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miércoles, 9 de junio de 2021

EXTRATERRESTRES EN LA ANTIGÜEDAD... O NO. CUADERNO DE CAMPO 8: ÍNDICE



La Sociedad de los Antiguos Astronautas




Caso 01. Guatemala: La Cabeza de Padilla……...……. 17

2012: La cabeza de Padilla nos salvará del fin del mundo
 - Un traficante de ilusiones… de cine 
Pero entonces ¿Qué demonios es la cabeza de Padilla?
 - El inesperado (y romántico) desenlace




Caso 02. Italia: Los OVNIs en el arte

Los símbolos secretos 
- Los más famosos OVNIs en el arte
 - Un satélite soviético en el siglo XVI




Caso 03. Israel: OVNIs en la Biblia… y en El Corán

Mateo 7,7: Buscad y encontrareis
 - De la teología a la arqueología 
Un catedrático de ciencias bíblicas 
en un congreso de misterios
 - Un OVNI en la explanada de las mezquitas de Jesusalén 
Los extraterrestres en el Islam 
– A imagen y semejanza…




Caso 04 . Nicaragua: los petroglifos de la isla de la profecía

Dioses misteriosos - ¿Ooparts? 
- OVNIs y mundo subterráneo




Caso 05. Mongolia: la teoría aerostática

Arqueología a vista de pájaro 
- Aeronáutica secreta 
- Vimanas sobre las pistas de Nazca 
– Demostrado: se pudo hacer 
- Las tecnologías secretas




Caso 06. Jordania: Fenómenos extraordinarios en los cielos

De cosas (raras) que se ven en el cielo 
- Fenómenos forteanos antes de Fort




Anexo: 250 OVNIs antes de Kenneth Arnold

Cronología de supuestos fenómenos anómalos 
en la antigüedad

El viaje continua


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martes, 12 de mayo de 2020

LOS MISTERIOS DE LA MENTE HUMANA


En el último número publicado en 2011 por la prestigiosa revista científica The New England Journal of Medicine, la Doctora Maya Safarova, del Centro de Investigación Cardiológica de Moscú, daba a conocer un insólito caso de anomalía médica. Un paciente de 85 años había acudido a su consulta para tratarse de una enfermedad coronaria. Al realizar los análisis del sujeto, y de forma totalmente casual, la Dra. Safarova descubrió que el anciano ruso llevaba alojada en el cerebro una bala. 

Lo extraordinario del caso, es que aquel hombre llevaba 80 años con aquel proyectil incrustado en su cabeza.


"Cuando tenía tres años, su hermano mayor le disparó por accidente con una pistola en la cabeza. La bala, dijo, le entró justo debajo de la nariz, y allí se quedó. El hombre perdió la conciencia durante algunas horas, y al despertarse sólo tenía una pequeña herida por el lugar donde entró el proyectil, pero ninguna secuela. Después, añadió, se recuperó sin recibir ningún tratamiento específico y nunca refirió ningún síntoma neurológico digno de mención. 

En la escuela le habían ido bien las matemáticas, se había hecho ingeniero y había llegado a recibir el premio del Estado Soviético por sus logros. 

Los médicos decidieron hacerle una radiografía de la cabeza, que permitió confirmar la veracidad de la historia", señala Safarova. Los rayos X revelaron una silueta de bala aproximadamente en el centro de la cabeza. Para precisar mejor la localización del proyectil, le hicieron una serie de tomografías axiales computerizadas (TAC). La bala, de 1,2 centímetros de longitud y 7 milímetros de diámetro, "se encuentra claramente en el tejido cerebral", indica la cardióloga. ¿Cómo es posible? 

Es evidente que el cerebro humano continúa siendo una fuente inagotable de sorpresas para los científicos. Y quizás por ello 2012 fue nombrado Año Internacional del Cerebro. Durante todo ese Año Internacional del Cerebro, el Museo del Parque de las Ciencias de Granada, acogió la ambiciosa exposición Brain. The Inside Storye, una coproducción internacional del Museo Americano de Historia Natural (AMNH), el museo chino Guandong Science Center y el Parque de las Ciencias granadino, que presentó los últimos descubrimientos sobre la mente humana. 

A lo largo del pasado 2011 se publicaron docenas de artículos en revistas científicas de todo el mundo, relacionados con nuevos descubrimientos científicos en torno a ese pequeño órgano, el cerebro, que en los humanos ha triplicado su volumen durante los últimos tres millones de años de evolución, y en el que se desarrollan no solo nuestros razonamientos, sino también las percepciones, los sentimientos, las emociones y los sueños. 

Los primeros indicios de desarrollo intelectual en el cerebro de los humanos probablemente datan de hace un millón y medio de años, aunque los arqueólogos cada vez encuentran más pruebas de la creatividad, ingenio y actividad intelectual anteriores. 

Pinturas rupestres, petroglifos, y restos arqueológicos evidencian que el hombre se planteaba, hace cientos de miles de años, todo tipo de cuestiones intelectuales. Una de las actividades cerebrales más sugerentes y misteriosas, e inherente a la mente humana desde los albores de la historia, son los sueños. Todos los homínidos dormimos y soñamos, y lo que ocurre en el cerebro durante el sueño, ha sido fuente de especulación y conjeturas, a lo largo de toda la historia. Pero algunos sueños llegaron a Condicionarla. Y con ella el destino de todos nosotros...



jueves, 16 de abril de 2020

VISITA AL GRAN MUSEO EGIPCIO DE ANTIGÜEDADES DE EL CAIRO



Si pretendemos regresar a El Cairo desde Alejandría para concluir nuestro viaje por Egipto, dejaremos a nuestro paso infinidad de lugares de interés en el delta del Nilo, como Mansura, con sus restos de las Santas Cruzadas; Zagariz, una de las ciudades más antiguas de Egipto; o Tanis, el mayor emplazamiento arqueológico del país. Situada a unos doscientos kilómetros al norte de El Cairo, aquí es donde Steven Spielberg quiso situar el Arca de la Alianza buscada ansiosamente por el ficticio Indiana Jones.


Naturalmente, el solo hecho de que Moisés cruzase esta ciudad, llamada Zoan en la Biblia (capital del Egipto antiguo entre el siglo X y el VIII a.C.), o las quinientas cincuenta hectáreas de restos arqueológicos que desde hace ochenta años clasifican pacientemente los arqueólogos franceses, o la simple existencia de tumbas como las de Psusenes II o Sheshanq III, con sarcófagos gigantescos, comparables a los del Serapeum, justificarían de por sí la visita a Tanis. Pero es que este sin par emplazamiento arqueológico nos ofrece otros interesantes aspectos de las creencias mágicas y supersticiosas de los egipcios, ya que algunas de las colosales estatuas faraónicas, como la inquietante Sekhmed (la diosa leona), de tres metros de altura, o el imponente Ramsés II, hoy caído, pero que en su momento debió de medir seis metros de altura, son considerados por los lugareños como fetiches, tótems depositarios de poderosas energías y poderes mágicos. 

La estatua de Ramsés II, por ejemplo (cuya base curiosamente está catalogada como pieza número 666 del emplazamiento arqueológico de Tanis), es visitada en ciertas noches de plenilunio por las jóvenes egipcias que desean ser fértiles. Arropadas por las sombras sitúan un cántaro con agua entre las piernas del coloso de Ramsés y dejan que el liquido se «cargue» con las vibraciones del famoso faraón durante toda la noche. Por la mañana esa agua, bendecida por el rey-dios —que en estas creencias locales sigue vivo como hace siglos—, permitirá a las jóvenes menos fértiles engendrar una nueva vida. De esta forma podemos afirmar que los antiguos dioses faraónicos, miles de años después de haber construido los fastuosos templos y pirámides del Egipto antiguo, continúan viviendo en los corazones de su pueblo a través de creencias, leyendas y supersticiones tan antiguas como la Esfinge.

Volver a la región de El Cairo, después de recorrer de punta a punta Egipto, es como volver a casa. Sin embargo, todavía quedaban tantas cosas por hacer... 

Visité prácticamente todas las pirámides. Unas desvencijadas y semiderruidas, como las de Abu Sir o Zawyet El-Aryan, y otras majestuosas y fascinantes, como las de Saqqara o Dashur. Estas últimas todavía se encontraban en un área militar restringida cuando yo las visité, y puedo asegurar que «colarse» en el interior de una pirámide gigantesca, como la romboidal, para recorrer sus pasadizos y cámaras interiores, dentro de una base militar, es una de las experiencias más excitantes del mundo. En aquellos días circulaba un rumor, en los mentideros ufológicos, sobre «un ovni capturado por tropas israelíes bajo la pirámide de Dashur». Yo, que me recorrí la famosa pirámide romboidal, puedo dar fe de que allí no existía ni rastro de nada parecido. Ahora bien, en su momento, y mientras documentaba mi libro Los expedientes secretos, tuve la oportunidad de establecer una buena amistad y docenas de reuniones con un ex alto mando del Mossad israelí, que me confirmó que algo se había recogido en suelo egipcio caído del espacio. Pero como en tantas otras ocasiones, se trataba de una nave del planeta CIA... Como siempre, la pantalla de los extraterrestres sirve para ocultar realidades mucho más preocupantes. 


Aun así, el paseo por los pasadizos de la pirámide romboidal resultó una experiencia extraordinaria. Y un buen «entrenamiento» para colarme más tarde, y en plena noche, en otra pirámide mucho más importante que la de Dashur... También pude explorar docenas de templos, mastabas y criptas, desde Al Fayum al Serapeum. Pero requeriría todo un volumen monográfico detallar mis impresiones en cada una de ellas. En mi cuaderno de viaje se iban amontonando las notas, mediciones, dibujos y conclusiones que me sugería cada uno de los supuestos misterios vinculados a esos lugares.

Finalmente decidí, como cualquier viajero razonable, que lo más práctico era seguir la pista a todos los sarcófagos, momias y demás piezas arqueológicas que durante estos siglos fueron extraídos de sus emplazamientos originales para poder ser expuestos al público sin temor a que fueran dañados y en un lugar lo suficientemente seguro y accesible a la vez. Ese lugar, lógicamente, es el Gran Museo Egipcio de Antigüedades de El Cairo. 

Merece la pena acudir a ese museo con mucha calma y con cierta prisa. Prisa porque, próximamente, y según me confesó Zahi Hawass, las más de ciento veinte mil piezas expuestas en él serán repartidas por los nuevos museos que se están construyendo en El Cairo. Y calma porque una visita rápida y superficial, como la que hacen la mayoría de los turistas, es una blasfemia. Hay tantas cosas interesantes que ver en este museo que un día entero o dos no son suficientes ni para empezar. En mi cuaderno tenía una larga lista de tareas pendientes en el Museo Egipcio: la sala de Akenatón, el faraón hereje y sus cráneos deformados; el tesoro de Tutankamon y las tumbas reales de Tanis; las herramientas de los constructores de las pirámides y las momias reales, etc. 

Llegué al museo después de reencontrarme con mi querida María y con la guía inestimable de Wael, de cuya mano se aprende más deprisa que en cada sala. Pero en un momento determinado, prometo que fue así, sentí la necesidad de distanciarme de ellos para buscar una pieza especial. Entonces viví una curiosa anécdota.

Yo soy lo más alejado de un psíquico. Carezco de toda forma de capacidad extrasensorial. Sin embargo, no puedo menos que calificar de sorprendente lo que me ocurrió la primera vez en mi vida que pisé el Museo Egipcio. En mi lista de tareas pendientes figuraba un objeto mencionado por Erich von Dániken en varios de sus libros y reproducido una y otra vez en miles de artículos y obras astroarqueológicas posteriores. Antes de mi primera visita al museo, muchos autores españoles habían citado el objeto en cuestión, reproduciendo siempre fotos antiguas del mismo. Y a pesar de que me constaba que todos ellos habían visitado el Museo Egipcio, sorprendentemente ninguno había localizado el misterioso «avión» de Saqqara. Prometo que ocurrió tal y como lo relato. Dejé a mis acompañantes admirando una de las salas de la planta inferior, y decidí buscar por mi cuenta el enigmático «avión» faraónico descrito por Dániken. Me preguntaba si realmente aquel objeto imposible existía o era producto de la imaginación del suizo, porque nadie había vuelto a publicar fotografías recientes y siempre se reproducían las mismas imágenes antiguas. Insisto en que jamás había pisado aquel lugar, y tan sólo me dejé llevar por la intuición. Y por los caprichos del azar, de alguna manera, terminé en la sala veintidós y ante las estanterías dedicadas a las reproducciones de pájaros. Y allí estaba. Catalogado como pieza número 6.347. 

Sé que suena ingenuo, pero me constaba que durante al menos quince años ninguno de mis colegas españoles había publicado ninguna foto original del llamado «avión» de Saqqara. Así que me sentí como si hubiese hecho un gran descubrimiento. Como tantos en el mundo de la egiptología, debido más al azar que a mi pericia como rastreador de reliquias. Poco podía imaginar que después de ubicar el emplazamiento del «avión» en el museo, todos los guías «heterodoxos» de los viajes esotéricos a Egipto lo incluirían en su recorrido por el Egipcio de Antigüedades. 

Esta pequeña pero enigmática pieza fue descubierta en Saqqara (donde se ubica la famosa pirámide escalonada del faraón Zoser) en 1898. Almacenada con otras muchas antigüedades, permaneció en el olvido hasta 1969, fecha en que el médico doctor Khalil Messiha se encontró con ella mientras revisaba un grupo de objetos rescatados de diferentes excavaciones que debían ser correctamente archivados en el Gran Museo Egipcio. La pieza habría continuado en los sótanos, como tantas otras, de no haber sido por la circunstancia —y esto es fundamental— de que el doctor Messiha era aficionado al aeromodelismo. Y como aficionado a tal disciplina, vio en aquel objeto, oficialmente la representación de un pájaro, algo muy similar a sus maquetas de aeroplanos realizadas con madera de balsa. Los ángulos de las alas, la perfecta aerodinámica del «fuselaje», el timón de dirección, todo recordaba la forma de un moderno avión. Aunque, eso sí, el supuesto «avión» carecía de timón de profundidad... 

A favor de la audaz teoría de Messiha, que lógicamente fue acogida con entusiasmo por la AAS y demás defensores de la «teoría ET», es justo reconocer que las diferencias entre el «avión» de Saqqara y el resto de representaciones faraónicas de pájaros son evidentes. Salvo dos líneas rojizas y ya casi imperceptibles que le cruzan la panza, y el ojo en el lado derecho, ya casi invisible, no hay ni rastro de la representación de plumas que se aprecia en todos los demás modelos. Claro que no es menos cierto que los restos de pintura perfectamente pudieron haber desaparecido con el paso del tiempo, como desapareció el ojo izquierdo y presumiblemente desaparecerán los parcos restos que aún quedan. También es verdad que no se ven restos de las patas, lo que sí se observa en las demás representaciones de pájaros, aunque podríamos argumentar exactamente lo mismo que con respecto a las plumas. Pero lo que es indudable es su capacidad aeronáutica. 

El pequeño objeto, que presentaba una ligera asimetría en sus alas, no estaba mal diseñado, como podía parecer. Al contrario. La ligera longitud mayor del ala izquierda y el pequeño arqueo de la derecha, unido a la peculiar forma —levemente oblicua— de la cola (que es casi vertical, como en un avión, y no horizontal como en los pájaros), hace que, lanzado al aire con la suficiente fuerza, pueda planear durante un recorrido de unos cuarenta y cinco metros y volver al punto de partida, igual que un bumerán australiano. O al menos eso hizo la réplica en madera de balsa que construyó el aeromodelista doctor Messiha. Lógicamente, las autoridades arqueológicas no dieron permiso para arrojar el «avión» original al aire, arriesgándose a destruirlo, así que no tenemos forma de constatar, por el momento, si la pieza original poseería la misma aerodinámica que la réplica construida por el bienintencionado doctor. 

Cuando una pieza arqueológica es incluida en la bibliografía del misterio como «prueba» de la presencia extraterrestre o atlante en nuestra historia, es muy difícil volver a sacarla. Una y otra vez será reproducida en libros y revistas por autores que, lógicamente, jamás se han tomado la molestia de investigarla en su contexto. Y para reforzar sus atrevidas conclusiones, los astroarqueólogos la vincularán con otras piezas similares, o no, o con otros misterios arqueológicos. Igual que las «bombillas» de Dendera fueron desposadas con las «pilas» de Bagdad, el «avión» de Saqqara fue unido para la posteridad a otros «aviones» del pasado. En concreto, a un conjunto de «objetos ceremoniales» conservados en el Museo del Oro de Bogotá (Colombia) y cuya forma recuerda también a la de modernos aviones. 

Ni que decir tiene que los «aviones» de Saqqara y de Bogotá fueron a su vez emparejados con las «pistas» de Nazca, en Perú, y la AAS concluyó que ante estas evidencias quedaba claro que en el pasado los «dioses» extraterrestres utilizaban la aeronáutica, volando en aviones convencionales, y empleando pistas de aterrizaje como las de nuestros modernos aeropuertos. Pero aplicando el sentido común, parece absurdo suponer que una tecnología capaz de superar la velocidad de la luz y viajar por el universo, como hemos de suponer a los hipotéticos extraterrestres, lo haga con aviones convencionales. O que utilicen escopetas de caza, como sugería el supuesto agujero de bala del cráneo de Broken Hill en Zambia. No, algo no encaja. Decidí mantener el «avión» de Saqqara en mi lista de misterios pendientes mientras me reunía con mi querida María y mi estimado Wael en la sala de Tutankamon para continuar juntos la visita al museo. 

Mientras me relataba las leyendas que rodean a algunos de aquellos objetos, Wael observaba divertido cómo yo tomaba nota, medía, fotografiaba y filmaba muchas de aquellas piezas, que para mí tienen un interés especial desde el punto de vista de la arqueología bíblica por un lado, y desde la búsqueda de los «dioses» por otro. Como por ejemplo la pieza número 599 de la sala 13. Se trata de la única mención al pueblo de Israel que existe en la arqueología egipcia, y es que, aunque pueda asombrar al lector, ni siquiera la existencia del éxodo judío mencionado en la Biblia ha podido ser probada históricamente; o la pieza número 6.193, el sarcófago semiserrado de Diodefre, que según algunos probaría la improbable tecnología egipcia; o, sobre todo, la pieza número 469. Se trata de una estela en la que se representa lo que parece una serpiente dentro de una hoja de loto y que guarda un llamativo parecido con las polémicas «bombillas» de Dendera. De hecho, eso son las «bombillas» de Dendera. Por fortuna, un nuevo misterio se caía de mi lista de enigmas pendientes. En realidad, las «berenjenas» que Peter Krassa fotografió en los túneles de Dendera no eran bombillas. Si hubiesen descifrado los jeroflífos que rodeaban aquella forma tan seductora para un astroarqueólogo, sin sacarlo del contexto, habrían leído: 

«Recitado por Harsumtus, el gran dios, que reside en Dendera, el que se eleva desde el loto como un Ba Viviente». 

Y es que a Harsumtus, denominación griega del dios egipcio Hor-Sema-Tauy (Horus Unificador de las Dos Tierras), se le representaba, entre otras, con forma de serpiente. Esa figura, dentro de una hoja de loto, no es más que eso: una representación del dios Harsumtus que yo me he encontrado en numerosos templos de todo Egipto, no sólo Dendera. Fin del misterio. Creo que resulta más razonable suponer esto que creer que Harsumtus era el filamento de una bombilla prehistórica. Ojalá fuese así. Yo no soy un arqueólogo, funcionario a sueldo de ningún museo, ni tengo ninguna necesidad de mantener intactos los dogmas oficiales sobre el pasado de la civilización egipcia. Soy un buscador independiente devorado por un ansia suicida de encontrar respuestas a mis preguntas, pero creo que debemos saber diferenciar nuestros sueños y fantasías, por románticas que sean, de los hechos probados, para poder sacar conclusiones razonables. Existen todavía tantos misterios fascinantes en la historia de nuestro pasado que no es necesario inventarse ninguno.


miércoles, 15 de abril de 2020

COLOSOS DE MEMNÓN Y MÁQUINAS MODERNAS EN JEROGLIFOS EGIPCIOS


Ascendiendo un poco más por el Nilo, nuestra siguiente etapa es Luxor. Y aquí el viajero deberá tomárselo con calma porque probablemente se trata de la mayor concentración de restos arqueológicos egipcios en el menor espacio geográfico después de la meseta de Giza. 


Decidí darme un descanso de Alí Muhammad y de su incómodo bote, al que ya había empezado a odiar, y me alojé en un hotel como Dios manda. En estos momentos es cuando el viajero se siente millonario. No existe una sensación más placentera que poder ducharse con agua limpia, aunque sea fría, beber una cerveza fresquita, comer la comida caliente, poder dormir en una cama ¡y con sábanas casi nuevas! Los occidentales no solemos ser conscientes de los lujos maravillosos de los que disfrutamos cada día hasta que tenemos que prescindir de ellos. Como no valoramos la ciencia, y sobre todo a nuestros médicos, hasta que la enfermedad nos golpea. Y por eso es tan maravilloso viajar. Porque nos permite valorar las cosas que tenemos, y a las que no damos ninguna importancia. 

Cuando convives con culturas, con sociedades y con personas que sobreviven en unas condiciones de vida mucho más duras, crueles y pobres que las nuestras, aprendes a respetar la suerte que tienes de haber nacido donde has nacido. Prescindí de las comodidades de los grandes hoteles para occidentales y me alojé en un humilde hotel egipcio para egipcios. Pero aquella pensión de Luxor me parecía un palacio, incluso aunque no tuviese papel higiénico en el WC, sino el inquietante chorrito de agua tan característico del mundo árabe. Hay cosas a las que un occidental no puede acostumbrarse... 

Me gusta pasear por Luxor. Hay tantas cosas que ver, en una y otra orilla del Nilo: el museo de la momificación, el Rameseum, el templo de Menefta, la antigua necrópolis de Tebas, la casa de Howard Carter, el templo de Deir-al-Bahri o los colosos de Memnón. En torno a estos últimos, por cierto, dos estatuas gigantescas construidas por Amenofis III, sobrevivió una insólita leyenda durante siglos y el enésimo triunfo de la ciencia sobre la superstición. Al salir el sol, uno de los colosos de Memnón cantaba. 

Podemos imaginar la repercusión, en la mentalidad mágica egipcia, de ese fenómeno. Porque es que el coloso realmente cantaba. O más bien, hablaba, en un idioma extraño e incomprensible. Eso parecían los sonidos, gruñidos, aullidos y silbidos que emitía y que eran perfectamente audibles a pocos metros del monumento. Hasta los griegos reseñaron en sus crónicas el fenómeno, lo que produjo que los más eruditos adivinos y esótericos viajasen hasta Luxor para intentar interpretar el lenguaje del coloso. Llegó incluso a fundarse una escuela de intérpretes llamada el Oráculo de Memnón, que elaboraba las conjeturas más disparatadas, o interesadas, afirmando que tal o cual cosa había sido dicha por el coloso... ¡Cuántas veces en la historia los autoerigidos intérpretes de los dioses se habrán excusado en ellos para expresar lo que no eran más que sus intereses personales! 


El negocio se le acabó al Oráculo de Memnón cuando la ciencia de la época descubrió el origen de aquellos sonidos: el cambio de temperatura entre la noche y el día, en pleno desierto, dilataba y contraía la piedra del monumento, granito y gres, provocando roces, corrientes de aire, etc., que generaban dichos sonidos. Los colosos de Memnón jamás dijeron todas las cosas que los videntes y sacerdotes pusieron en sus labios de piedra. 

La ciudad de Luxor está llena de vida y contrasta con el viaje a través de los oasis del desierto o con los pescadores del Nilo. Ésta es una gran ciudad. No es difícil encontrar accesos a internet en cafeterías, hoteles o locutorios. Además, es un lugar excelente para comprar libros. Librerías como A.A. Gadis o Anoudi Bookshop son parada obligada para los viajeros, exploradores e investigadores que hacen escala en Luxor. Y yo aproveché para comprar algunas obras clásicas de Petrie, Mariette y hasta una edición en francés del catálogo completo de ilustraciones de la expedición de Napoleón. 

Después me pasaría las noches revisando mis notas, los calcos, las imágenes y buscando en los clásicos alguna respuesta a las dudas que me atormentaban. Pero los clásicos tardarían todavía un par de noches en responder. No así los historiadores y egiptólogos. Por esas extrañas coincidencias del destino, y porque en el fondo algunos lugares como el Museo Egipcio de Antigüedades de El Cairo, la meseta de Giza o las librerías de Luxor son de visita obligada para arqueólogos, antropólogos, astroarqueólogos, piramidólogos y demás estudiosos del pasado, ortodoxos o heterodoxos, me encontraría con.. varios de ellos en nuestros respectivos viajes a Egipto. 

Y siempre es un placer coincidir con mi admirado José Miguel Parra o Ignacio Ares en cualquier parte del mundo. Pero si es en Egipto, más. Ambos pertenecen a la escuela egiptológica más «oficial» y académica. Y ambos conocen a la perfección la cultura faraónica. ¿Quién mejor que ellos para consultar las dudas que me angustiaban sobre la presencia de máquinas modernas en los jeroglifos egipcios? ¿Podrían los historiadores y egiptólogos «oficiales» darme una alternativa razonable a la hipótesis de la AAS para explicar qué hacen un helicóptero, un tanque, un avión y un submarino en el templo de Abydos? 

Y lo hicieron. Pacientemente, Ignacio Ares me explicó cómo Ramsés II, un faraón casi tan fecundo en la construcción de templos como en la procreación de descendencia, tenía la costumbre, como otros antes y después que él, de «apropiarse» de templos y monumentos construidos por sus predecesores. Para ello, lo que hacía era tapar el cartucho del faraón constructor del templo con un parche de argamasa y sobre ese «parche» colocaba el cartucho con su nombre. 

Pues bien, según Ares, si superponemos los caracteres jeroglíficos del cartucho de Seti I con el de Ramsés II surgen esas formas caprichosas que, sólo a ojos de un occidental contemporáneo, no familiarizado con la escritura jeroglífica, podrían parecer máquinas modernas. Fin del misterio. La explicación parecía razonable. Además, no tenía ninguna razón para pensar que Ares, Parra o cualquiera de mis amigos, arqueólogos, historiadores, egiptólogos, etc., me mintiesen. Sin embargo, como repite una y otra vez Grissom, el ficticio entomólogo criminalista del CSI, los humanos se equivocan, las pruebas no. Así que intenté hacer un pequeño experimento para comprobar si la teoría de la superposición de cartuchos podía explicar realmente aquellos inquietantes jeroglifos. 

Sé que parecerá un experimento absurdo y precipitado, pero a mí me sirvió para aplacar totalmente mis dudas. Compré un DVD en la misma tienda del hotel, que por cierto era un documental sobre los misterios de Egipto presentado por Omar Sharif, y le arranqué la parte de plástico transparente de la portada. A continuación, y tan toscamente como implica utilizar un cuchillo en lugar de unas tijeras, corté aquel plástico transparente en dos mitades iguales. Sobre una dibujé el cartucho jeroglífico de Seti I, amante sobrenatural de Omm Seti y constructor original de Abydos. En el otro dibujé el cartucho del usurpador Ramsés II. Cuando coloqué una de las láminas de plástico sobre la otra, el resultado no podía ser más contundente. Ante mí aparecían milagrosamente el helicóptero, el tanque y las demás «máquinas modernas». 

Una extraordinaria coincidencia, un capricho del azar, una mala interpretación. Todo eso y mucho más. Pero una nueva clave. Porque a lo largo de mi viaje me encontraría una y otra vez con fenómenos similares. Supuestas pruebas irrefutables de la presencia de los «dioses» en el pasado de la humanidad que fueron reinterpretadas por investigadores tan bienintencionados como yo, pero tan ignorantes a la vez del contexto donde se dieron. El contexto es vital. 

Y al final, por desgracia o por suerte, en la inmensa mayoría de los casos, las supuestas evidencias de los «dioses» se limitan a un conjunto de anécdotas, sacadas de contexto, recopiladas por coleccionistas de excepciones. Y un grupo de excepciones no formula una regla. Omm Seti no lo era. Omm Seti conocía la escritura jeroglífica tan bien como la literatura inglesa, y también conocía perfectamente la historia de Seti I y de su hijo Ramsés II, y la afición de éste a implantar su cartucho encima del de sus predecesores. Por eso Omm Seti, que escribió cosas mucho más increíbles que Erich von Dániken y que también creía en la intervención de dioses extraterrestres en el pasado de Egipto, jamás vio un helicóptero, un tanque ni dos aviones en el templo de Abydos. Ella veía lo que realmente existía: dos cartuchos faraónicos superpuestos. 

Seamos sinceros: ¿a cuántos supuestos misterios del pasado podríamos aplicar este mismo razonamiento? 

Puede sorprender al lector, pero esa noche dormí más tranquilo. Es cierto que, como ex creyente, me encantaría descubrir pruebas objetivas e irrefutables de la existencia de Dios o de los «dioses». Me entusiasmaría poder descubrir evidencias incuestionables de la existencia del alma, de lo sobrenatural o de la vida más allá de la muerte, pero juro solemnemente que me gusta todavía más descubrir la verdad que se oculta tras un misterio y resolverlo. Sea cual sea. Estimulante o decepcionante, sensacional u ordinaria, revolucionaria o convencional. Prometo que me siento igual de capacitado para aceptar que civilizaciones no humanas influyeron en el origen de las culturas antiguas como para asumir que somos los únicos habitantes del universo; me siento igual de dispuesto a creer que hay uno o varios seres superiores que crearon el mundo y a todos los seres vivos, como que Dios es sólo una muleta espiritual para consuelo de nuestras conciencias; puedo encajar con la misma resignación que tras la muerte física la conciencia humana siga existiendo como que no haya ningún más allá... 

Pero necesito pruebas. O al menos argumentos lo suficientemente lógicos y razonables para convencerme. Por eso aquella noche taché de mi lista de misterios pendientes las «máquinas» del templo de Abydos y dormí un poco mejor. Aunque aún estaba por resolver el misterio de las «bombillas» de Dendera. 


jueves, 2 de abril de 2020

ARQUEOLOGÍA BÍBLICA


La arqueología bíblica, como su nombre indica, es la especialidad arqueológica que tiene como objeto de estudio los lugares, circunstancias y vestigios de sucesos relacionados con la historia del judeocristianismo. 

Hasta el siglo XIX la Biblia era considerada, para los cristianos, como la principal e irrefutable fuente de conocimiento. Sin embargo, la historia de la ciencia llevaba ya muchos años creando serios conflictos entre los hechos demostrados, como la esfericidad de la tierra o su rotación alrededor del sol, o la revolucionaria teoría de la evolución de las especies, con el magisterio de la Iglesia. Y la arqueología vino a echar más leña al fuego. 

Los primeros exploradores, arqueólogos y aventureros, muchos de ellos misioneros, llegados a Palestina, Egipto, Siria y demás escenarios de los pasajes bíblicos intentaron aplicar esa nueva disciplina a la demostración de que la Biblia decía la verdad. Y no es de extrañar que la Santa Sede acogiese con entusiasmo descubrimientos arqueológicos que parecían probar la historicidad de los textos sagrados. 

No me supone ningún esfuerzo imaginar a los cristianos de los siglos XIX y XX siguiendo con interés, y casi con alivio, los descubrimientos de nuevos restos arqueológicos que confirmaban un pasaje bíblico. 

Por ejemplo: la campaña militar en Israel del faraón Sisac (1 Reyes 14:25-26) aparece registrada en los muros del templo de Amón en Tebas, en Egipto; la revuelta de Moab contra Israel (2 Reyes 1:1; 3:4-27) consta en una inscripción de La Meca; la caída de Samaria (2 Reyes 17:3-6,24; 18:9-11) por Sargón II, rey de Asiria, figura en los muros de los restos de su palacio; el ataque de Asdod por órdenes de Sargón II (Isaías 20:1) también está registrado en los muros de su palacio; la campaña del rey asirio Senaquireb contra Judá (2 Reyes 18:13-16) aparece en el Prisma de Taylor; la siega de Senaquireb (2 Reyes 18:14,17) consta en los relieves de Lachish; la caída de Nínive, augurada por los profetas Nahúm y Sofonías (Sofonías 2:13-15), está descrita en la tablilla de Nabopolasar; la caída de Jerusalén por Nacubodonosor, rey de Babilonia (2 Reyes 24:10-14), quedó registrada en las crónicas de Babilonia; la liberación de los cautivos en Babilonia por Ciro el Grande (Esdras 1:1-4; 6:3-4) se confirma en la Esfera de Ciro, etc. 

En otras muchas ocasiones, la confirmación de un suceso bíblico, a través de la arqueología, era indirecta. Por ejemplo: la inscripción de Behistún (1835), tallada en la roca en tres idiomas, incluido el de caracteres cuneiformes, abrió las posibilidades para el desciframiento de escritos cuneiformes (se lo conoce como «la clave para otras claves»); la estela moabita (1868), que contiene el relato del triunfo de Mesa, rey de Moab, contra Ahab y Joram, reyes de Israel; el hallazgo del archivo estatal del imperio hitita (1871, 1906), con más de veinte mil textos cuneiformes, parte acadios y parte hititas, especialmente los tratados de vasallaje o de soberanía y que siguen un modelo que aparece de una u otra manera en varias partes del Antiguo Testamento; el código de Hamurabi, una estela descubierta en 1901 por arqueólogos franceses, lo creó el homónimo rey de Babilonia. Este rey vivió casi medio milenio antes de Moisés. 

Hay mucha similitud entre las leyes de Hamurabi y las leyes mosaicas. En el texto de Hamurabi aparece la «ley del talión». Este descubrimiento ayuda a los estudios bíblicos a ubicar las leyes mosaicas en un contexto más amplio y a abrir los ojos a muchos escépticos que no aceptaban la antigüedad de ellas. Por otro lado, las leyes de Hamurabi permiten reconocer la diferencia entre leyes de carácter general y universal, y aquellas propias del pueblo de Dios. 

Hay muchos ejemplos más, pero lo descorazonador es que no exista una confirmación arqueológica irrefutable de la existencia de Jesús de Nazaret, la gran ambición de los arqueólogos bíblicos creyentes. Y peligrosa. Ya que, en el 99 por ciento de los casos de grandes personajes históricos, lo que más ambicionan los arqueólogos es encontrar su tumba: como las de Genghis Khan, Alejandro Magno, etc... Pero descubrir la tumba de Cristo sería un cataclismo teológico para millones de cristianos. 

Con el paso de los años las cosas se fueron complicando, y cada vez con más frecuencia los descubrimientos arqueológicos no sólo no confirmaban, sino que incluso contradecían la Biblia. No causará ningún estupor que, en ese momento, un estricto secretismo rodease las excavaciones arqueológicas en Tierra Santa, y muchos hallazgos fuesen inmediatamente sepultados en los archivos secretos vaticanos. 

Sin embargo, con el creciente laicismo de la sociedad, Roma fue perdiendo su poder y otros «vaticanos» comenzaron a exigir su parte del pastel. No podemos olvidar que cristianismo, judaísmo e islam comparten profetas o personajes como Moisés, Abraham o Jesús. Por lo tanto, cualquier hallazgo arqueológico que pudiese aportar alguna luz sobre la Biblia ya no era sólo jurisdicción vaticana. 

Sería demasiado largo detallar los episodios extraordinarios de la arqueología bíblica, como el descubrimiento de los manuscritos de Qunram, o el vergonzoso fraude del osario del hermano de Jesús, más similares a una novela de espionaje internacional que a controversias científicas. En este momento prefiero limitarme a Egipto. 

Con el paso de los años, la arqueología bíblica fue independizándose del monopolio vaticano y adquiriendo tintes de especialidad científica. Y los arqueólogos bíblicos llegaron a un acuerdo muy lógico. Su función no sería buscar pruebas que avalasen la credibilidad del texto evangélico, sino que contextualizarían (y si fuese preciso rebatirían) el mundo descrito en la Biblia. 

Como bien dice Edesio Sánchez Cetina, el objeto del arqueólogo es hacer ciencia, no teología. Sin embargo, a medida que uno profundiza en los hechos, siente cómo su fe se va mermando y las dudas le corroen el alma. ¿Y si las cosas no son como me han contado?


domingo, 29 de marzo de 2020

EL HOMBRE DE HIELO DE BOLZANO MURIÓ EN UN RITUAL



Hace 5.300 años, en el período Neolítico, entre los Alpes y el Valle de Ortz, Europa, Murió. En el año 1991 dos alpinistas descubrieron al "hombre de los hielos", que reposa desde 1998 en el Museo Arqueológico del Tirol, en Bolzano, Italia. 

Ahora el arqueólogo Johan Reinhard asegura en la edición de febrero de la revista National Geographic que "Oetzi" —como bautizaron a la momia en Bolzano —murió en un "sacrificio ritual" ofrecido a los dioses de las montañas.

El "hombre de los hielos" tenía una flecha clavada en la espalda. Llevaba un hacha en el cinto, flechas en el carcaj y un sombrero de piel de oso. Había estado construyendo un arco de madera de pino, que no logró terminar. En 1991 lo encontraron tendido en una angosta zanja llena de hielo y barro. Era una momia de la Edad de Bronce, que conservaba el pelo completo y los tejidos húmedos. 

El año pasado, los científicos descubrieron que "Oetzi" murió cuando una flecha con punta de piedra lo hirió en la espalda, desmintiendo así la idea de un posible cazador perdido y congelado en un paso montañoso. Ahora el arqueólogo Reinhard cree que "Oetzi" no fue un cazador, sino una presa. La víctima de un asesinato ritual ofrecido a los dioses que, según la religión de esos tiempos, vivían en las grutas de los Alpes a 3.000 metros de altura.

"El sitio donde lo encontraron no es una zanja sino un lugar sagrado, este paisaje tenía importancia ritual", dice Reinhard Estudiando las evidencias, Reinhard notó que el "hombre de los hielos" había dejado todas sus cosas cuidadosamente dispuestas sobre una saliente de la montaña. Sólo 2 de sus 14 flechas estaban terminadas, no le servían para defenderse. Nadie robó su hacha de bronce —una herramienta de gran valor para la época— que estaba enterrada junto a él. Además usaba un calzado hecho de hierbas y cuerda de cáñamo, totalmente inadecuado para la montaña. La teoría de Reinhard ya causa polémicas. 

El antropólogo austríaco Horst Seidler, miembro de la Universidad de Viena y director del comité científico que investiga a "Oetzi", no cree que haya evidencia alguna sobre el supuesto asesinato ritual. "En realidad, no tenemos la menor idea de por qué lo mataron", admite Seidler.

Seidler opina que Reinhard repite ahora su teoría del sacrificio ritual porque está influenciado por sus propios descubrimientos anteriores en Sudamérica. Recientemente, Reinhard encontró en la Cordillera de los Andes varias momias de niños sacrificados por los Incas. 

Pero Reinhard asegura que las evidencias están de su lado. Montaña abajo había sitios más favorables para un asesinato común. Las hojas que se encontraron junto a "Oetzi" indicarían que su muerte fue al final de la primavera o comienzos del verano, no iba a congelarse rápido. El polvo que tenía entre sus ropas indica que alguien lo enterró bajo una capa de tierra y piedras, para que se secara y momificara naturalmente, antes de que los glaciares alpinos lo cubrieran en el invierno. Reinhard destacó que hace más de 2.000 años los antiguos Celtas mataban a flechazos. La caña de la flecha no está en el cuerpo, es improbable que "Oetzi" pudiera arrancársela él mismo. Tenía entre 45 y 50 años, medía 1,65 metros de altura, pesaba 40 kilos y usaba utensilios de cobre, un signo de alto nivel social. 

Según Reinhard, "era un artesano del cobre que sacaba el metal de la montaña". Las montañas eran "la fuente del rayo" y una flecha era también algo parecido a un rayo, según los rituales religiosos. Pero el antropólogo Seidler cree que es mejor esperar a tener más evidencias. Un patólogo examinará a "Oetzi", que está congelado a seis grados bajo cero y con 98 por ciento de humedad en el museo de Bolzano.

Seidler opina que los estudios científicos permitirían saber si "Oetzi" murió por pérdidas de sangre; si su costado izquierdo se paralizó por el daño causado por la flecha, y si podría haber huido de sus enemigos hasta morir a la intemperie en la cumbre de la montaña.

"En realidad, no sabemos si este hombre murió horas o días después de haber sido herido por la flecha", dice Seidler. Y agrega: "lo único seguro es que llegó a ese paso de montaña, se acostó sobre un costado de su cuerpo para dormir o para tratar de recuperarse. Y en esa posición, murió congelado".






¿QUIÉN FUÉ CARLOS CASTANEDA?

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