala donde tendría lugar el ritual, situándonos a la derecha de su "trono". A su izquierda se encontraban los tres tambores assotor. Por fin, a un gesto suyo, comenzó el candomblé.

Los inciensos fueron encendidos, los tambores empezaron a bramar y, uno a uno, los "Fillos de Santo" comenzaron a entrar en la sala, moviéndose al ritmo de la música y postrándose ante el trono de la "Mai", saludándola y arrodillándose en señal de adoración a los loas. El espectáculo era impresionante. Más de una veintena de hombres y mujeres de todas las edades y estatus sociales, danzando al ritmo de los tambores y esperando la llegada de los loas que habrían de "cabalgarlos" —poseerlos—. Por fin, la "Mai", levantándose de su trono, va tocando la frente de sus "hijos" con su diestra. Cada discípulo tocado comienza a danzar aún más frenéticamente, saltando, arrojándose al suelo, convulsionándose. Hasta tal punto que tres o cuatro hombres, también vestidos de blanco, que permanecían al margen de la celebración como vigilantes, han de intervenir para impedir que los danzantes, ahora ya "cabalgados por los loas" se dañen a sí mismos.

Finalmente, al cabo de un buen rato, poco a poco y uno por uno, los "Fillos" son abandonados por los espíritus y se arrodillan en círculo alrededor de la "Mai". Todos alzan la diestra hacia la sacerdotisa. Después me explicaría uno de ellos que era para cederle parte de su energía personal, a fin de que pudiese soportar la incorporación en su cuerpo de un espíritu tan poderoso, y cierran los ojos concentrándose.

De repente, la voluminosa mujer sufre unas bruscas convulsiones, grita, y su voz y su rostro parecen cambiar. Intuimos que algo extraño está ocurriendo. Efectivamente. Enseguida comienza a hablar. Mi portugués no es lo suficientemente bueno como para entender lo que dice más que a frases sueltas. Pregunto a alguien y me responde que ha entrado en el cuerpo de la "Mai" Pombayira, la mujer de los siete maridos.

Es fascinante observar cómo la "Mai" cambia su conducta en función de los rasgos que caracterizan al supuesto espíritu que la posee. Así, cuando penetra en ella Pombayira, comienza a fumar un cigarrillo a través de una larga boquilla de nácar, mientras se pasea la sala mirando coquetamente a todos los hombres presentes, especialmente a nosotros. Cuando, apenas una hora después, es Ogún Guerrero quien entra en el cuerpo de la mujer, ésta adquiere sus atributos; toma un gran cigarro y blande un machete con asombroso dominio, como si verdaderamente estuviésemos ante un experimentado guerrero africano.

Así van transcurriendo las horas, y dos o tres loas más "cabalgan" o "Mai". En un momento determinado, es Boyadero, espíritu de un gaucho argentino, quien entra en escena. Toma sus atributos; el lazo, el sombrero, el puro... Entonces podemos presenciar un fenómeno fascinante.

Una de las características del candomblé —y de otras religiones afroamericanas— es que el creyente no necesita intermediarios para comunicarse con la divinidad. El devoto puede enfrentarse cara a cara un sus dioses —que en realidad no vienen a ser más que representaciones de los diferentes atributos de un Dios único— y plantearle sus ruegos y súplicas directamente. Y eso fue lo que ocurrió.

Una mujer de unos 35 años, al parecer especialmente devota de este loa gaucho, solicitó sus favores. Por lo que pude averiguar después, esta mujer había sufrido un grave accidente que le había dañado seriamente la pierna derecha, hasta el punto de que se le hacía muy difícil caminar por sí sola.

Ayudada por dos "Fillos de Santo", fue conducida al centro del terreiro, donde la esperaba la "Mai" cabalgada por el loa. A pesar de que intenté agudizar el oído, no pude escuchar lo que la creyente explicaba a la médium, mientras la "Mai" la abrazaba acogedoramente. En todo momento, el supuesto espíritu, a través de la médium que han cabalgado, se mostraba amoroso con la mujer. Fruncía el entrecejo mientras escuchaba su problema, como si verdaderamente lamentase el dolor que sufría su devoto.

Entonces, comenzó a imponer las manos, y después a frotar enérgicamente la pierna herida. De vez en cuando se levantaba y propinaba fuertes abrazos a la mujer, que se dejaba hacer sin oponer resistencia. Más tarde me explicarían que de esa manera el loa estaba transmitiendo energía al miembro enfermo.

Después de unos minutos, la mujer empezó a doblar un poco la rodilla y volvió por sí misma a su asiento. Cuando, horas después, concluyó la sesión, yo mismo vi a esa mujer abandonar el terreiro por sus propios pies. Una visible cojera y las muletas que llevaba en la mano eran lo único que quedaba de su aparente discapacidad. Ignoro si aquella curación fue un fraude elaborado para intentar engañarnos, aunque no se me ocurre un móvil para tal engaño. Pero de no ser así, habíamos presenciado una curación instantánea absolutamente desconcertante.

Para los creyentes, aquella sanación no tenía importancia. Estaban acostumbrados a ver curaciones similares. Era la energía del loa la que la había recuperado de su mal, y no había más que hablar del tema. Y lo cierto es que, justo después de que Boyadero desmontase a la "Mai", pude contemplar algo interesante.

Cada vez que un loa desmontaba a ésta para dejar paso a otro espíritu, ella daba una vuelta al salón bailando al ritmo de los tambores y entraba durante unos instantes en una sala adjunta escondiénse de nuestra vista tras un cortinón. Esta vez no resistí la curiosidad y con todo disimulo, la seguí hasta la cortina que ocultaba la habitación vecina. Llegué en el instante en el que la obesa mujer caía por tierra mientras los "fillos" intentaban sostenerla. Según me explicarían después, en el momento que el loa deja el cuerpo, la sacerdotisa carece de energía suficiente por sí misma para soportar la brutal prueba física que supone una sesión. Y realmente yo no podía entender cómo mujer de más de 100 kg era capaz de resistir tantas horas saltando y bailando frenéticamente sin derramar una sola gota de sudor.

Pude tomar solo una fotografía de la "Mai" desplomada, porque su recuperación fue casi inmediata. Y un minuto después salía del cuartito sonriente y pletórica de energía, danzando al ritmo de los tambores. Un nuevo loa llegaba a la reunión.

Cuando llevábamos ya cinco horas de celebración entró, por lo que vi, el mis esperado de los loas en su cuerpo: Ibejí, orixá de los niños. La voz de la sacerdotisa se torna infantil y su mirada se hace traviesa e inquieta. Alguien le alcanza una pequeña guitarra de juguete e ibejí canta y baila hasta que dos de las cuerdas del instrumento se rompen. Ciertamente resulta fascinante contemplar aquellos 100 kg de mujer saltando y cantando como si de una auténtica niña se tratase después de seis horas de frenética actividad.

Acto seguido, Ibejí se sentó y  comenzó a hablar a sus devotos de lo humano y lo divino. Por lo que pude entender, recriminaba a algunos por su comportamiento, y prometía un más allá dichoso para todos, amparándose en el amor.

L0 que aún era más impresionante, más aún que la sanación, más que la inexplicable resistencia física de la mujer, que ni tan siquiera había sudado un poco tras las seis horas de ritmo diabólico al son de los siempre presentes tambores, era la ternura y sincera devoción con que los presentes escuchaban absortos las palabras de Ibejí que, según su fe, había venido del otro mundo, a través de "Mai", para traerles su mensaje de amor y esperanza.

Cuando por fin, al filo de las once de la noche, los tambores dejaron de sonar, salí de la sala y respiré hondo. Yo mismo había comenzado a sentir cómo el ritmo frenético e incontrolado empezaba a dominarme. Un rato más y quizás, sólo quizás, yo mismo habría sido también cabalgado por el anárquico espíritu del candomblé.

Estoy absolutamente convencido de que tras esos ritmos frenéticos, las flores, las danzas y los cánticos candomblés, se ocultan fenómenos auténticos que merecen una atención inmediata de los investigadores. La sola posibilidad de que tras esos ritos más o menos pintorescos se oculten nuevas técnicas de curación de enfermedades justifica una investigación científica.

Y es que, al margen de toda polémica, algunos curanderos y sanadores de casi todas las culturas han demostrado que —no sólo en trastornos de origen psicosomático— pueden llegar a curar con sus ritos, pócimas, masajes o remedios naturales, dolencias ante las cuales la medicina convencional habría fracasado. Y no es necesario acudir a exóticos países del otro lado del océano o a las ignotas selvas africanas para encontrarlos. En occidente también existen brujos, curanderos y sanadores que merecen nuestro interés. 




sábado, 25 de abril de 2020

LOS SEÑORES DEL CEMENTERIO DE HAITÍ


Después de varias jornadas de convivencia, por fin nos ganamos la confianza del houngan para que nos permitiese grabar sus cuartos de los secretos. Se trataba de una especie de barracón, erigido en la parte más retirada de la finca, y de una especie de sala anexa a uno de los bloques de la casa principal, donde el houngan consulta a sus pacientes. No cabe duda de que toda la decoración está pensada para impactar con gran efecto sobre el consultante.

Ambas permanecían cerradas con una llave que únicamente poseía el houngan. Entrar en aquellos cuartos fue como atravesar el espejo mágico de Alicia hacia un mundo siniestro y terrorífico. Yo había hecho mis deberes y, como hago siempre antes de iniciar un viaje, había estudiado a fondo los fundamentos teológicos del vudú, las correspondencias de sus loas (dioses) con los orishas cubanos o los santos brasileños; estaba familiarizado con Dambala, el dios serpiente, o con Erzuli, la diosa de la belleza, y también con Mawu, Legba o las Marasas. Y el houngan se admiró de mi interés al reconocer algunos de los veves o dibujos que simbolizan a cada dios en las paredes o el suelo de su cuarto de los secretos. Eso siempre es bueno, porque demuestra que realmente sientes interés por conocer la religión de tu interlocutor. 


Y gracias a ello Elié nos mostró otras cosas increíbles como numerosos cráneos humanos que utilizaba para los rituales, y que habían sido recogidos personalmente por él escarbando en las tumbas más recientes del cementerio cercano; las libretas de encantamientos, llenas de embrujos y sortilegios realizados con fórmulas secretas; y hasta las terroríficas botellas (tenía docenas) donde el houngan deposita el espíritu de las personas que ha convertido en zombis. Porque, más allá de tópico cinematográfico, la creencia en los muertos vivientes es una de las realidades sociales más arraigadas de Haití. Y el houngan de Belladere no sólo me aseguraba que él había «fabricado» numerosos zombis, sino que afirmaba poseer en ese momento tres... 

Estábamos en la víspera de Todos los Santos, una de las fechas más importantes en el mundo vudú. El Día de Difuntos se suelen realizar algunas de las ceremonias más importantes, y tanto el houngan como sus colaboradores llevaban ya varios días preparando la ceremonia del día siguiente. Esa noche, durante la cena, Elié dejó caer que, de madrugada, debía ausentarse con varios de sus hombres de su villa-fortaleza para realizar un trabajo en el cementerio. Dejándome llevar por el entusiasmo, y haciendo gala de la estupidez que me caracteriza, le expresé mi deseo al houngan de acompañarle esa noche al cementerio. Miguel me dio una patada por debajo de la mesa, pero yo, que soy especialmente torpe, no capté la indirecta e insistí. Elié también insistió en su negativa. Aseguraba que el ritual era secreto y peligroso. Y que un blanco no podía asistir. 

Tras la cena a los blancos nos invitaron cordial pero enérgicamente a que nos retirásemos a nuestros aposentos, mientras que un grupo de haitianos, encabezados por el houngan, se preparaban para salir. No podría jurarlo, pero a mí me dio la impresión de que varios de ellos portaban palas y linternas. O eso me pareció ver desde la ventana de nuestro cuarto. Cuando hice el amago de salir del dormitorio para seguirlos, Miguel, que tiene mucha más experiencia como viajero que yo, me hizo desestimar la idea. En buena hora no se me permitió acompañarlos. Porque algo grave ocurrió esa noche en el cementerio de Belladere. 

De pronto, muy entrada la madrugada, y aunque muy lejanos, empezamos a escuchar disparos. Hasta ocho pude contar yo. Evidentemente fue difícil volver a conciliar el sueño. Por la mañana, temprano, salimos de la casa del houngan en dirección al cementerio. Si esa noche se había desarrollado un ritual secreto de vudú, tal vez encontrásemos alguna evidencia. Y vaya si la encontramos. El cementerio de Belladere es un lugar siniestro, sin duda poseído por los loas Baron Samedi, Baron La Croix, Bravo y otros dioses de la muerte y del cementerio del panteón vudú. 

Todavía encontramos velas encendidas que no habían terminado de consumirse. Si la comitiva presidida por el houngan salió de su villa poco después de medianoche y todavía había velas encendidas, supuse que lo que estuviesen haciendo se habría prolongado durante varias horas en el cementerio, ya que si hubiesen encendido esas velas ocho o nueve horas antes, ya se habrían consumido hacía rato. Así que deduje que habrían encendido más velas mientras durase su labor en el camposanto, que sin duda requirió mucho tiempo. Pero lo verdaderamente inquietante es que varias de las tumbas aparecían profanadas, los nichos vacíos y las criptas forzadas. Y lo realmente siniestro, y digno de una película de serie B, es que en medio del camposanto nos encontramos con un ataúd abandonado con visibles muestras de polvo y tierra que sugerían que había sido desenterrado recientemente. Era de color gris metalizado, y de dos puertas, lo que permitía ver la cara del muerto durante el velatorio, abriendo sólo la parte superior del féretro, mientras la mitad inferior permanecía cerrada. 

Me acerqué a él con cierto resquemor, lo reconozco. Agarré la tapa inferior con la mano derecha. No me apetecía encontrarme con la cara del cadáver. La abrí lentamente. El ataúd estaba vacío. Alguien se había llevado el cuerpo. ¿O habría salido el cadáver del féretro por sus propios pies? Es difícil no tener estos pensamientos absurdos en un país como Haití, donde la sugestión es una forma de vida. Pero, bromas aparte, en ese momento y en ese cementerio, tuvimos la seguridad absoluta de que nos encontrábamos ante el rastro de un zombi. Y así era, aunque todavía tardaría semanas en entender que los zombis no son exactamente muertos vivientes, sino otra cosa todavía más fascinante.



viernes, 10 de abril de 2020

INMIGRACIÓN, MAGIA Y RITUALES



A pesar de sus intentos por distanciarse de cultos satánicos y sectas homicidas, las brujas como Gaia Soler reconocen la existencia de ritos de sangre, sin embargo, para mi sorpresa, mi concepción de dichos sacrificios es muy diferente a lo que podría imaginar…


-La sangre porta nuestra vida –me responde Gaia Soler-, pero para que un sacrificio sea eficiente tiene que ser voluntario. Pero no solo eso, tiene que ser alguien a quien los dioses reconozcan, no vale cualquiera. Pero si tú quieres hacer un sacrificio muy, muy importante y quieres hacer un sacrificio de sangre, la sangre que utilizarás ha de ser la tuya. Nosotras lo tenemos muy fácil porque las mujeres tenemos la única ofrenda de sangre no cruenta de la naturaleza: nuestra menstruación.

-¿Y las plantas que utilizáis en los rituales?

-Las plantas son muy generosas. Ellas están aquí para cumplir un servicio como estamos todos y son muy generosas al ofrecer una parte de si mismas. Cuando vas a hacer un ritual tú les pides permiso y pocas veces me he encontrado yo con un no tajante… Me hacen gracia los vegetarianos que dicen no comer vida. Para nosotros todo tiene vida, hasta los minerales. Especialmente los cristales, que son unos grandes maestros, por su antigüedad… 

Desafortunadamente no todas las formas de entender la brujería resultan tan ecológicas y comprensibles como la wicca europea. 

- Todos los rituales son un proceso simbólico que lleva a modificar el yo de la persona que lo realiza. Los sacrificios son parte de ti mismo que ofreces en el ritual para cambiar tu propio yo, si ofreces algo por la fuerza, externo a ti, lo que mostraras es una falta de comprensión de este proceso -puntualiza Manuel Berrocal

Uno de los elementos más influyente en todas las formas de brujería es la conexión con la tierra. Pero las corrientes migratorias del siglo XX y XXI hicieron que, por necesidad, personas que habían nacido y crecido en una contexto cultural y espiritual africano, asiático o australiano, terminen empujados hasta una capital europea o norteamericana. Y esto ha implicado que algunos ritos atroces y ancestrales, limitados durante años a las junglas asiáticas o a las selvas africanas, hayan comenzado a ser detectados por los departamentos de policía de países como Alemania, Francia, Inglaterra, EEUU… o España al perder su verdadera simbología y adaptarse a un mundo de terror y de poder como el occidental. 


El caso cero se produjo en Londres en 2001. El cuerpo desmembrado de un niño de 5 o 7 años de edad fue descubierto en el río Támesis. Le habían amputado la cabeza, los testículos y las extremidades. Tras una brillante investigación forense Scotland Yard consiguió reconstruir los últimos días de vida del pequeño Adam (así se le bautizó). Según las conclusiones de la autopsia Adam había llegado a Europa no más de tres días antes de fallecer, durante el transcurso de un supuesto ritual mágico. 

El 29 de julio de 2003, 200 policías londinenses, encabezados por el inspector O'Reilly, participaron en una espectacular redada. Al alba, y echando las puertas abajo, los agentes detuvieron a 21 sospechosos, 10 hombres y 11 mujeres, en 9 pisos de la capital británica. La organización desmantelada en Londres estaba relacionada con diferentes tipos de delitos: falsificación de documentos y tarjetas de crédito, estafa y tráfico de seres humanos. En este caso, además de para una explotación laboral y sexual, para ser victimas de sacrificios rituales… Esa fue la triste suerte del pequeño Adam. Aunque lo más terrorífico, es que la investigación sobre el caso Adam desveló que, solo en Inglaterra existían cientos de casos de niños africanos desaparecidos en extrañas circunstancias. Y se supone que un pequeño porcentaje de esas desapariciones, siempre excesivo, están relacionadas con crímenes religiosos. 

Desgraciadamente los sacrificios humanos en el transcurso de rituales mágicos, continúan existiendo en el siglo XXI. 

En 2014 los misioneros salesianos lanzaron al mundo una ambiciosa campaña internacional que bajo el epígrafe “Yo no soy bruja”, intentaba sensibilizar a la opinión pública del drama que estaban viviendo en África miles de niños acusados de practicar la brujería o siendo utilizados, especialmente en al caso de los albinos, en rituales de Muti: sacrificios de un menor en un ritual mágico. 

Esta atroz persecución, que en pleno siglo XXI están viviendo los niños de países como Tanzania, Togo, Sudán, etc, ha influido en la acogida de inmigrantes, especialmente albinos, que solicitan asilo a países como Italia, España o Francia, para escapar de la brujería.

Sin embargo los crímenes más atroces, sangrientos y crueles, que se comenten en el siglo XXI en el contexto de la magia y la brujería no los cometen los brujos… sino quienes dicen combatirlos. 





martes, 7 de abril de 2020

MACHU PICCHU: LOS RITUALES INCAS


Cuzco tiene dos estaciones de ferrocarril: la de Huanchac, al final de la avenida del Sol, donde llegan los trenes de Urcos, Juliaca o Pullo; y la estación de San Pedro, de donde parten los ferrocarriles hacia Machu Picchu. Esta, que está situada junto al mercado central, es la que debemos tomar para llegar a nuestro siguiente destino: Aguas Calientes.


Es la parada obligada para todo viajero que se dirija al Machu Picchu. Además, sus pozos termales son una antigua bendición que merecerían ser divinizados con un ovoo mongol. En ellas es donde la actriz Shirley MacLaine tuvo la experiencia mística que relata en Cita con los dioses y que la convirtió en primera dama del movimiento New Age hace dos décadas, y a Aguas Calientes en centro de peregrinación para esotéricos de todo el mundo. 

Bromas aparte, el pueblo es encantador. Su mercado crece a ambos lados de la vía, hacinando puestecillos de venta de todo tipo de productos para el turista. Cuando llega un tren, los vendedores se retiran a toda velocidad para que el ferrocarril se detenga, y en cuanto el último vagón deja Aguas Calientes, los puestos de venta vuelven a colocarse en los márgenes de la vía. Y así una y otra vez. Es un espectáculo de sorprendente coreografía. 

Machu Picchu es muy grande. Toda una ciudad. Y si deseas disfrutar con detalle el emplazamiento arqueológico más importante de Perú, como era mi caso, necesitarás más de un día para hacerlo. Acampar en la montaña está totalmente prohibido y vigilado, así que el lugar más cercano para encontrar alojamiento es Aguas Calientes. Desde allí parten todos los días los autobuses que suben zigzagueando por la empinada carretera hasta la ciudad perdida de los incas. 

También es posible alquilar otros transportes en el pueblo o incluso subir a pie, siguiendo el famoso «camino inca». Si el programa de viaje te permite elegir, no vayas a Machu Picchu un viernes, sábado o lunes. Son los días de mayor concentración de turistas. El mejor día para la visita es el domingo, cuando los mercados dominicales de Pisac o Chinchero atraen al grueso del turismo. 

Machu Picchu es la ciudad inca más famosa del mundo, y también la menos conocida a la vez. No aparece mencionada en ninguna crónica española de Indias, ni tampoco en ningún documento anterior. En 1911 el aventurero e historiador norteamericano Hiram Bingham la descubrió por casualidad, mientras buscaba la ciudad perdida de Vilcabamba. Algo parecido a lo que le ocurrió a Cristóbal Colón con América.


Si la fortaleza de Sacsayhuamán nos sorprendió con sus colosales murallas, Machu Picchu nos dejaría petrificados, indefensos, en la perplejidad absoluta, sólo comparable al primer encuentro con la Gran Pirámide de Keops. No sólo por su evidente belleza, sino por mil pequeños detalles en los acabados, las técnicas de construcción y los trabajos de piedra. Necesitaría un volumen entero para resumir dichos detalles, así que me limitaré a rogarle al viajero que se tome su tiempo para buscarlos. Para fijarse en la increíble cerradura de piedra, o en las bisagras esculpidas en la misma roca de los enormes bloques de la puerta principal de la ciudad. 

Si en algún lugar del mundo nos podemos sentir asombrados por el trabajo con la piedra es aquí. La plaza central, con su cabeza de cóndor perfectamente pulida en el suelo; la Ventana de la Serpiente; la sagrada intihuatana que «amarra el sol»; o la fascinante y amorfa Roca del Sacrificio, que examiné durante mucho rato porque es todo un reto al sentido común. Yo no sé si la piedra se ablandó en algún lugar o en algún momento de la historia. Pero si se hizo fue ahí. 

Machu Picchu está en peligro. Los científicos alertan desde hace años contra el riesgo de desplome que suponen las visitas masificadas y los autobuses cargados de turistas que suben y bajan por la montaña cada día. Así que es posible que, como ocurrió con la Gran Pirámide, dentro de poco tiempo se restrinjan las visitas. Yo me apresuraría a conocer esta sin par maravilla arqueológica y religiosa. Porque además de haber sido utilizado por diferentes presidentes peruanos, como Fujimori y Toledo, como atrezo propagandístico para dirigirse a los votantes indígenas, en Machu Picchu todavía se celebran rituales incas. 

La imagen más famosa de Machu Picchu es la que se toma desde la «cabaña del vigilante de la Roca Funeraria», que es por donde se accede a la ciudad inca después de ascender en zigzag por la montaña. Las ruinas aparecen de pronto, al dejar el camino en la cumbre. Y ciertamente se trata de una de las mejores vistas para tomar fotos. En seguida reconocemos esa imagen, reproducida millones de veces, por la montaña que aparece al fondo, detrás de las ruinas. Es el Huayna Picchu. En quechua podría traducirse por «pico joven», pero la voz picchu también puede referirse a la bola de coca que se forma en la boca al mascar esta hoja sagrada. No tengo argumentos filológicos para defender una u otra teoría, y sin embargo me apostaría la vida a que la segunda opción es la correcta. Porque sin la picchu creo que me habría muerto en el ascenso a ese escarpado monte. 



Durante mi segundo día en Machu Picchu decidí que desde lo alto del monte que aparece en todas las fotos de los turistas debía haber una vista incluso más privilegiada de la antigua ciudad inca, una foto diferente a la que poseen casi todos los visitantes eventuales. Por otro lado, sabía que en el Huayna Picchu se conserva el templo de la Luna, un centro religioso construido dentro de una gruta que, según mis nuevos amigos de Aguas Calientes, continuaba «vivo» y recibiendo ofrendas a Pachamama aún en el siglo XXI. La tentación era grande, y yo facilón, así que me deje tentar. Claro que en cuanto empecé el ascenso al Huayna Picchu me arrepentí de ser tan fácil de seducir por un nuevo reto.

Sin duda la ascensión al Huayna Picchu no tendría demasiada dificultad si esta montaña se encontrase en cualquier otra parte del mundo. O simplemente más cerca del nivel del mar. Pero después de llevar tantos miles de kilómetros sobre los huesos, con la cara quemada por el sol, y cargando con una mochila llena de cámaras, trípodes y todo tipo de equipo, el «soroche» o «mal de altura» simplemente te deja extenuado a cada metro que le ganas a la montaña. De ninguna de las maneras el viajero debe intentar el ascenso al Huayna Picchu sin su bolsa de hoja de coca, que por supuesto se le acabará antes de llegar a la cumbre. Pero para esa ascensión, y más si se intenta cargado como un burro con veinte o treinta kilos de equipo a las espaldas, la hoja de coca, la picchu, es fundamental. De ahí mi convicción íntima y totalmente experiencial de que el nombre de la montaña viene de la bola de hoja de coca en la boca. Es que simplemente no concibo que pueda coronarse sin ella.

Antes de iniciar el ascenso, por la única ruta posible, el viajero debe dejar sus datos en una caseta de control, al principio del valle. De esta forma, si al final del día no da señales de vida en la salida, se organizará su búsqueda. El hecho de que haya sólo un camino para subir y bajar es muy útil para proteger la vida de los turistas que han intentado el ascenso y se han quedado por el camino a un lado u otro de la montaña. Después ya sólo es cuestión de echarle paciencia y coca.

De ninguna de las maneras es una justificación a la barbarie, pero una cosa es leer las gestas de Hernán Cortés, Pizarro y compañía en los libros de historia, y otra ensuciarte las botas de polvo en las selvas de Perú, México, Guatemala y demás. Por un momento, al caminar por aquellos montes, como me ocurrió en su día en la selva del Petén o en otros lugares de Centro y Sudamérica, entiendes mejor el concepto «esfuerzo de los conquistadores». Sintiendo cómo el aire del altiplano no te llena los pulmones y te asfixias, sufriendo el ataque kamikaze de los mosquitos y temiendo encontrarte una serpiente en cada matorral donde te recuestas a descansar, se comprende mejor lo que debió de suponer para los primeros españoles introducirse en aquel mundo nuevo y desconocido. Las tropas de los conquistadores fueron más diezmadas por las enfermedades, el calor y el agotamiento que por las tropas incas, aztecas o mayas. Es más fácil comprender este concepto al estar aquí que mientras leía las crónicas de Indias en el salón de mi casa. En algunos tramos del ascenso hay que utilizar puentes colgantes, escaleras de madera y hasta cuerdas, pero cuando, extenuado, sudoroso y sediento, coronas la cumbre del Huayna Picchu, sientes que ha merecido la pena. 



Te sientas en la roca más alta de la montaña y lo único que puedes hacer es guardar un respetuoso silencio, y admirar el indescriptible paisaje que hay trescientos sesenta grados a tu alrededor. Desde allá arriba, la poderosa, gigantesca y rotunda Machu Picchu parece una casita de muñecas. Aun con eso, la vista te permite admirar con una perspectiva única el titánico esfuerzo que supuso su construcción.

Sólo desde la cumbre del Huayna Picchu puedes admirar la carretera que asciende en zigzag desde el Valle de Aguas Calientes, y te imaginas el titánico esfuerzo que supuso subir aquellos bloques de piedra y los materiales necesarios para edificar aquel coloso. Hizo falta mucha fuerza de voluntad para construir Machu Picchu, pero también grandes conocimientos matemáticos, geométricos y científicos en general. Desde aquella perspectiva privilegiada se contempla mejor el contexto de la gran fortaleza inca, e incluso puede verse, en su extremo oriental, el lugar donde se encontró, en octubre de 2002, a Rosita...

Rosita tenía sólo veintidós años cuando murió. Su vida fue ofrecida a los dioses como homenaje, quizá en la misma piedra del sacrificio que yo había estado midiendo el día anterior. Un desprendimiento casual, al pie de una muralla, reveló la existencia de una fosa donde, además de vasijas, joyas y demás ofrendas funerarias, se encontró la primera momia de una joven inca sacrificada en Machu Picchu. El estado de conservación no era bueno, y el aspecto de la momia estaba bastante deteriorado, debido a la humedad y los hongos que habían carcomido gran parte de su rostro y su manto funerario. Cuando la bautizó con el cariñoso nombre de Rosita, lo primero que asombró a Alfredo Mormontoy, responsable del yacimiento, fue la edad de la joven. Normalmente las acllas (doncellas incas consagradas a los sacrificios humanos) no pasaban de los doce o trece años de edad...

Diez días después del hallazgo de Rosita, dos nuevas momias fueron descubiertas en Machu Picchu. Y ojalá hubiesen sido las únicas. Los incas, como los mayas o los aztecas, consideraban, igual que los mongoles, que la mejor forma de pacificar a sus dioses era ofreciéndoles la sangre de un ser vivo. Los jinetes del Naadam sacrifican al mejor caballo, los incas sacrificaban a sus niños. En marzo de 1999, una expedición financiada por la National Geographic Society y dirigida por el inagotable Johan Reinhard y la arqueóloga argentina Constanza Ceruti hizo un descubrimiento escalofriante en la cumbre del volcán Llullaillaco: se trataba de las pequeñas momias de dos niñas de seis y quince años y una de un niño de siete, que habían sido sacrificados por los incas.

En este caso las bajas temperaturas del gélido Llullaillaco, a más de seis mil setecientos metros de altura, habían hecho de cámara frigorífica, conservando en perfecto estado los cuerpos de los pequeños. La momia más pequeña, conocida como «la niña del rayo» debido a que presenta parte del cuerpo quemado por el impacto de un rayo, está tan bien conservada que se pueden apreciar sus ojos, semiabiertos, su cabello negro, recogido con una mascapaycha de oro, y toda su piel. Y a su lado, «la doncella» y «el niño». Tan frágiles e inocentes como ella.

En la «escena del crimen» (Grissom no lo llamaría de otra manera y tendría toda la razón) se encontraron collares de spondylus, las mismas ofrendas que se encontraron en las líneas de Nazca. Así como unas alpargatas de repuesto, y unos mantos que les quedaban grandes, para que pudieran usarlos en la vida futura y en su viaje al más allá; penachos de plumas; estatuillas de oro y plata, etc.

No era la primera vez que Johan Reinhard se encontraba con niños sacrificados ritualmente por la cultura inca. Ya en 1996, y en compañía de José Antonio Chávez, decano de Arqueología en la Universidad Católica en Arequipa, había descubierto a la pequeña Sarita en el monte Sara, al sur de Perú. El cuerpo de Sarita venía a sumarse a una siniestra lista, que se amplía cada año, cuando las nuevas tecnologías se ponen al servicio de la arqueología y vamos sabiendo más y más sobre nuestra historia, nuestra a veces vergonzosa historia. Una lista en la que figuran la «momia» Juanita, descubierta en las faldas del Ampato, en Arequipa, donde se han descubierto al menos otras tres; las cinco momias infantiles del monte Misti; la del Coropuna, etc.

Algunos autores, defensores de la supuesta trascendencia y evolución espiritual de la civilización inca, reivindicadores de la Pachamama, del simbolismo de Nazca o de la Nueva Era de Viracocha, tienen la osadía de escribir que los incas «sólo sacrificaban niños de vez en cuando»... Como si uno sólo de esos crímenes estuviese justificado. Como si un homicidio infantil, por ser obra de un sacerdote, fuese menos atroz. Como si existiese alguna forma extraña de considerar que el asesinato de Sarita, de Juanita o de la «niña del rayo» pudiesen tener algún tipo de sentido. Creo que ni la mismísima Shirley MacLaine se atrevería a defender la «espiritualidad» de estos crímenes. Eran niños, no ídolos de barro. 




domingo, 29 de marzo de 2020

EL HOMBRE DE HIELO DE BOLZANO MURIÓ EN UN RITUAL



Hace 5.300 años, en el período Neolítico, entre los Alpes y el Valle de Ortz, Europa, Murió. En el año 1991 dos alpinistas descubrieron al "hombre de los hielos", que reposa desde 1998 en el Museo Arqueológico del Tirol, en Bolzano, Italia. 

Ahora el arqueólogo Johan Reinhard asegura en la edición de febrero de la revista National Geographic que "Oetzi" —como bautizaron a la momia en Bolzano —murió en un "sacrificio ritual" ofrecido a los dioses de las montañas.

El "hombre de los hielos" tenía una flecha clavada en la espalda. Llevaba un hacha en el cinto, flechas en el carcaj y un sombrero de piel de oso. Había estado construyendo un arco de madera de pino, que no logró terminar. En 1991 lo encontraron tendido en una angosta zanja llena de hielo y barro. Era una momia de la Edad de Bronce, que conservaba el pelo completo y los tejidos húmedos. 

El año pasado, los científicos descubrieron que "Oetzi" murió cuando una flecha con punta de piedra lo hirió en la espalda, desmintiendo así la idea de un posible cazador perdido y congelado en un paso montañoso. Ahora el arqueólogo Reinhard cree que "Oetzi" no fue un cazador, sino una presa. La víctima de un asesinato ritual ofrecido a los dioses que, según la religión de esos tiempos, vivían en las grutas de los Alpes a 3.000 metros de altura.

"El sitio donde lo encontraron no es una zanja sino un lugar sagrado, este paisaje tenía importancia ritual", dice Reinhard Estudiando las evidencias, Reinhard notó que el "hombre de los hielos" había dejado todas sus cosas cuidadosamente dispuestas sobre una saliente de la montaña. Sólo 2 de sus 14 flechas estaban terminadas, no le servían para defenderse. Nadie robó su hacha de bronce —una herramienta de gran valor para la época— que estaba enterrada junto a él. Además usaba un calzado hecho de hierbas y cuerda de cáñamo, totalmente inadecuado para la montaña. La teoría de Reinhard ya causa polémicas. 

El antropólogo austríaco Horst Seidler, miembro de la Universidad de Viena y director del comité científico que investiga a "Oetzi", no cree que haya evidencia alguna sobre el supuesto asesinato ritual. "En realidad, no tenemos la menor idea de por qué lo mataron", admite Seidler.

Seidler opina que Reinhard repite ahora su teoría del sacrificio ritual porque está influenciado por sus propios descubrimientos anteriores en Sudamérica. Recientemente, Reinhard encontró en la Cordillera de los Andes varias momias de niños sacrificados por los Incas. 

Pero Reinhard asegura que las evidencias están de su lado. Montaña abajo había sitios más favorables para un asesinato común. Las hojas que se encontraron junto a "Oetzi" indicarían que su muerte fue al final de la primavera o comienzos del verano, no iba a congelarse rápido. El polvo que tenía entre sus ropas indica que alguien lo enterró bajo una capa de tierra y piedras, para que se secara y momificara naturalmente, antes de que los glaciares alpinos lo cubrieran en el invierno. Reinhard destacó que hace más de 2.000 años los antiguos Celtas mataban a flechazos. La caña de la flecha no está en el cuerpo, es improbable que "Oetzi" pudiera arrancársela él mismo. Tenía entre 45 y 50 años, medía 1,65 metros de altura, pesaba 40 kilos y usaba utensilios de cobre, un signo de alto nivel social. 

Según Reinhard, "era un artesano del cobre que sacaba el metal de la montaña". Las montañas eran "la fuente del rayo" y una flecha era también algo parecido a un rayo, según los rituales religiosos. Pero el antropólogo Seidler cree que es mejor esperar a tener más evidencias. Un patólogo examinará a "Oetzi", que está congelado a seis grados bajo cero y con 98 por ciento de humedad en el museo de Bolzano.

Seidler opina que los estudios científicos permitirían saber si "Oetzi" murió por pérdidas de sangre; si su costado izquierdo se paralizó por el daño causado por la flecha, y si podría haber huido de sus enemigos hasta morir a la intemperie en la cumbre de la montaña.

"En realidad, no sabemos si este hombre murió horas o días después de haber sido herido por la flecha", dice Seidler. Y agrega: "lo único seguro es que llegó a ese paso de montaña, se acostó sobre un costado de su cuerpo para dormir o para tratar de recuperarse. Y en esa posición, murió congelado".






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