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jueves, 14 de mayo de 2020

MANUEL CARBALLAL: VIAJE PERSONAL AL CANDOMBLÉ


No era la primera vez, ni la última, que visitaba un terreiro. Pero en esta ocasión las gestiones para acceder al lugar de culto habían sido lentas y complejas. Para los seguidores del candomblé, en este caso mayormente emigrantes brasileños, se trata de una auténtica religión. Una religión profesada con absoluta entrega y devoción que, como toda forma de religión, merece nuestro más absoluto respeto.


Un amigo de un amigo del esposo de la "Mae de_Santo" había intercedido para que pudiésemos asistir aquella noche a la celebración. No nos dieron dirección ni seña alguna para localizar el terreiro, sino que nos citaron por la tarde en el centro de Lisboa con un personaje de aspecto desaliñado y poco tranquilizador. Él habría de conducirnos al terreiro donde se invocaría a los loas del candomblé.

Esta aureola de misterio es comprensible teniendo en cuenta que, si ya en Cuba o Brasil estas religiones han sido despectivamente criticadas por los intelectuales, en Europa tales prácticas son consideradas absurdas supersticiones de ignorantes por parte de la Iglesia y los racionalistas componentes de nuestra "élite cultural". 

Entendería más aún esta prudente discreción de no permitirnos conocer la ubicación del terreiro, al encontrarme en el mismo importantes personajes de la cultura y la economía portuguesa. Personajes que públicamente podrían mostrarse indiferentes con estas "supersticiones africanas" pero que en realidad profesaban tiernamente la fe del candomblé.

Salimos de Lisboa en dirección al norte, y al cabo de una media hora dejamos la autopista y comenzamos a circular por carreteras secundarias. Estoy seguro de que aquel rodeo por caminos vecinales tenía como objeto desorientarnos. En lo que a mí respecta, lo consiguió. Cuando por fin llegamos a nuestro destino ya había comenzado a oscurecer. Sinceramente, yo no tenía ni la más remota idea de dónde me encontraba.

El terreiro estaba en lo alto de un monte cercano a la costa pero ignoro que monte y en que parte de la misma.

La finca era bastante grande y estaba totalmente cercada. En su centro se encontraba una gran casa de aspecto colonial. A lo largo de varias docenas de metros, en la parte frontal de la finca, se amontoban numerosos coches. La mayoría, vehículos lujosos con matrícula de Lisboa. Poco después me sorprendería al descubrir que muchos de los devotos asistentes al candomblé pertenecían a las clases sociales más acomodadas. Incluso reconocía a los propietarios de un importante semanario de la capital.

El recelo inicial y las miradas de desconfianza se tornaron en minutos en una acogedora hospitalidad. Lejos de ser esa celebración oscura y satánica que muchos imaginan, el ritual de brujería afro-brasileña es, por el contrario, colorista, luminoso y abierto.


Desde el instante en que franqueamos la puerta principal pudimos contemplar en habitaciones, salas o al aire libre, infinidad de pequeños altares donde se encontraban todos y cada uno de los loas del candomblé. Así, Oxan, orixá de los rayos, Yarsán, orixá del viento, Yemanyá, orixá del mar, o u Oxissí, orixá de la caza, entre otros, disfrutaban de un pequeño rincón particular en el terreiro donde los devotos del ritual podían rendirles culto o pedirles sus favores.

Minutos antes de las 17.00 h comenzaron a hacer su aparición los "Fillos de Santo" —especie de médiums que ayudarán al "Pai o Mai de Santo", sacerdote, en el transcurso del candomblé— y los fieles y creyentes que acudían a la ceremonia cual católicos que asisten al rosario.

Entre sonrisas cordiales y alguna que otra inquisitiva mirada de desconfianza hacia los intrusos que éramos nosotros, los "Fillos de Santo" se cambiaron, sustituyendo sus trajes o vestidos de calle por resplandecientes ropas blancas con las que se efectúa el ritual. Por fin, a las cinco de la tarde hizo su aparición la suma sacerdotisa de la celebración, la "Mai de Santo". Una robusta mujer de ojos limpios y sonrisa sincera que nos invitó a acompañarla a la amplia sala donde tendría lugar el ritual, situándonos a la derecha de su "trono". A su izquierda se encontraban los tres tambores assotor. Por fin, a un gesto suyo, comenzó el candomblé.

Los inciensos fueron encendidos, los tambores empezaron a bramar y, uno a uno, los "Fillos de Santo" comenzaron a entrar en la sala, moviéndose al ritmo de la música y postrándose ante el trono de la "Mai", saludándola y arrodillándose en señal de adoración a los loas. El espectáculo era impresionante. Más de una veintena de hombres y mujeres de todas las edades y estatus sociales, danzando al ritmo de los tambores y esperando la llegada de los loas que habrían de "cabalgarlos" —poseerlos—. Por fin, la "Mai", levantándose de su trono, va tocando la frente de sus "hijos" con su diestra. Cada discípulo tocado comienza a danzar aún más frenéticamente, saltando, arrojándose al suelo, convulsionándose. Hasta tal punto que tres o cuatro hombres, también vestidos de blanco, que permanecían al margen de la celebración como vigilantes, han de intervenir para impedir que los danzantes, ahora ya "cabalgados por los loas" se dañen a sí mismos.

Finalmente, al cabo de un buen rato, poco a poco y uno por uno, los "Fillos" son abandonados por los espíritus y se arrodillan en círculo alrededor de la "Mai". Todos alzan la diestra hacia la sacerdotisa. Después me explicaría uno de ellos que era para cederle parte de su energía personal, a fin de que pudiese soportar la incorporación en su cuerpo de un espíritu tan poderoso, y cierran los ojos concentrándose.

De repente, la voluminosa mujer sufre unas bruscas convulsiones, grita, y su voz y su rostro parecen cambiar. Intuimos que algo extraño está ocurriendo. Efectivamente. Enseguida comienza a hablar. Mi portugués no es lo suficientemente bueno como para entender lo que dice más que a frases sueltas. Pregunto a alguien y me responde que ha entrado en el cuerpo de la "Mai" Pombayira, la mujer de los siete maridos.

Es fascinante observar cómo la "Mai" cambia su conducta en función de los rasgos que caracterizan al supuesto espíritu que la posee. Así, cuando penetra en ella Pombayira, comienza a fumar un cigarrillo a través de una larga boquilla de nácar, mientras se pasea la sala mirando coquetamente a todos los hombres presentes, especialmente a nosotros. Cuando, apenas una hora después, es Ogún Guerrero quien entra en el cuerpo de la mujer, ésta adquiere sus atributos; toma un gran cigarro y blande un machete con asombroso dominio, como si verdaderamente estuviésemos ante un experimentado guerrero africano.

Así van transcurriendo las horas, y dos o tres loas más "cabalgan" o "Mai". En un momento determinado, es Boyadero, espíritu de un gaucho argentino, quien entra en escena. Toma sus atributos; el lazo, el sombrero, el puro... Entonces podemos presenciar un fenómeno fascinante.

Una de las características del candomblé —y de otras religiones afroamericanas— es que el creyente no necesita intermediarios para comunicarse con la divinidad. El devoto puede enfrentarse cara a cara un sus dioses —que en realidad no vienen a ser más que representaciones de los diferentes atributos de un Dios único— y plantearle sus ruegos y súplicas directamente. Y eso fue lo que ocurrió.

Una mujer de unos 35 años, al parecer especialmente devota de este loa gaucho, solicitó sus favores. Por lo que pude averiguar después, esta mujer había sufrido un grave accidente que le había dañado seriamente la pierna derecha, hasta el punto de que se le hacía muy difícil caminar por sí sola.

Ayudada por dos "Fillos de Santo", fue conducida al centro del terreiro, donde la esperaba la "Mai" cabalgada por el loa. A pesar de que intenté agudizar el oído, no pude escuchar lo que la creyente explicaba a la médium, mientras la "Mai" la abrazaba acogedoramente. En todo momento, el supuesto espíritu, a través de la médium que han cabalgado, se mostraba amoroso con la mujer. Fruncía el entrecejo mientras escuchaba su problema, como si verdaderamente lamentase el dolor que sufría su devoto.

Entonces, comenzó a imponer las manos, y después a frotar enérgicamente la pierna herida. De vez en cuando se levantaba y propinaba fuertes abrazos a la mujer, que se dejaba hacer sin oponer resistencia. Más tarde me explicarían que de esa manera el loa estaba transmitiendo energía al miembro enfermo.

Después de unos minutos, la mujer empezó a doblar un poco la rodilla y volvió por sí misma a su asiento. Cuando, horas después, concluyó la sesión, yo mismo vi a esa mujer abandonar el terreiro por sus propios pies. Una visible cojera y las muletas que llevaba en la mano eran lo único que quedaba de su aparente discapacidad. Ignoro si aquella curación fue un fraude elaborado para intentar engañarnos, aunque no se me ocurre un móvil para tal engaño. Pero de no ser así, habíamos presenciado una curación instantánea absolutamente desconcertante.

Para los creyentes, aquella sanación no tenía importancia. Estaban acostumbrados a ver curaciones similares. Era la energía del loa la que la había recuperado de su mal, y no había más que hablar del tema. Y lo cierto es que, justo después de que Boyadero desmontase a la "Mai", pude contemplar algo interesante.

Cada vez que un loa desmontaba a ésta para dejar paso a otro espíritu, ella daba una vuelta al salón bailando al ritmo de los tambores y entraba durante unos instantes en una sala adjunta escondiénse de nuestra vista tras un cortinón. Esta vez no resistí la curiosidad y con todo disimulo, la seguí hasta la cortina que ocultaba la habitación vecina. Llegué en el instante en el que la obesa mujer caía por tierra mientras los "fillos" intentaban sostenerla. Según me explicarían después, en el momento que el loa deja el cuerpo, la sacerdotisa carece de energía suficiente por sí misma para soportar la brutal prueba física que supone una sesión. Y realmente yo no podía entender cómo mujer de más de 100 kg era capaz de resistir tantas horas saltando y bailando frenéticamente sin derramar una sola gota de sudor.

Pude tomar solo una fotografía de la "Mai" desplomada, porque su recuperación fue casi inmediata. Y un minuto después salía del cuartito sonriente y pletórica de energía, danzando al ritmo de los tambores. Un nuevo loa llegaba a la reunión.

Cuando llevábamos ya cinco horas de celebración entró, por lo que vi, el mis esperado de los loas en su cuerpo: Ibejí, orixá de los niños. La voz de la sacerdotisa se torna infantil y su mirada se hace traviesa e inquieta. Alguien le alcanza una pequeña guitarra de juguete e ibejí canta y baila hasta que dos de las cuerdas del instrumento se rompen. Ciertamente resulta fascinante contemplar aquellos 100 kg de mujer saltando y cantando como si de una auténtica niña se tratase después de seis horas de frenética actividad.

Acto seguido, Ibejí se sentó y  comenzó a hablar a sus devotos de lo humano y lo divino. Por lo que pude entender, recriminaba a algunos por su comportamiento, y prometía un más allá dichoso para todos, amparándose en el amor.

L0 que aún era más impresionante, más aún que la sanación, más que la inexplicable resistencia física de la mujer, que ni tan siquiera había sudado un poco tras las seis horas de ritmo diabólico al son de los siempre presentes tambores, era la ternura y sincera devoción con que los presentes escuchaban absortos las palabras de Ibejí que, según su fe, había venido del otro mundo, a través de "Mai", para traerles su mensaje de amor y esperanza.

Cuando por fin, al filo de las once de la noche, los tambores dejaron de sonar, salí de la sala y respiré hondo. Yo mismo había comenzado a sentir cómo el ritmo frenético e incontrolado empezaba a dominarme. Un rato más y quizás, sólo quizás, yo mismo habría sido también cabalgado por el anárquico espíritu del candomblé.

Estoy absolutamente convencido de que tras esos ritmos frenéticos, las flores, las danzas y los cánticos candomblés, se ocultan fenómenos auténticos que merecen una atención inmediata de los investigadores. La sola posibilidad de que tras esos ritos más o menos pintorescos se oculten nuevas técnicas de curación de enfermedades justifica una investigación científica.

Y es que, al margen de toda polémica, algunos curanderos y sanadores de casi todas las culturas han demostrado que —no sólo en trastornos de origen psicosomático— pueden llegar a curar con sus ritos, pócimas, masajes o remedios naturales, dolencias ante las cuales la medicina convencional habría fracasado. Y no es necesario acudir a exóticos países del otro lado del océano o a las ignotas selvas africanas para encontrarlos. En occidente también existen brujos, curanderos y sanadores que merecen nuestro interés. 




lunes, 20 de abril de 2020

LA TUMBA DE TUTANKAMON


Una de las tumbas del Valle de los Reyes merecía toda mi atención. Con razón, uno de los mayores misterios de Egipto está vinculado inequívocamente con ella: la tumba de niño-faraón Tutankamon. 

La maldición de Tutankamon comenzó, según la leyenda, el 4 de noviembre de 1922, cuando Howard Carter descubrió el primer peldaño de la última de las sesenta y cuatro tumbas descubiertas en el Valle de los Reyes, que además permanecía intacta.


Carter era un tipo duro y austero, como pude comprobar al visitar su humilde casa, que aún se conserva en el cruce de la carretera de Deir Al-Bahri con la que llega desde el templo de Seti, muy cerca del valle. Llevaba años viviendo en Egipto y había aclimatado su cuerpo a las durezas del desierto. No malgastaré espacio en relatar el descubrimiento de la tumba, ya que existe una abundante bibliografía al respecto. Sólo añadiré que desde su hallazgo se desataron todo tipo de leyendas infundadas, algunas tan lógicas como inexactas. Por ejemplo, llegó a decirse que la momia del faraón era en realidad la de una mujer, ya que no tenía pene, pero recientemente se descubrió el pene de Tutankamon, que se había desprendido de la momia a causa del mal trato que se le propinó por las prisas con que se vació la tumba debido a la repercusión mediática del descubrimiento. O la primera impresión de que el faraón había sido asesinado a causa de un golpe en el cráneo ha sido desestimada hace pocos meses, tras someter la momia a un nuevo análisis forense, aplicando la últimas tecnologías criminalísticas. Algo con lo que ni Carter ni su mentor, lord Carnarvon, podían soñar en 1922. De hecho, ésta es otra de las cosas que deberíamos tener presente todos los investigadores al enfrentarnos con el misterio. 

Ni creyentes ni escépticos podemos ser tajantes y concluyentes en nuestras conclusiones, ya que la imparable progresión de la ciencia pone a nuestra disposición cada año nuevos elementos tecnológicos y nuevos conocimientos científicos, que podemos aplicar a la investigación de los antiguos misterios. Por eso conviene ser prudente al negar o afirmar algo. Existen cosas inexplicadas, pero nada es inexplicable. Sólo es cuestión de tiempo y apertura de mente. Por mi trabajo en el campo de la criminología tengo la fortuna de convivir profesionalmente con criminalistas de absoluto prestigio, con los que he compartido mi fascinación por el mundo del misterio. Y sin duda la «maldición» de los faraones es un ejemplo excelente de cómo las modernas técnicas de la policía científica pueden ofrecernos respuestas a los enigmas que tanto inquietaron a anteriores generaciones. Si en lugar del equipo de Carter hubiese sido el CSI de Gil Grissom el que hubiese penetrado en la tumba de Tutankamon, aislando y procesando la supuesta «escena del crimen», tal vez se habrían salvado muchas vidas, ya que la «maldición» de los faraones habría sido aislada antes de «asesinar» a los profanadores. 

En realidad, un análisis desapasionado de los hechos nos mostraría que: 

—Lord Carnarvon y otros de los veinticinco presentes en el desprecintado de la tumba de Tutankamon fueron falleciendo inmediatamente después de la profanación.


—La gran mayoría de esos fallecidos, incluido Carnarvon, sufría algún tipo de trastorno respiratorio. 

—Carter, sus ayudantes egipcios y otros arqueólogos con experiencia en el trabajo de campo sobrevivieron a la maldición y cumplieron más de setenta años. 

Pienso que la respuesta está muy lejos de las fórmulas mágicas y esotéricas que decoraban las paredes de la tumba, y que tenían por objeto atemorizar a los profanadores, como los muñecos vudús aterrorizan al supuesto «embrujado». Los magos de los faraones, como Djedi, se habían ocupado de convencer a los creyentes de sus poderes sobrenaturales utilizando ingeniosos trucos de ilusionismo, y es probable que el temor a la maldición fuese una medida de seguridad suficiente en la época salvo ante los escépticos ladrones. Sin embargo, como si la madre naturaleza hubiese querido contribuir en la protección de aquellos monumentos, una auténtica «maldición» científica aguardaba a quienes osasen profanar el sueño del faraón sin estar capacitados para penetrar en las tumbas sagradas. Y esa maldición tiene nombre de bacteria: aspergirus. 

Este organismo fue detectado en la tumba de Tutankamon, como en otros recintos antiguos, en 1962 por el doctor Ezz Taha. Según me explicó mi admirado colega el doctor José Antonio García Andrade, con quien compartí durante años la vicepresidencia del Centro de Investigación y Análisis de la Criminalidad en Madrid, el aspergirus es un hongo microscópico que puede penetrar en las vías respiratorias y, en casos de gran concentración, causar una enfermedad llamada aspergilosis invasiva. Cuando esto ocurre, las esporas se reproducen en los pulmones y comienzan a atacar los riñones, el hígado, los huesos, el cerebro. La humedad de las tumbas egipcias, el calor y la concentración de microorganismos a lo largo de los siglos convirtió la cripta del faraón en el hogar de numerosas bacterias. Tal vez el CSI se habría percatado del riesgo, pero los arqueólogos británicos, y sobre todo sus inexpertos patrocinadores, no. Y eso les costó la vida. 

Carter, como por supuesto sus empleados egipcios, había desarrollado los suficientes anticuerpos durante su vida en el desierto como para resistir la infección del aspergirus, pero Carnarvon carecía de defensas. Sólo viajó a Egipto algunos inviernos, a causa precisamente de la afección respiratoria que padecía, como otras víctimas del «maleficio», y falleció pocos días después de asistir al desprecintado de la tumba y de ser presuntamente infectado por la «maldición» bacteriana de los faraones. Todavía hoy arqueólogos tan reputados como el mismísimo doctor Zahi Hawass toman sus precauciones antes de entrar en una tumba recién descubierta. «Acostumbro a no afeitarme el día que voy a entrar en una tumba cerrada. Lo hago porque te proteges mejor de los posibles gérmenes. Se lo recomiendo», dice el egiptólogo más influyente y famoso del mundo. 

Cuando salí de la tumba número 64 del Valle de los Reyes me sentía un poco decepcionado por el aspecto que presenta. No queda rastro del tesoro, ni de la maldición ni, por supuesto, del aspergirus. La tumba es más bien pequeña y desgarbada, y casi no hay nada que ver en su interior. La práctica totalidad del tesoro de Tutankamon se encuentra expuesta en el Gran Museo Egipcio de El Cairo. Sin embargo, me sentí satisfecho de poder tachar otro en mi lista de enigmas pendientes. Por supuesto, y aunque no haya misterio en la «maldición» de los faraones, la visita a todas las tumbas del Valle de los Reyes es recomendable, y también al Valle de las Reinas, e incluso al Valle de los Nobles. 

Pero todavía me quedaba mucho Nilo que recorrer, así que continué mi viaje río arriba. Así, ganando kilómetros hacia el sur, nos encontramos Esna, con su templo de Khnum, de marcada manufactura romana; Edfu, el templo de Horus, sus misteriosos Shemsu Hor y la descripción de los cuatro «reyes magos» que llevaban regalos al niño-dios-halcón cuando nació; o Kom Ombo y su templo del dios Sobek, que tan poca gracia me hace. Sin embargo, en el templo de Kom Ombo existen cosas interesantísimas, como en todos los demás. Tanto aquí como en Edfu, volví a localizar y a calcar «bombillas» como las de Dendera pero mucho más pequeñas. Además recomiendo prestar especial atención a la «mesa de cirugía», unos grabados en la parte exterior del templo, que muestrán el instrumental médico que utilizaban los antiguos cirujanos del faraón. 

Después de realizar un calco de esos grabados y mostrárselo a amigos cirujanos y forenses, no me cabe ninguna duda de que la inteligencia de los antiguos egipcios no tenía nada que envidiar a la nuestra. Menospreciar su creatividad, su inventiva y su capacidad intelectual es una pedantería ridícula. Por cierto, justo enfrente de la «mesa de cirugía» existe otro grabado interesante y que en su día incomodó mucho a algunos notables del Vaticano. Algunos guías lo presentan como los cuatro evangelistas, ya que adoptan las figuras animales que simbolizan a Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y resulta un poco difícil explicar qué hace una representación de los cuatro pilares del Nuevo Testamento en un templo egipcio. La solución del misterio es sencilla: en realidad es una representación de los cuatro confines del mundo en la mitología egipcia. Aunque esto es todavía más incómodo para la historia de la Iglesia, ya que alguien podría pensar que hasta las figuras alegóricas que representan a los evangelistas son «plagios» de una religión anterior al cristianismo... 

Por fin llegamos a Asuán, la otra gran capital egipcia. Durante siglos esta ciudad marcó el límite de la frontera con el África negra, con Nubia. Los egipcios de piel negra, los nubios, son una raza de una belleza física extraordinaria. Aquí puede visitarse el Museo Nubio, ideal para hacerse una idea de la historia de esta cultura y del papel que desarrolló en el Egipto de los faraones. En él se exponen algunas muestras de las ingeniosas técnicas y «tecnologías» desarrolladas por los agricultores nubios para canalizar las aguas del río y controlarlas en sus riegos. La enésima prueba de su ingenio e inventiva. Además, quienes no deseen pasar por el incómodo trayecto del desierto pueden contemplar en este museo algunos petroglifos neolíticos y muestras de arte rupestre que fueron trasladados desde sus ubicaciones originales. El maravilloso jardín botánico de la isla de Kitchener, los mausoleos del cementerio fatimí o el templo de Khnum en la isla Elefantina también son de obligada visita en Asuán. 



LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA


Volar hasta Alejandría desde el aeropuerto del Sinaí es un poco traumático. El silencio y la paz del desierto contrastan con el frenesí de la circulación, el comercio y el caos de la gran ciudad. Y es que Alejandría es la más occidental de las capitales egipcias.

En comparación con cualquier otra ciudad del país, la presencia faraónica ha ido perdiendo puntos ante la influencia de las culturas mediterráneas. Sin embargo allí se ubicó, en algún momento de la historia, la capital cultural y científica del planeta.


El legendario Faro de Alejandría, otra de las siete maravillas que no consiguió sobrevivir a la estupidez humana, sin duda simbolizó la luz de la ciencia en el oscuro océano de la superstición, que desde el extremo norte de Egipto irradió a todo el mundo conocido de la época.

A pesar de las contradicciones y las leyendas que rodean a la Biblioteca de Alejandría, la versión más aceptada es que fue fundada por Ptolomeo I, y que durante siglos fue engrosando sus archivos con la mayor colección de pergaminos y documentos del mundo antiguo. Aunque, en realidad, no era una biblioteca, sino más bien un gran museo del saber, un inmenso laboratorio científico y un archivo documental a la vez.

Constaba de diez grandes piezas o salas para investigación, cada una de ellas dedicada a una disciplina diferente, muy rica y abundante en la mayoría de estas secciones y sobre todo muy completa en literatura griega. Una comunidad de poetas y eruditos era la encargada de mantener el buen nivel y trabajaban en ello con total dedicación, como sacerdotes de un templo. En realidad se consideraba el edificio del museo como un verdadero templo dedicado al saber. No es de extrañar que cuando preguntaron al famoso divulgador Carl Sagan a qué lugar del pasado le gustaría viajar en una hipotética máquina del tiempo, respondiese que a la Biblioteca de Alejandría. Yo le acompañaría gustoso.

Ptolomeo I encargó al poeta y filósofo Calímaco la tarea de la catalogación de todos los volúmenes y libros. Fue el primer bibliotecario de Alejandría. En estos años las obras catalogadas llegaban al medio millón. Era tal la ansiedad por recopilar todo el saber conocido que cuando los navíos comerciales arribaban a Alejandría, la «policía» de Ptolomeo los registraba no en busca de contrabando sino en busca de libros o documentos que confiscar para que engrosasen los archivos del museo. Se sugiere que llegaron a engrosar los archivos de la biblioteca hasta novecientos mil volúmenes en tiempos de Marco Antonio y Cleopatra. Desde luego muchos más que la celebre Biblioteca de Cartago, insignificante en comparación con la alejandrina. 



Al millón de volúmenes que casi alcanzó la biblioteca debemos añadir muestras botánicas, un zoo extraordinario, piezas arqueológicas, inventos tecnológicos, etc. Probablemente nunca antes, ni después, había estado tan bien representado el saber científico, filosófico y tecnológico de la raza humana en un solo lugar. Por esa razón filósofos, matemáticos, ingenieros y hasta un centenar de pensadores y sabios trabajaron en sus laboratorios. Entre ellos Arquímedes o Euclides, que desarrolló allí su geometría; Hiparco, padre de la trigonometría; Aristarco, que descubrió el movimiento de la tierra y los planetas alrededor del sol; Eratóstenes, que escribió una geografía y compuso un mapa bastante exacto del mundo conocido; Herófilo, el fisiólogo que ubicó la inteligencia humana en el cerebro y no en el corazón; los astrónomos Timócaris y Aristilo; Apolonio de Pérgamo, el gran matemático; o el extraordinario Herón de Alejandría, al que me he referido anteriormente.

Por más que me esfuerzo, no consigo comprender por qué algunos compañeros de la AAS y otras asociaciones similares utilizan piezas arqueológicas, como la «máquina» de Antiquitera para apoyar sus teorías sobre una tecnología no humana en el pasado, cuando Herón de Alejandría superó mil veces esa tecnología con sus inventos.

La «máquina» de Antiquitera fue descubierta en 1900 por el buzo Elias Stadiatos, quien se encontró a cuarenta metros de profundidad, y en las proximidades de la isla griega de Antiquitera, los restos de un antiguo naufragio. Las inscripciones en griego permitían fechar el objeto en el siglo I a.C. Y aunque en principio se creyó que se trataba de un astrolabio, la complejidad del mecanismo era demasiada para eso.

En el número de junio de 1959 la prestigiosa revista Scientific American publicó un artículo de Derek de Solla Price apuntando que el sorprendente mecanismo de Antiquitera debía ser una primitiva computadora astronómica, a partir de las inscripciones con referencia al zodiaco, cuerpos celestes y a los meses del año. Estos contadores son singulares por presentar claras marcas periódicas, y si inferimos la existencia de punteros móviles, esto establece al mecanismo de Antiquitera como el instrumento científicamente graduado más antiguo que conocemos.

Según los análisis realizados con rayos X, la «máquina» de Antiquitera es un sofisticado entramado de engranajes creados y dispuestos para indicar las posiciones del sol y la luna de acuerdo con el calendario. Con frecuencia los estudiosos del pasado caen en el error de centrar sus conjeturas en la anécdota en lugar de contemplar el conjunto.

Observado como si fuese una anomalía, fuera de contexto, el mecanismo de Antiquitera podría parecer obra de una tecnología no humana. Pero no es así. En el mismo Mediterráneo, no tan lejos de las islas griegas, otros sabios contemporáneos diseñaban máquinas tecnológicas tan sofisticadas o más que la descubierta por Elias Stadiatos.

En los laboratorios del Museo de Alejandría, el genial Herón construía cajas de engranajes y hasta aparatos de vapor asombrosos. El fue el autor de la primera obra conocida sobre robots: Autómatas. Su otra obra, Pneumática, enunciaba aplicaciones de la ciencia a la tecnología que me atrevería a equiparar a Leonardo da Vinci o al genial Imhotep, el arquitecto que «inventó» las pirámides. Herón fue el creador de «juegos» mecánicos, como su famoso teatro de autómatas movilizados por medio de piezas metálicas, engranajes y palancas. Sus múltiples ingenios y dispositivos, como la dioptra y el odómetro (sistema de engranajes combinados para contar las vueltas de una rueda) o del aeolipile (que permite la transformación de energía térmica en mecánica, precursora de la máquina de vapor), lo sitúan en un lugar destacado dentro de la historia de la tecnología.

En otro tiempo en que las dictaduras tiranas no limitasen los descubrimientos de Herón a un pasatiempo para los gobernantes, ya que ninguno de ellos se preocupaba por mejorar las condiciones de vida de sus pueblos, Herón habría sido un Einstein, un Edison o un Newton. Y haría milenios que viajaríamos en tren. O quizá en globo...

Herón de Alejandría, además, fue el primero en alertar sobre cómo la tecnología era utilizada por los sacerdotes de Grecia o Egipto para falsear supuestos prodigios sobrenaturales con los que manejar la fe de los creyentes. No es justo hacer caer en el olvido a los sabios de Alejandría y al conocimiento científico y tecnológico que alcanzaron para argumentar que nuestros ancestros jamás alcanzaron un desarrollo intelectual que justifique el legado arquitectónico o tecnológico que nos dejaron.

No sé si las «pilas» de Bagdad son pilas, ni si la «máquina» de Antiquitera es un ordenador, pero a la luz del conocimiento que existió en Alejandría, tampoco me supondría ningún conflicto histórico aceptarlo. Y no necesito a ningún «dios» extraterrestre para ello. Poco a poco científicos audaces, que no temen considerar supuestos mitos del pasado, y experimentarlos, están demostrando que algunos relatos que nos llegaron en aquellas crónicas reflejaban sucesos y conocimientos científicos exactos. Por ejemplo, la leyenda de que el gran Arquímedes, el matemático más genial de la historia, había diseñado armas capaces de incendiar los barcos romanos que asediaban su Sicilia natal no es un mito.

En 1973 el ingeniero griego Ioannis Sacas decidió investigar el relato de Cicerón sobre los inventos de Arquímedes y reconstruyó su «arma incendiaria secreta». Se trataba de setenta espejos de bronce, de ciento setenta por setenta centímetros, que Sacas reconstruyó fielmente. Los colocó en la orilla y a sesenta metros de distancia situó un pequeño barco de madera. Concentrando los rayos del sol sobre el barco, con los espejos, éste tardó sólo tres minutos en incendiarse.

La ciencia y la tecnología evolucionaron en el Museo de Alejandría durante siglos. Al menos hasta el año 48 a.C. cuando, durante la guerra entre Roma y Egipto, un incendio arrasó parte de la ciudad de Alejandría. Fue el principio del fin. En aquel incendio se perdieron obras de un valor incalculable.

Los archivos que sobrevivieron fueron destruidos nuevamente, tiempo después, por la reina siria Zenobia primero, y por la invasión de los árabes después. A partir del 619 ya prácticamente no quedaba nada de la legendaria Biblioteca de Alejandría. Y con su desaparición, toda la raza humana perdió parte de su memoria colectiva y la posibilidad de haber evolucionado mucho más deprisa en nuestro conocimiento científico.

Al igual que con la destrucción de la Biblioteca de Cartago, la desaparición de los archivos alejandrinos nos sumió en una ignorancia sobre la historia de nuestra civilización que algunos han intentado suplir recurriendo a «dioses» instructores llegados desde el espacio o desde civilizaciones anteriores ya desaparecidas. Yo no sé si esas teoría son reales o no, pero mientras lo averiguo prefiero mantener la fe en el ser humano y pensar, mientras no me demuestren lo contrario, que la misma habilidad, el mismo ingenio y la misma inventiva que he visto en los nómadas de todo el planeta, en los cazadores y pescadores del Tercer Mundo, o en los artesanos de los países «subdesarrollados», ya era conocida por sus ancestros. Me parece más honesto que considerar a todos los humanos anteriores a nuestra cultura como ignorantes incapaces del menor genio creativo. No veo justo despreciar así a nuestros ancestros. Sobre todo si quienes lo hacen no poseen, como mínimo, la misma capacidad intelectual que un Herón de Alejandría, un Leonardo da Vinci o un Imhotep.

Ignoro si es la influencia de los antiguos sabios de la Biblioteca de Alejandría, o el legado dejado en el ambiente por tantos siglos de cultura, pero el delta del Nilo es un buen lugar para reflexionar y para leer. O más bien para leer y reflexionar sobre lo leído. Y quizá fue la inspiración de aquellos pensadores (yo soy mucho más zoquete) la que me hizo percatarme de una cuestión que venía barruntando en mi lista de misterios pendientes. ¿De verdad los antiguos egipcios tenían bombillas eléctricas? Y si fuese así, ¿serían obra de los «dioses» extraterrestres o de sabios como Herón? ¿Es cierto que no existen restos de hollín en las grutas, galerías y cámaras subterráneas de los faraones egipcios?

La inspiración me llegó hojeando, por enésima vez, el ejemplar de la Description de l'Egypte publicada por Napoleón tras su expedición a Egipto, que había comprado en Luxor. Las ilustraciones de Vinant Denon y de otros dibujantes que acompañaron al emperador francés son el «álbum» de fotos de la expedición napoleónica. Y entre las mil siete páginas del grueso volumen, de la edición de Taschen de 1994, encontré varias ilustraciones en las que aparecen los exploradores franceses y sus guías egipcios, recorriendo las galerías de la pirámide con velas y teas encendidas (pág. 474), y hasta fumándose una pipa en el interior de una cripta (pág. 119). Y no son las únicas. Otros ilustradores, como Luigi Mayer, por citar sólo uno, habían reflejado lo que vieron en sus viajes; es decir, a los exploradores recorriendo las galerías de las pirámides y los templos con antorchas. Lógico. Es algo tan obvio que hasta da pudor escribirlo.

Pero, lamentando contradecir a mis compañeros de la AAS, sospecho que su afirmación de que no existen rastros de hollín en las cámaras subterráneas se deba más al entusiasmo por fortalecer la teoría de las bombillas eléctricas que a la realidad. De lo contrario el misterio estribaría en averiguar cómo es posible que durante siglos todos los exploradores, ladrones de tumbas, arqueólogos, etc., hayan utilizado velas y antorchas para explorar todos los túneles, grutas y criptas de Egipto y ninguno de ellos haya dejado rastros de hollín. Yo mismo adoro las velas, y con mucha frecuencia utilizo velas como decoración en mi casa. Sin embargo, los restos de hollín, cera o humo no son detectables a simple vista, como ocurre en los monumentos egipcios.

Creo no decir ningún disparate si sugiero que, evidentemente, si el CSI de Gil Grissom analizara esos monumentos encontraría restos de hollín por todos lados. La seductora teoría de que los antiguos egipcios utilizaban bombillas eléctricas para iluminar el interior de los monumentos comenzaba a tambalearse.



EL VALLE DE LAS REINAS Y DE LOS REYES


En Egipto, por alguna extraña razón, no se suele dormir demasiado. Quizá porque hay tantas cosas que ver, que sentir, que experimentar, que uno no se permite perder el tiempo. Al menos eso me pasa a mí, que a primera hora ya estaba despierto y esperando que abriesen las puertas del templo de Karnak, el recinto religioso más grande del planeta tierra. En ningún otro lugar del mundo se ha dedicado una mayor superficie de espacio a un conjunto de templos, capillas, estatuas, altares y criptas erigidos a los dioses. Y supongo que es por esa magnitud religiosa, casi treinta y cinco kilómetros cuadrados, por lo que circulan tantos rumores y leyendas sobre las supuestas «energías sutiles» que impregnan algunas de aquellas estatuas y criptas, provocando todo tipo de fenómenos anómalos.


Desgraciadamente, yo soy un zoquete para la percepción de esas «energías sutiles», cuya definición tampoco termino de comprender. Sin embargo, y aunque me muestro prudentemente escéptico al respecto, intento no desestimar una teoría antes de, por lo menos, intentar contrastarla. Y en Karnak eso no es difícil. Todo el mundo sabe cuáles son las estatuas que supuestamente tienen «poderes» o cuáles las «criptas» que hipotéticamente velan los carretes fotográficos. Así que no cuesta nada tirar un par de fotos. Por suerte o por desgracia mi cámara fotográfica es tan escéptica como yo y captó, obediente, todas las imágenes que yo seleccionaba a través del objetivo.

Sin embargo, justo es reconocer que la humedad del ambiente, el polvo de algunas tumbas, el calor, etc., sobre todo en algunas criptas especialmente incómodas, como la de mi querida Sekhmet, o el nerviosismo que pueden inspirar en el creyente ciertas estatuas, podrían explicar que, en ocasiones, las fotos no sean tan fáciles de tomar como uno querría. Aunque más por un fallo humano o mecánico que por una causa paranormal.

Antiguamente, aquí se situaba la ciudad de Tebas, y aquí fue donde el primer ilusionista de la historia, Djedi, fascinó al faraón Keops con sus efectos mágicos. También en Tebas se rendía culto a la trinidad formada por Amón (el Oculto), Mut y Khonsu. La misma trinidad a la que estaba consagrado el extraño templo que pudimos visitar en el perdido oasis de Al Dakhla y que conservaba aquella atípica representación de Horus. Los obeliscos de Hatshepsut, las «estatuas vivas», la gran sala de Tutmosis III... Hay tantas cosas para ver en el templo de Karnak que un viajero podría pasar muchos días y noches en ese lugar. Pero nuestro viaje debe continuar, y antes de abandonar Luxor es imprescindible visitar los valles de las Reinas y de los Reyes. Allí, y no en las pirámides, es donde se han encontrado las momias de los faraones y su maldición...

El Valle de los Reyes o «gran plaza de la verdad» se encuentra al otro lado de la montaña piramidal de Al Qurn, justo detrás del templo de Hatshepsut. Aún no hay consenso sobre cuál fue el primer faraón que decidió ser enterrado en aquel árido valle, que en el mes de agosto parece una sucursal del infierno. Quizá fue Tutmosis I (1504-1492 a.C.). Después, entre otros, Tutmosis III y IV, Horemheb, Siptah, Menefta, Monthuhirkhopshef, Seti I y II, Siptah, Amenofis II, Sethnakht, los Ramsés I, III, IV, VI o el célebre Tutankamon fueron enterrados en ese mismo lugar. Y bajo esas arenas ardientes, bajo ese sol homicida, quedan muchas tumbas que serán descubiertas por los arqueólogos en los próximos años... Suponiendo que algunas no hayan sido descubiertas ya, aunque dichos descubrimientos continúen en la reserva de reclamos publicitarios, esperando el momento oportuno de ser divulgados...


El Valle de los Reyes figuraba en mi lista de tareas pendientes. Según Erich von Dániken y los imitadores que le sucedieron, en muchas de esas tumbas existían pinturas y jeroglifos que representaban a los «dioses» extraterrestres con una apariencia que recordaba tanto a los modernos astronautas como los jeroglifos de Abydos recordaban a máquinas modernas. Por no hablar de uno de los misterios por antonomasia de Egipto: la maldición de los faraones, cuyo origen se encuentra precisamente allí, en el Valle de los Reyes.

Cada una de esas tumbas es distinta a todas las demás. Sin embargo, hay patrones que se repiten en cada dinastía. Las de la XVIII eran contraídas con un eje norte-sur, pasadizos y cámaras similares, etc. En la XIX dinastía el eje se endereza hasta la orientación este-oeste, se sustituye el mortero por puertas de madera para sellar las galerías, etc. En la dinastía XX la estructura funeraria se simplifica y las tumbas son más pequeñas, etc. Pese a ello, todas aparecen ricamente decoradas con textos extraídos del Libro de los Muertos y con bellos relieves, pinturas y jeroglifos.

Como no podía ser de otra manera, los entusiastas miembros de la AAS y los defensores de la intervención alienígena en el pasado descubrieron muchas imágenes de supuestos «dioses» no humanos en esas tumbas. En la tumba de Ramsés VI (la número 9), por ejemplo, la decoración de la cripta presenta escenas del Libro de las Puertas, el Libro de las Cuevas y, por primera vez, el Libro de la Tierra. Ahora bien, existen unas imágenes que, arrebatadas de su contexto, han sido reproducidas una y otra vez en libros o publicaciones sobre misterios del pasado. Se trata de unos extraños personajes que aparecen acuclillados y provistos de unas cabezas perfectamente redondas. No más redondas que los dibujos rupestres del desierto de Gilf Kabir, o las de Tassilli, o las de Mauritania.

Por supuesto, quien se acerca al Valle de los Reyes buscando pruebas de que astronautas extraterrestres visitaron el Egipto faraónico verá en esas imágenes a los «dioses» de los que hablaba Dániken. Sin embargo, omitirá que en esa misma tumba aparecen otras escenas y personajes «oníricos» como hombres decapitados, monstruos de dos cabezas, etc... ¿Significa que todos esos dibujos representaban escenas reales? ¿O se trata sólo de símbolos?

Parece claro que ni el más imaginativo y apasionado astroarqueólogo afirmará que las esculturas de Osiris representan a un hombre-lobo, como nuestro Paul Naschy, divinizado. Todos saben que esas representaciones de los dioses son símbolos y no descripciones literales. Pues lo mismo debemos pensar de todas las demás representaciones, textos, alegorías y revelaciones de los distintos dioses de la humanidad. Incluyendo la Biblia. En la tumba número 2, de Ramsés IV, aparecen por ejemplo unos extraños personajes tocados con una especie de «casco» provisto de dos «antenas» muy similares al espectacular fresco «especial» de Fergana, en la antigua URSS, una escena que muestra un platillo volante y a un astronauta extraterrestre, con una nitidez y contundencia sólo equiparable a las máquinas de Abydos o al «extraterrestre» de la tumba de Path-Hotep. Las primeras ya sabemos lo que son; y el segundo resultó ser una malinterpretación optimista de la representación de una flor de loto que, visto por un occidental del siglo XXI recuerda, verdaderamente, las modernas representaciones de aliens macrocéfalos y de grandes ojos negros. Pero lo de Fergana no es una confusión. Es una escena concreta que expresa lo que quiere expresar: un astronauta antenado y un platillo volante inequívocos. Ya me ocuparé de ella cuando mi viaje tras los dioses me acerque a la frontera de la ex Unión Soviética...

Merece la pena visitar todas y cada una de las tumbas, aunque eso resultaría una tarea agotadora en un solo viaje. Se visiten las que se visiten, yo recomiendo llevar una linterna y agua. Se suda mucho. Y sin una linterna es imposible apreciar muchos de los detalles de las pinturas. Y éste es otro de los misterios que alegan los defensores de la hipótesis extraterrestre para los dioses: ¿cómo pudieron pintar con tanto detalle dibujos que se encuentran en criptas tan profundas si no conocían la luz eléctrica y no hay restos de hollín? Las «bombillas» de Dendera volvían a exigir atención en mi lista de misterios pendientes. Pero deberían esperar...




POLITICA, SOCIEDAD Y VUDÚ EN HAITÍ


Monsieur Elié es un hombre grande, serio y circunspecto. Tal y como uno se imaginaría a un poderoso brujo de la religión vudú. Las canas que empezaban a asomar en su barba conferían a su piel negra un aire intelectual. Pero sobre todo, y esto es importante, Monsieur Elié es un hombre poderoso en su comunidad.


Cuando llegamos a sus propiedades, nos encontramos con que el ex alcalde del pueblo trabajaba ahora a su servicio. Allí estaba así mismo el gobernador de la provincia, que también era houngan, y varios políticos y militares relevantes. No sólo de República Dominicana y de Haití, sino incluso oficiales de las tropas de pacificación de la ONU, que en aquellos días intentaban garantizar la seguridad en el país de los zombis. Como si eso fuese posible. Pero lo importante es que todos estábamos sujetos a la hospitalidad del houngan. El sacerdote vudú, en Haití, continúa manteniendo el mismo papel protagonista en la sociedad que antaño tenían los obispos cristianos, los lamas budistas o los sacerdotes del faraón, y sospecho que el poder no es la única característica que tenían en común. 

Durante esos días conocimos más en profundidad el origen de Haití y de la religión vudú, palabra que viene de la lengua fon de Dahomey, y que significa «dios» o «espíritu». Y eso es lo que es realmente: un espíritu que envuelve todo Haití, influyendo en cada manifestación cultural o social de este pequeño país, el más pobre de América y tal vez del mundo. Ninguna manifestación cultural es más perdurable e influyente en la historia de un pueblo que su religión. Y en el caso de Haití es especialmente clara esa influencia. Cualquier acontecimiento, por casual que pudiese parecernos a los europeos, es interpretado en clave vudú.

A finales de marzo de 1995, por ejemplo, el presidente Bill Clinton visitaba Haití para asistir al «cambio de guardia» de las tropas norteamericanas por las de la ONU en el país. Más de cuatro mil haitianos se dieron cita en la plaza del Palacio Nacional de Puerto Príncipe para asistir al acto encabezado por el presidente y ex sacerdote católico, Jean-Bertrand Aristide, repuesto en el poder de Haití con la intervención de veinte mil soldados norteamericanos en octubre de 1994. Cuando el presidente norteamericano terminaba su discurso sobre la intervención militar en la isla caribeña, una paloma blanca, intuyo que amaestrada, se posó junto a su micrófono, lo que produjo que miles de personas estallasen en gritos y aplausos ante tan diáfana «señal de aprobación» de los dioses. Los loas del vudú habían aceptado a Clinton. Y con esa «inocente coincidencia» miles de haitianos dejaron a un lado su rencor por el nuevo invasor blanco, acatando los deseos de los dioses. 

Y es que el vudú es el principal poder en Haití. Y nadie osará contrariar los deseos de los loas, o lo que se interprete como dichos deseos. Desde el héroe local Mackandal, pionero en la revolución haitiana contra los franceses en el siglo XVIII, hasta el general Cedrás, ningún dirigente haitiano se ha atrevido a descuidar la todopoderosa influencia de la magia y religión vudú en Haití, y el presidente Aristide no es una excepción. Lo interesante es que Aristide, antes de político, era sacerdote católico en la orden fundada por el mago san Juan Bosco. Quizá por ello conocía mejor que nadie la fuerza social de las creencias.


En julio de 1995 se entrevistó con varios houngans y mambos, y seguidamente anunció oficialmente la construcción de un gran templo vudú en la capital. De esta forma Aristide igualaba la religión vudú a otras religiones al otorgar a los vuduistas una «catedral» equiparable a las iglesias bautistas, los templos masones o las parroquias católicas que abundan en Haití. 

Pero si ha existido un mandatario haitiano que ha sabido hacer uso del poder del vudú como herramienta política ése fue el mítico y tenebroso «Papa Doc», el doctor Frallois Duvalier. En 1954 el legendario Papa Doc publicó, en coautoría con Lorimer Denis, un monográfico titulado L'évolution graduelle du vaudou, y los conocimientos sobre el vudú de que hacía gala en aquella obra evidentemente fueron utilizados durante su carrera política. 

Ya siendo un joven, y en compañía de otros intelectuales haitianos, editó un periódico nacionalista, Les Griots. En una época en que el gobierno quemaba los sagrados tambores vudús y otros objetos de culto y obligaba al pueblo a jurar lealtad a la Iglesia católica de Roma, Les Griots reivindicaba el vudú como religión y la rebelión contra los colonos americanos. No es de extrañar que Papa Doc fuese ganándose el apoyo de las sociedades secretas tradicionales, y que durante su campaña electoral de 1957 los hounfor sirviesen de cuarteles generales a su partido. 

Inmediatamente después de acceder a la presidencia de Haití, Duvalier nombró comandante en jefe de la milicia al temido bokor (brujo) de Gonaïves Zacharie Delva, y comenzó a reivindicar el vudú como «religión oficial». Su guardia personal, una especie de «policía esotérica», eran los Voluntarios de la Seguridad Nacional (VSN), los temidos Tontons Macoutes, que se ocuparon de sembrar el terror en Haití. El nombre Tontons Macoutes (los «hombres del saco») proviene de un viejo cuento popular haitiano que amenaza a los niños traviesos con que su tonton (tío) se los llevará en su macoute (saco). 

Todos los hounfor que se manifestaban contrarios al régimen de Duvalier fueron cerrados, y los rebeldes perseguidos. Según sus biógrafos, en 1963 Papa Doc ordenó fletar un avión especialmente para que le trajesen la cabeza del ex capitán rebelde Blucher Fhilgénes. Lo decapitaron y le llevaron la cabeza en un cubo de hielo. Y según los rumores que llegaban del palacio presidencial en Puerto Príncipe, Duvalier se pasaba horas contemplándola y consultando su espíritu en rituales secretos. Una imagen que podría recordarnos a otros grandes tiranos, como el mismo Hitler, obsesionados por sus creencias ocultistas. «El hombre habla pero no actúa. Dios actúa pero no habla. Duvalier es un dios», podía escucharse por las calles de Haití. 

Papa Doc había tejido a su alrededor una terrible leyenda mágica gracias a su conocimiento del vudú, leyenda que nadie se atrevía a cuestionar y que permitió que la dictadura de Duvalier imperase a sus anchas en Haití durante décadas. Muchos campesinos creían que Papa Doc era una encarnación del temible Baron Samedi, señor de los cementerios. «No pueden detenerme, soy un ser inmaterial», dijo Duvalier durante uno de sus discursos en 1963. Y lo cierto es que su leyenda perdura, y algunos piensan que Duvalier es un loa, un espíritu de la familia Gede, un ser inmaterial que todavía puede manifestarse en algunos rituales de vudú haitiano. Sin duda Duvalier vivirá para siempre en el Zamadi, aunque no sea recordado precisamente por sus buenas obras. 



EGIPTO: LA ISLA DE FILAE Y EL CULTO A ISIS


La siguiente isla importante en el cauce del Nilo no es menos interesante: Agilkia, aunque todo el mundo la conoce por Filae, que era la isla original, ahora bajo las aguas del Nilo. Su templo dedicado a Isis debe incomodar tanto como avergonzar a los cristianos. Justo en este lugar murió la religión egipcia bajo el yugo de la cruz. 

Bueno, en realidad fue en este templo, pero no aquí, ya que la nueva Filae es una de las islas creadas por el lago Nasser y el templo de Isis fue trasladado allí desde su ubicación original para evitar que fuese engullido por las aguas. Los sacerdotes egipcios realizaron en este templo la última ceremonia oficial de culto a los antiguos dioses faraónicos tras un real decreto emitido por Justiniano, desde Constantinopla, en el 535 d.C. Tras miles de años de esplendor teológico, el culto a Ra desapareció en nombre de Jesús. Y lo peor es que con el culto desapareció también la escritura.


La última inscripción en jeroglífico se grabó en estas paredes en el 394 d.C. Con la muerte de los sacerdotes empezó la amnesia. Y así permanecería, olvidada, hasta que en 1822 Jean Frangois Champollion consiguió descifrar la piedra Rossetta. Por desgracia, los «trucos» mágicos de Djedi y sus colegas siguen sumidos en el misterio. Sin embargo, el destino se vengó, porque tras la caída de Filae el culto a Isis resurgió en Egipto y África primero, y en Europa y el resto del mundo después, disfrazado de pía devoción a María Magdalena. 

Según muchos historiadores, tras el herético culto a la imaginada esposa de Jesús, que jamás fue prostituta, se escondían en realidad rituales a la diosa Isis. Como si de esta forma la diosa egipcia hubiese querido sobrevivir oculta en los mitos de la Biblia. O como si hubiese deseado vengarse de las mutilaciones cometidas por los cristianos en su último templo. Y es que al entrar en Filae, una de las cosas que más me entristeció fue contemplar, allí también, un fenómeno que he visto en otras partes del mundo: la mutiladora cristianización de los monumentos antiguos. 

Igual que Ramsés II se apropió del templo de su padre, haciendo grabar su cartucho por encima del de Seti I, a lo largo de la historia los cristianos hemos mutilado todo tipo de restos arqueológicos, haciendo grabar cruces o símbolos cristianos por encima de los emblemas paganos. Musulmanes, budistas o hinduistas hicieron lo mismo. En Filae es posible contemplar las cruces coptas que fueron grabadas encima de los jeroglíficos, así como las pudorosas mutilaciones de símbolos fálicos y sexuales en muchas de las representaciones de los dioses egipcios. A los cristianos el sexo siempre nos ha puesto un poco nerviosos... 

No obstante, y si he de ser totalmente justo y sincero, debo reconocer que no todas las mutilaciones fálicas de Filae se deben al recato censor de los cristianos, ya que una de las supersticiones más antiguas en Egipto, mezcla de animismo africano y fetichismo grecorromano, aseguraba que la representación del pene de los dioses, como Min, podía favorecer la erección. Hasta el templo peregrinaban los dolientes para raspar unos gramos del falo del dios e ingeridos mezclados con agua. Esto, según la leyenda, curaba la impotencia. Hasta Omm Seti escribió en sus diarios: 

«¡Qué escultor idiota! ¡Si hubiese tenido un poco de visión de futuro habría hecho el falo de Min de un centenar de metros de longitud!». 

Y si con Filae en la popa seguimos río arriba unos trescientos kilómetros más, llegaríamos al final de Egipto y a la frontera con Sudán. 





jueves, 16 de abril de 2020

VISITA AL GRAN MUSEO EGIPCIO DE ANTIGÜEDADES DE EL CAIRO



Si pretendemos regresar a El Cairo desde Alejandría para concluir nuestro viaje por Egipto, dejaremos a nuestro paso infinidad de lugares de interés en el delta del Nilo, como Mansura, con sus restos de las Santas Cruzadas; Zagariz, una de las ciudades más antiguas de Egipto; o Tanis, el mayor emplazamiento arqueológico del país. Situada a unos doscientos kilómetros al norte de El Cairo, aquí es donde Steven Spielberg quiso situar el Arca de la Alianza buscada ansiosamente por el ficticio Indiana Jones.


Naturalmente, el solo hecho de que Moisés cruzase esta ciudad, llamada Zoan en la Biblia (capital del Egipto antiguo entre el siglo X y el VIII a.C.), o las quinientas cincuenta hectáreas de restos arqueológicos que desde hace ochenta años clasifican pacientemente los arqueólogos franceses, o la simple existencia de tumbas como las de Psusenes II o Sheshanq III, con sarcófagos gigantescos, comparables a los del Serapeum, justificarían de por sí la visita a Tanis. Pero es que este sin par emplazamiento arqueológico nos ofrece otros interesantes aspectos de las creencias mágicas y supersticiosas de los egipcios, ya que algunas de las colosales estatuas faraónicas, como la inquietante Sekhmed (la diosa leona), de tres metros de altura, o el imponente Ramsés II, hoy caído, pero que en su momento debió de medir seis metros de altura, son considerados por los lugareños como fetiches, tótems depositarios de poderosas energías y poderes mágicos. 

La estatua de Ramsés II, por ejemplo (cuya base curiosamente está catalogada como pieza número 666 del emplazamiento arqueológico de Tanis), es visitada en ciertas noches de plenilunio por las jóvenes egipcias que desean ser fértiles. Arropadas por las sombras sitúan un cántaro con agua entre las piernas del coloso de Ramsés y dejan que el liquido se «cargue» con las vibraciones del famoso faraón durante toda la noche. Por la mañana esa agua, bendecida por el rey-dios —que en estas creencias locales sigue vivo como hace siglos—, permitirá a las jóvenes menos fértiles engendrar una nueva vida. De esta forma podemos afirmar que los antiguos dioses faraónicos, miles de años después de haber construido los fastuosos templos y pirámides del Egipto antiguo, continúan viviendo en los corazones de su pueblo a través de creencias, leyendas y supersticiones tan antiguas como la Esfinge.

Volver a la región de El Cairo, después de recorrer de punta a punta Egipto, es como volver a casa. Sin embargo, todavía quedaban tantas cosas por hacer... 

Visité prácticamente todas las pirámides. Unas desvencijadas y semiderruidas, como las de Abu Sir o Zawyet El-Aryan, y otras majestuosas y fascinantes, como las de Saqqara o Dashur. Estas últimas todavía se encontraban en un área militar restringida cuando yo las visité, y puedo asegurar que «colarse» en el interior de una pirámide gigantesca, como la romboidal, para recorrer sus pasadizos y cámaras interiores, dentro de una base militar, es una de las experiencias más excitantes del mundo. En aquellos días circulaba un rumor, en los mentideros ufológicos, sobre «un ovni capturado por tropas israelíes bajo la pirámide de Dashur». Yo, que me recorrí la famosa pirámide romboidal, puedo dar fe de que allí no existía ni rastro de nada parecido. Ahora bien, en su momento, y mientras documentaba mi libro Los expedientes secretos, tuve la oportunidad de establecer una buena amistad y docenas de reuniones con un ex alto mando del Mossad israelí, que me confirmó que algo se había recogido en suelo egipcio caído del espacio. Pero como en tantas otras ocasiones, se trataba de una nave del planeta CIA... Como siempre, la pantalla de los extraterrestres sirve para ocultar realidades mucho más preocupantes. 


Aun así, el paseo por los pasadizos de la pirámide romboidal resultó una experiencia extraordinaria. Y un buen «entrenamiento» para colarme más tarde, y en plena noche, en otra pirámide mucho más importante que la de Dashur... También pude explorar docenas de templos, mastabas y criptas, desde Al Fayum al Serapeum. Pero requeriría todo un volumen monográfico detallar mis impresiones en cada una de ellas. En mi cuaderno de viaje se iban amontonando las notas, mediciones, dibujos y conclusiones que me sugería cada uno de los supuestos misterios vinculados a esos lugares.

Finalmente decidí, como cualquier viajero razonable, que lo más práctico era seguir la pista a todos los sarcófagos, momias y demás piezas arqueológicas que durante estos siglos fueron extraídos de sus emplazamientos originales para poder ser expuestos al público sin temor a que fueran dañados y en un lugar lo suficientemente seguro y accesible a la vez. Ese lugar, lógicamente, es el Gran Museo Egipcio de Antigüedades de El Cairo. 

Merece la pena acudir a ese museo con mucha calma y con cierta prisa. Prisa porque, próximamente, y según me confesó Zahi Hawass, las más de ciento veinte mil piezas expuestas en él serán repartidas por los nuevos museos que se están construyendo en El Cairo. Y calma porque una visita rápida y superficial, como la que hacen la mayoría de los turistas, es una blasfemia. Hay tantas cosas interesantes que ver en este museo que un día entero o dos no son suficientes ni para empezar. En mi cuaderno tenía una larga lista de tareas pendientes en el Museo Egipcio: la sala de Akenatón, el faraón hereje y sus cráneos deformados; el tesoro de Tutankamon y las tumbas reales de Tanis; las herramientas de los constructores de las pirámides y las momias reales, etc. 

Llegué al museo después de reencontrarme con mi querida María y con la guía inestimable de Wael, de cuya mano se aprende más deprisa que en cada sala. Pero en un momento determinado, prometo que fue así, sentí la necesidad de distanciarme de ellos para buscar una pieza especial. Entonces viví una curiosa anécdota.

Yo soy lo más alejado de un psíquico. Carezco de toda forma de capacidad extrasensorial. Sin embargo, no puedo menos que calificar de sorprendente lo que me ocurrió la primera vez en mi vida que pisé el Museo Egipcio. En mi lista de tareas pendientes figuraba un objeto mencionado por Erich von Dániken en varios de sus libros y reproducido una y otra vez en miles de artículos y obras astroarqueológicas posteriores. Antes de mi primera visita al museo, muchos autores españoles habían citado el objeto en cuestión, reproduciendo siempre fotos antiguas del mismo. Y a pesar de que me constaba que todos ellos habían visitado el Museo Egipcio, sorprendentemente ninguno había localizado el misterioso «avión» de Saqqara. Prometo que ocurrió tal y como lo relato. Dejé a mis acompañantes admirando una de las salas de la planta inferior, y decidí buscar por mi cuenta el enigmático «avión» faraónico descrito por Dániken. Me preguntaba si realmente aquel objeto imposible existía o era producto de la imaginación del suizo, porque nadie había vuelto a publicar fotografías recientes y siempre se reproducían las mismas imágenes antiguas. Insisto en que jamás había pisado aquel lugar, y tan sólo me dejé llevar por la intuición. Y por los caprichos del azar, de alguna manera, terminé en la sala veintidós y ante las estanterías dedicadas a las reproducciones de pájaros. Y allí estaba. Catalogado como pieza número 6.347. 

Sé que suena ingenuo, pero me constaba que durante al menos quince años ninguno de mis colegas españoles había publicado ninguna foto original del llamado «avión» de Saqqara. Así que me sentí como si hubiese hecho un gran descubrimiento. Como tantos en el mundo de la egiptología, debido más al azar que a mi pericia como rastreador de reliquias. Poco podía imaginar que después de ubicar el emplazamiento del «avión» en el museo, todos los guías «heterodoxos» de los viajes esotéricos a Egipto lo incluirían en su recorrido por el Egipcio de Antigüedades. 

Esta pequeña pero enigmática pieza fue descubierta en Saqqara (donde se ubica la famosa pirámide escalonada del faraón Zoser) en 1898. Almacenada con otras muchas antigüedades, permaneció en el olvido hasta 1969, fecha en que el médico doctor Khalil Messiha se encontró con ella mientras revisaba un grupo de objetos rescatados de diferentes excavaciones que debían ser correctamente archivados en el Gran Museo Egipcio. La pieza habría continuado en los sótanos, como tantas otras, de no haber sido por la circunstancia —y esto es fundamental— de que el doctor Messiha era aficionado al aeromodelismo. Y como aficionado a tal disciplina, vio en aquel objeto, oficialmente la representación de un pájaro, algo muy similar a sus maquetas de aeroplanos realizadas con madera de balsa. Los ángulos de las alas, la perfecta aerodinámica del «fuselaje», el timón de dirección, todo recordaba la forma de un moderno avión. Aunque, eso sí, el supuesto «avión» carecía de timón de profundidad... 

A favor de la audaz teoría de Messiha, que lógicamente fue acogida con entusiasmo por la AAS y demás defensores de la «teoría ET», es justo reconocer que las diferencias entre el «avión» de Saqqara y el resto de representaciones faraónicas de pájaros son evidentes. Salvo dos líneas rojizas y ya casi imperceptibles que le cruzan la panza, y el ojo en el lado derecho, ya casi invisible, no hay ni rastro de la representación de plumas que se aprecia en todos los demás modelos. Claro que no es menos cierto que los restos de pintura perfectamente pudieron haber desaparecido con el paso del tiempo, como desapareció el ojo izquierdo y presumiblemente desaparecerán los parcos restos que aún quedan. También es verdad que no se ven restos de las patas, lo que sí se observa en las demás representaciones de pájaros, aunque podríamos argumentar exactamente lo mismo que con respecto a las plumas. Pero lo que es indudable es su capacidad aeronáutica. 

El pequeño objeto, que presentaba una ligera asimetría en sus alas, no estaba mal diseñado, como podía parecer. Al contrario. La ligera longitud mayor del ala izquierda y el pequeño arqueo de la derecha, unido a la peculiar forma —levemente oblicua— de la cola (que es casi vertical, como en un avión, y no horizontal como en los pájaros), hace que, lanzado al aire con la suficiente fuerza, pueda planear durante un recorrido de unos cuarenta y cinco metros y volver al punto de partida, igual que un bumerán australiano. O al menos eso hizo la réplica en madera de balsa que construyó el aeromodelista doctor Messiha. Lógicamente, las autoridades arqueológicas no dieron permiso para arrojar el «avión» original al aire, arriesgándose a destruirlo, así que no tenemos forma de constatar, por el momento, si la pieza original poseería la misma aerodinámica que la réplica construida por el bienintencionado doctor. 

Cuando una pieza arqueológica es incluida en la bibliografía del misterio como «prueba» de la presencia extraterrestre o atlante en nuestra historia, es muy difícil volver a sacarla. Una y otra vez será reproducida en libros y revistas por autores que, lógicamente, jamás se han tomado la molestia de investigarla en su contexto. Y para reforzar sus atrevidas conclusiones, los astroarqueólogos la vincularán con otras piezas similares, o no, o con otros misterios arqueológicos. Igual que las «bombillas» de Dendera fueron desposadas con las «pilas» de Bagdad, el «avión» de Saqqara fue unido para la posteridad a otros «aviones» del pasado. En concreto, a un conjunto de «objetos ceremoniales» conservados en el Museo del Oro de Bogotá (Colombia) y cuya forma recuerda también a la de modernos aviones. 

Ni que decir tiene que los «aviones» de Saqqara y de Bogotá fueron a su vez emparejados con las «pistas» de Nazca, en Perú, y la AAS concluyó que ante estas evidencias quedaba claro que en el pasado los «dioses» extraterrestres utilizaban la aeronáutica, volando en aviones convencionales, y empleando pistas de aterrizaje como las de nuestros modernos aeropuertos. Pero aplicando el sentido común, parece absurdo suponer que una tecnología capaz de superar la velocidad de la luz y viajar por el universo, como hemos de suponer a los hipotéticos extraterrestres, lo haga con aviones convencionales. O que utilicen escopetas de caza, como sugería el supuesto agujero de bala del cráneo de Broken Hill en Zambia. No, algo no encaja. Decidí mantener el «avión» de Saqqara en mi lista de misterios pendientes mientras me reunía con mi querida María y mi estimado Wael en la sala de Tutankamon para continuar juntos la visita al museo. 

Mientras me relataba las leyendas que rodean a algunos de aquellos objetos, Wael observaba divertido cómo yo tomaba nota, medía, fotografiaba y filmaba muchas de aquellas piezas, que para mí tienen un interés especial desde el punto de vista de la arqueología bíblica por un lado, y desde la búsqueda de los «dioses» por otro. Como por ejemplo la pieza número 599 de la sala 13. Se trata de la única mención al pueblo de Israel que existe en la arqueología egipcia, y es que, aunque pueda asombrar al lector, ni siquiera la existencia del éxodo judío mencionado en la Biblia ha podido ser probada históricamente; o la pieza número 6.193, el sarcófago semiserrado de Diodefre, que según algunos probaría la improbable tecnología egipcia; o, sobre todo, la pieza número 469. Se trata de una estela en la que se representa lo que parece una serpiente dentro de una hoja de loto y que guarda un llamativo parecido con las polémicas «bombillas» de Dendera. De hecho, eso son las «bombillas» de Dendera. Por fortuna, un nuevo misterio se caía de mi lista de enigmas pendientes. En realidad, las «berenjenas» que Peter Krassa fotografió en los túneles de Dendera no eran bombillas. Si hubiesen descifrado los jeroflífos que rodeaban aquella forma tan seductora para un astroarqueólogo, sin sacarlo del contexto, habrían leído: 

«Recitado por Harsumtus, el gran dios, que reside en Dendera, el que se eleva desde el loto como un Ba Viviente». 

Y es que a Harsumtus, denominación griega del dios egipcio Hor-Sema-Tauy (Horus Unificador de las Dos Tierras), se le representaba, entre otras, con forma de serpiente. Esa figura, dentro de una hoja de loto, no es más que eso: una representación del dios Harsumtus que yo me he encontrado en numerosos templos de todo Egipto, no sólo Dendera. Fin del misterio. Creo que resulta más razonable suponer esto que creer que Harsumtus era el filamento de una bombilla prehistórica. Ojalá fuese así. Yo no soy un arqueólogo, funcionario a sueldo de ningún museo, ni tengo ninguna necesidad de mantener intactos los dogmas oficiales sobre el pasado de la civilización egipcia. Soy un buscador independiente devorado por un ansia suicida de encontrar respuestas a mis preguntas, pero creo que debemos saber diferenciar nuestros sueños y fantasías, por románticas que sean, de los hechos probados, para poder sacar conclusiones razonables. Existen todavía tantos misterios fascinantes en la historia de nuestro pasado que no es necesario inventarse ninguno.


¿QUIÉN FUÉ CARLOS CASTANEDA?

LA VIDA SECRETA DE CARLOS CASTANEDA: ANTROPÓLOGO, BRUJO, ESPÍA, PROFETA.

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