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lunes, 6 de abril de 2020

LAS MENTIRAS DE LOS ASTROARQUEÓLOGOS ESPAÑOLES



En el número 1954 de la revista Diez Minutos, correspondiente al 31 de enero de 1989, se publicaba una entrevista al famoso locutor radiofónico Antonio José Alés, conocido por su programa “Enigmas de Medianoche” y pionero de las Alertas OVNI. El histórico pionero de la divulgación del misterio en España, presentaba en dicha entrevista una sección que, a partir del número siguiente, publicaría semanalmente en Diez Minutos.


Tal y como ya denunciamos en EL OJO CRITICO número 0, en el transcurso de la citada entrevista, firmada por José María de Juana, Antonio José Ales hablaba de sus diferentes investigaciones en diferente campos del misterio, e ilustraban la interviú 5 fotografías del locutor, en su estudio de la Gran Vía madrileña. 

Lo que nos llama la atención es una de esas fotos en la que Alés muestra a la cámara una “piedra del desierto con gusanos fosilizados”, que conserva en su colección privada. 

A partir del número 1955, Alés comenzó a publicar en Diez Minutos la sección Casos Insólitos, en la que narraba los episodios más inquietantes que había encontrado en sus años de divulgador de lo paranormal e inexplicado. El 21 de marzo de 1989, Antonio Jose Alés publicaba, en dicha sección, una artículo titulado: “Escombros extraterrestres”, subtitulado “Restos de naves junto al Gran Dios Marciano”, en el cual aseguraba que cerca de Tassilli, y de las famosas pinturas de antropomorfos de cabezas redondas, se habían encontrado fósiles con “piezas mecánicas” y “tornillos”. Ilustran dicho artículo dos tres fotografias. 

En una de ellas aparece el mismo Antonio José Ales sosteniendo exactamente la misma piedra que mostraba en la entrevista de Jose María de Juana, y que allí calificaba como “gusanos fosilizados”, solo que en esta ocasión el pie de foto afirma que se trata de “supuestas piezas mecánicas procedentes de naves espaciales”… ¿Por qué? ¿Por qué aquellos fósiles de gusanos se convierten en tornillos de naves extraterrestres en dos artículos publicados con solo dos meses de diferencia? 

Manuel José Delgado ha publicado infinidad de artículos sobre los misterios de Egipto, y ha impartido cientos de conferencias, en las que enumera todos los misterios faraónicos que, a su juicio, sugieren una intervención extraterrestre o sobrenatural en el Egipto antiguo. Uno de los mas sorprendentes, según le he escuchado decir personalmente, es el Serapeum. 

Este subterráneo, situado al norte del complejo de Zoser, descubierto por Mariette en 1850 presenta los espectaculares enterramientos de los bueyes sagrados, y, tal y como recoge Nacho Ares en su “Egipto Insólito” (Corona Boreales, 1999. Pag. 96), según Manuel Delgado los sarcófagos de los bueyes sagrados estaban “cerrados al vacío”. ¿Y como podían disponer los antiguos egipcios de una tecnología capaz de extraer el oxígeno de un ataúd precintándolo al vacío? ¿Demuestra ese “precintado al vacío” la intervención alienígena en el antiguo Egipto? La respuesta es rotunda. No. 

Basta con dejar una vela encendida dentro del recinto y cerrarlo para que la llama consuma el oxígeno hasta apagarse. Una forma rápida de visualizar gráficamente esa técnica es la de colocar una cerilla encendida flotando sobre un plato con agua. Al colocar un vaso de cristal encima de la cerilla veremos como al consumir el oxígeno la llama se va apagando, a mismo tiempo que el agua “levita” hacia arriba en el vaso, a causa del efecto de “absorción” que provoca el consumo de todo el oxígeno… no hace falta ser alienígena.


En el número 10 de la excelente y pionera revista Mundo Desconocido (marzo 1977) se publicaba en portada una inquietante fotografía. Un cráneo humano con un orificio en la frente, encabezaba el titular ¿Quién disparaba balas en la prehistoria? En páginas centrales, el veterano “padre de la ufologia” Antonio Ribera afirmaba, audazmente, que en el museo catalán de la Moya había descubierto un cráneo humano prehistórico, con un agujero de bala… Ribera, además, comparaba su descubrimiento con otros restos prehistóricos, como el cráneo del hombre de Rhodesia, de Broken Hill, que muestran similares “agujeros de bala”. 

Con cierta temeridad, Antonio Ribera se atrevía a reconstruir, según tu teoría absolutamente proextraterrestre, como la nave alienígena habría aterrizado en suelo catalán, hace miles de años, y como los extraterrestres habrían salido de la misma, como antes habrían hecho en Broken Hill, armados con un fusil de caza, disparando contra aquellos primitivos hominidos… 

Ribera explicaba el hecho de que el cráneo de la Moya, que quien esto escribe ha tenido en sus manos, como otros cráneos similares, tendría agujero de “entrada” de la bala, pero no orificio de salida. Para explicar esta contrariedad balística Ribera, como muchos otros astroarqueólogos, especulaba con la posibilidad de que el homínido hubiese sobrevivido con el proyectil dentro del cráneo, o bien que los extraterrestres agresores lo hubiesen sometido a una operación quirúrgica extrayendo el proyectil… para no dejar pruebas de su crimen…(¿?) 

En realidad orificios idénticos a los de Moya o Broken Hill pueden encontrarse en cualquier “libro de casos” médicos, a causa de perforaciones oseas a causa de dolencias como sinusitis agudas, etc. Lo que explica que no haya orificio de salida, ni proyectil, ni nada parecido. 

Antonio José Ales, Manuel Delgado y Antonio Ribera (dep), han sido referentes para los jóvenes aficionados a los misterios del pasado. Y se trata de personas inteligentes por tanto ¿debemos suponer que mentían conscientemente al pretender cosas tan absurdas como los “tornillos extraterrestres”, el “precintado del Serapeum” o los “agujeros de bala” en el pasado?. 

Teniendo en cuenta el posible móvil económico, nos tememos que la respuesta podría ser afirmativa. Porque, si nos detenemos solo un momento a reflexionar racionalmente, incluso para alguien que acepte la teoría de que una civilización alienígena, con sofisticados sistemas de navegación astronaútica capaces de superar la velocidad de la luz y viajar por el universo saltándose a la torera todo nuestro conocimiento de la física; incluso para alguien que aceptase que esas tecnologías maravillosas hubiesen visitado la tierra en el pasado… ¿no es absurdo que una tecnología que supera la velocidad de la luz utilice tornillos y escopetas de cartuchos?. Un poquito de por favor…





domingo, 5 de abril de 2020

SACERDOTES DE RA, MAGOS DE OSIRIS... ILUSIONISTAS



Aunque se considera a Robert Houdin (no confundir con el escapista Harry Houdini) como el padre del ilusionismo, existen precedentes históricos muy anteriores a los espectáculos mágicos protagonizados por este relojero, que inició su carrera mágica en 1845. De hecho, según reseñan los historiadores de la prestidigitación, aunque el primer libro sobre ilusionismo fue publicado por Reginald Scott en el Londres de 1584 con el título The Discoverie of Witchcraft, la primera mención documentada de una actuación mágica está recogida en un papiro egipcio de más de cinco mil años de antigüedad. 


En Alemania se conserva el llamado papiro de Berlín n.° 3.033, más conocido en el mundo de la egiptología como Papiro Westcar, cuya edición facsímil nos preciamos de poseer algunos apasionados de la magia. Este documento llegó al museo de Berlín tras la muerte del eminente egiptólogo Richard Lepsius, quien lo había heredado a su vez, hacia 1839, del matrimonio Westcar. 

El original mide un metro con sesenta y nueve de largo por Cero con trescientos treinta y cinco de ancho, y está fechado en la época hiksa (dinastías XVI-XVII), aunque todos los expertos coinciden en que es una copia de un manuscrito anterior, probablemente de la XVII dinastía. 

A lo largo de sus doce placas recoge cinco relatos, de los que sólo tres son legibles debido al mal estado de conservación. En el tercer relato del Papiro Westcar, titulado «El nacimiento de los hijos reales», se hace alusión a los poderes adivinatorios de un sacerdote. Este, como los astrólogos y videntes de nuestros días, hizo una serie de augurios y profecías sobre el futuro del imperio. En el primer relato, titulado «La fiesta de la barca», el papiro detalla cómo el jefe de los sacerdotes-lectores, llamado Djadja-em-ankh, separó las aguas de un estanque para recuperar el pendiente que el faraón Keops había regalado a una de sus remeras: 

«Entonces el sacerdote-lector en jefe Djadja-em-ankh pronunció las formulas mágicas de las que tenía conocimiento. Pudo entonces colocar la mitad del agua del estanque sobre la otra mitad y así descubrió el pendiente en forma de pez, apoyado sobre un fragmento de rocas. Lo cogió y lo entregó a la propietaria».

Pero sin duda el más interesante es el segundo de los relatos: «Djedi, el mago». En ese texto se narran las habilidades de un glotón y anciano sacerdote cuya fama había llegado a oídos del faraón Keops, inequívoco constructor de la Gran Pirámide de Giza. Ya explicaré por qué. De Djedi se decía —y mucha atención a esto— que «era conocedor del número de cámaras secretas que había en el templo», y que «era capaz de hacer proezas sorprendentes». 

Todos los historiadores de la magia y la prestidigitación recogen el siguiente episodio como la primera actuación de un ilusionista documentada en el mundo. Djedi acudió a la ciudad de Memphis reclamado por el faraón Keops, y ante él realizó varios «trucos» de magia clásicos como la aparición y desaparición de objetos y la «decapitación« de un ave, que después volvía «milagrosamente» a la vida. Un efecto que, cinco milenios después, el famoso David Copperfield incluye en uno de sus espectáculos de magia en Las Vegas y que aparece reseñado también en el monumental Museo Copperfield de la Historia de la Magia, el museo del ilusionismo más importante del mundo.

Algunos historiadores de la prestidigitación consideran que las demostraciones que Moisés hizo ante el faraón estaban más relacionadas con el ilusionismo que con los poderes sobrenaturales del profeta judío, algo que lógicamente atenta contra todo el magisterio de la Iglesia católica, la religión judía y la islámica, y que estoy seguro de que el santo patrón de los magos, san Juan Bosco, no compartía. Así que, por el momento, prefiero no enzarzarme en una disquisición teológica para defender esta posibilidad. Volvamos a los hechos probados históricamente.


Djedi es el primer ilusionista de la historia, y además de conocer los secretos de la prestidigitación, como se deduce de su puesta en escena ante el faraón, conocía «las cámaras secretas del templo». ¿Y para qué se utilizaban esas cámaras, túneles y pasadizos? El secreto fue divulgado hace siglos por el genial Herón de Alejandría. Y lo hizo en algunas de sus famosas obras, como Autómatas y Pneumática, ya citadas, donde desvelaba la naturaleza de los pasadizos y túneles existentes en muchos templos egipcios y griegos utilizados por los sacerdotes para desarrollar trucos de ilusionismo que hacían pasar por manifestaciones de los dioses.

Herón de Alejandría fue el primer autor que denunció el engaño de muchos sacerdotes, que utilizaban ingenios mecánicos e hidráulicos, basados en los mismos principios que sus ingeniosos autómatas, para hacer aparecer y desaparecer altares e ídolos, que parecían «surgir» de las entrañas del templo, fuegos que se encendían de repente sin causa aparente o voces de los dioses que parecían emanar de las paredes o del suelo de los templos, y que no eran otra cosa que producto de los túneles secretos que surcaban los mismos.

El efecto de la sugestión en los devotos era espectacular. Como lo es en Lourdes, Fátima, Guadalupe, Jerusalén, Benarés o La Meca. Lo sé porque en esos o en otros lugares yo he visto lo que puede hacer el poder de las creencias. Jesús tenía razón: la fe mueve montañas. Y la magia —y no me refiero a nada esotérico— tiene el poder de conducir la sugestión a favor o en contra de quien la presencia. Como hacen los hechiceros que conocí en el África negra. Djedi podía utilizarla para entremeter al faraón, pero también para «maldecir» a los enemigos.

En documentos como la «Conspiración del harén contra Ramsés III» se relata cómo uno de los sacerdotes corruptos empleó sus conocimientos «mágicos» para favorecer al hijo de una concubina con deseos de hacer desaparecer a su padre, Ramsés III. Según recoge ese documento histórico, elaboró una figura de cera a la que sometió a todo tipo de sortilegios, haciendo saber al hechizado su conjuro. Algo similar debió de ocurrir con el fetiche, una figura femenina de terracota a la que clavaron una decena de alfileres, datada en el 200 o 300 d.C., y que se conserva en el Museo del Louvre con el número de pieza E27144a. Yo pude conocer ese primitivo «muñeco vudú» gracias a mi querida amiga Ana María Vázquez, profesora titular de historia antigua en la UNED y una de las mayores expertas universitarias en las prácticas mágicas en el mundo antiguo, con la que he compartido pasión e investigación en lugares como Petra (Jordania).

Ese fetiche de «magia negra» conservado en el Louvre me demuestra que los egipcios conocían el poder del mal llamado «vudú» tan bien como los hechiceros con los que conviví en el África central y los que iba a conocer en Cuba, Haití, República Dominicana, etc. Su secreto era el mismo. El secreto de los dioses... Pero no quiero adelantar acontecimientos.

En todos esos lugares, y en el Egipto faraónico también, cuando el hechicero quiere asegurarse el funcionamiento de su maldición le hace saber a la víctima que se le ha realizado un embrujamiento. Y puedo dar fe de que el terror que inspiran esos rituales en los supersticiosos africanos, haitianos o en los egipcios de las antiguas dinastías garantizará que el hechizo funcione. ¿Cómo no sentir terror ante el maleficio realizado por un brujo capaz de resucitar a los muertos, como ocurre en África?

Por eso los hechiceros no revelan los principios químicos de sus remedios y venenos y prefieren fomentar la creencia de un origen sobrenatural en su poder. Así, la sugestión es un arma. De la misma forma, la fe en los poderes curativos de los sacerdotes, reforzada por oportunos y efectistas números de ilusionismo, favorecía la curación real de todo tipo de dolencias. Por eso los enfermos peregrinaban hasta el sanatorium, una zona de paredes de adobe al norte del pozo del templo de Dendera para pedir a la diosa Hator y a sus sacerdotes una curación milagrosa.

La veterana egiptóloga Elisa Castel lo resume perfectamente en uno de sus libros, Los sacerdotes en el Antiguo Egipto (Aldebarán, 1998. Págs. 227 y ss.), donde se refiere literalmente a los «sacerdotes de Serket, más relacionados con la magia que con la medicina», y de los que sugiere que utilizaban la magia para aliviar los síntomas de los enfermos, aunque no de forma sobrenatural sino a través de una ilusión:

«Sin embargo, los sacerdotes de Serket también hacían uso de la magia. Quizá no la empleaban solamente con fines religiosos, sino muy probablemente para crear lo que hoy conocemos como "efecto placebo"» (pág. 230). 

Estoy de acuerdo con ella. Dejando al margen los conocimientos químicos, farmacológicos y de medicina natural que no niego, los antiguos sacerdotes (y magos) egipcios dominaban el arte de la sugestión y de la prestidigitación como los brujos africanos de Malawi. La «psicomagia» existe mucho antes de Alejandro Jodorowsky. Y a través de la fe que generaban en sus seguidores podían utilizarla como efecto placebo. Sin embargo, eso no nos puede hacer perder la perspectiva de que sus supuestos poderes sobrenaturales quizá no fuesen tales. 

En todos los años que llevo dedicado a la investigación y denuncia de los fraudes paranormales me he enfrentado a infinidad de videntes, curanderos, médiums y adivinos que utilizaban el ilusionismo haciéndolo pasar por poderes sobrenaturales. Cuando desenmascaraba sus engaños, muchos de ellos se justificaban exactamente tras esa misma excusa: «Si conseguía que creyesen en mis poderes les ayudaría en su autocuración...».

Lo que no añadían esos videntes, como los sacerdotes egipcios, es que además cobraban sustanciosas sumas por esos falsos poderes sobrenaturales...

A medida que avanzaba en mi viaje en busca de alguna prueba sobre la existencia de lo sobrenatural y del secreto de los dioses, mi escepticismo crecía proporcionalmente a mi decepción.

¿Realmente hay algo sobrenatural que encontrar?




CARLOS CASTANEDA: LA PUERTA DEL CIELO


Todo iba viento en popa. En 1997 continuaron celebrándose cursos, talleres y seminarios de Tensegridad en Long Beach, México, Barcelona, Berlín, Seattle, Phoenix, Los Ángeles, Denver, Omega, otra vez México... Pero el 26 de marzo de 1997 el mundo se estremeció. 39 personas que también escogieron creer que Marshall Applewhite y Bonnie Nettles eran sus particulares Nahual y mujer Nahual, esta vez en clave de "voladores", fueron consecuentes hasta el final con su elección.


El suicidio, sereno, ordenado y feliz, de los 39 miembros de Heaven's Gates sacudió nuestras conciencias. No era la primera vez —ni fue la última- que nos enfrentamos a una situación similar. Los 909 miembros del Templo del Pueblo suicidados en 1978; los 48 miembros de la Orden del Templo Solar en 1994, más otros 16 en 1995 y 33 más en 1998... Pero esta vez había algo diferente.

Los mártires aparecen sonrientes y satisfechos en los vídeos que grabaron para sus familias antes de quitarse la vida, con una sobredosis de fenobarbital mezclado con zumo de manzana y vodka. Antes de eso, y al igual que en el discurso de Castaneda, los seguidores de Marshall Applewhite también concluyeron que el sexo era un lastre para su camino espiritual. Se dejaron castrar químicamente. Las seguidoras lucen todas un corte de pelo amuchachado, que parece elaborado por las tijeras y el peine del mismísimo Nahual.

De la misma forma que el neo-nahualismo tolteca nació, creció y se desarrolló en la soleada California hippie de los setenta y ochenta, Heaven Gate nació, creció y se desarrolló a pocos kilómetros, en el mismo estado. Y concluyó, con ese suicidio colectivo, en el Rancho Santa Fe de San Diego, California. Y al igual que en el caso Castaneda, los cómplices necesarios (editores, periodistas y académicos incompetentes) nunca fueron denunciados ni procesados por su colaboración ideológica en tan dramático desenlace.

Resumiendo la historia, en 1996, muchos militares que habían pertenecido a las unidades de "guerra paranormal" del ejército de EEUU volvían a la vida civil, y tuvieron que buscarse otro modus vivendi. 

Art Bell, un conocido "periodista del misterio" norteamericano, director y presentador de un programa de radio que se escucha "De costa a costa" en el país fichó a uno de ellos, el Mayor Edward A. Dames, como colaborador. El Mayor Dames había sido adiestrado por el psíquico Ingo Swan en el programa de visión remota del Proyecto Stargate subvencionado por la CIA. Y a su vez, ya como civil, se dedicaba a dar cursos, talleres y seminarios sobre dicha técnica. Cursos, talleres y seminarios tan efectivos para nuestra evolución espiritual como los de Tensegridad de Castaneda, e igual de dañinos para el bolsillo.


Curiosamente la disciplina de los "soldados psíquicos" de la CIA estaba fuertemente influenciada por la mística de los indios nativos americanos, y me extrañaría que alguno de aquellos militares no se hubiese estudiado todos y cada uno de los libros de Castaneda en los años 70.

Dames comenzó a colaborar en el programa de Bell llevándose con él a uno de sus primeros alumnos. Un académico y profesor universitario con un expediente tan respetable como los antropólogos de UCLA que avalaron la tesis de Castaneda. El Profesor Courtney Brown, de la Universidad de Emory, conocido por promover el uso de las matemáticas no lineales en la investigación sociológica. Y el Profesor Brown se llevó después a una de sus primeras alumnas, Prudence Calabrese, que con su pelo corto, al estilo Castaneda, podría haber pasado por una de sus brujas. Calabrese también era una exploradora de la conciencia. Iniciada, según aseguraba, en la visión remota y "el viaje psíquico a otros mundos...".

Durante meses el Mayor Dames y el Profesor Courmey soltaron ante los micrófonos de Art Bell todo tipo de audaces afirmaciones indemostrables —por decirlo de una forma elegante-, que hacen parecer las historias de Castaneda sobre los voladores, los inorgánicos y los depredadores, descripciones razonables sobre biología atmosférica. Disparates, estupideces y tonterías muy parecidas a las que actualmente suben semanalmente a la red los youtubers exopolíticos y paranormaloides del siglo XXI, y que deberían estar igual de penadas.

El cometa Hale-Bopp se acercaba a la tierra por esas fechas, despertando en todo el mundo un gran interés por la astronomía, y el 14 de noviembre de 1996 Art Bell invitó a su programa, una vez más, a Courtney esta vez acompañado de un astrónomo aficionado: Chuck Shramek, que aseguraba haber tomado una extraña fotografía del Hale-Boop, que se acercaba a la tierra acompañado de lo que parecía un objeto más pequeño... Aquella fotografía de Shramek, que al final resulto ser falsa, despertó las fantasías de Courtney, Calabrese y personajes como ellos, que azuzados por el "di-vulgador del misterio" Art Bell dedicaron horas y horas del programa a revelar que era aquel objeto (que no existía) fotografiado (fraudulentamente) junto al cometa Hale-Bopp. 


Y exigiéndonos "suspender el juicio" y "creer para poder ver", los "viajeros psíquicos" y "exploradores de la conciencia" nos revelaron, a través del micrófono de Bell, que aquel objeto era una enorme nave espacial "aproximadamente cuatro veces más grande que la Tierra y que se dirige hacia aquí. Al parecer está surcada de túneles y se mueve por medios artificiales...". Y dedicaron semanas a reforzar aquella "revelación", programa a programa.

Ellos, el astrónomo aficionado, el periodista del misterio, la viajera psíquica y el profesor universitario, fueron los que pusieron al alcance de de Marshall Applewhite el argumento perfecto para que él y sus 38 seguidores se quitaran la vida el 26 de marzo de 1997, cuando Hale-Bopp y la inexistente nave espacial que lo escoltaba, llegaron al punto más cercano a la Tierra. 

Tenían que dejar el cuerpo físico para proyectarse a la nave. Es posible que de no haber sido con esta excusa se hubiesen suicidado por cualquier otra razón. O tal vez no. Pero lo único cierto es que un fraude fotográfico, y un relato fantástico, avalado por unas supuestas autoridades en la materia, sirvió de detonante para un suicidio colectivo.

Una vez más. "Heaven Gate" no fue el primer ni el último caso. Y como en tantos otros, los cómplices necesarios, Bell, Shramek, Courtney y todos los ufólogos irresponsables, periodistas incompetentes y divulgadores imprudentes que dieron alas al discurso de Marshall Applewhite, jamás fueron procesados. 

Aquello sí que fue una señal del Intento. A Castaneda le quedaba solo un año de vida, y el caso "Heaven Gate" debería haber despertado todas las alarmas, pero nadie lo vio venir... 39 personas muertas para nada. 


Fragmento del libro:

"La Vida Secreta de Carlos Castaneda"
Autor. Manuel Carballal.
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sábado, 4 de abril de 2020

EGIPTO: EL TACTO DE LAS MOMIAS DE AL KHARGA



Uno termina por acostumbrarse a la paz y el silencio del desierto. Y una buena cena y unas horas de sueño después de un baño en cualquiera de las fuentes termales del oasis repone las fuerzas del viajero más agotado. Así que tras llenar el depósito de gasolina y aprovisionamos de agua, fruta y dátiles, retomamos viaje hacia el sur. 

Casi doscientos kilómetros nos separaban del siguiente oasis: Al Kharga. Al Kharga es el más aislado y extenso de los oasis. Una depresión del terreno de treinta por doscientos kilómetros en plena ruta de las caravanas que unían Egipto y Sudán. Unas sesenta mil personas viven en Al Kharga. Entre ellos una notable comunidad nubia. Por fin tomamos contacto con los egipcios negros, a los que me encontraría más tarde en algunas zonas del Nilo. 

Por supuesto hay muchas cosas que ver en este oasis, el último antes de que abandonemos el desierto para llegar a la cuenca del río Nilo: el Museo de Antigüedades, el templo de Hibis, el monasterio de Al Kashef, etc. Aunque confieso que yo presté más atención a la tumba del santón Naser Dim, cuyo mausoleo se encuentra en la mezquita. Y por supuesto, a la extraordinaria necrópolis cristiana de Al Bagawat, donde encontramos las pinturas cristianas más antiguas del continente. 

En realidad existen algunas pinturas de coronas de laurel y otros elementos menores que decoran algunos ataúdes de las momias exhumadas en el oasis de Al Fayum y que son un siglo anteriores a estos ricos y elaborados frescos cristianos de Bagawat. Pero no hay punto de comparación. En esta necrópolis copta existen también momias. Y en este caso puedo dar testimonio no sólo por haberlas visto y fotografiados sino como santo Tomás, por haber puesto literalmente el dedo en las llagas... Con los contactos adecuados, y en este caso sin necesidad de sobornos, mis guías consiguieron que accediese al interior de algunas de las tumbas más antiguas de Bagawat. 

No puedo precisar exactamente la ubicación, pero sí que llegamos en plena noche para evitar las miradas indiscretas. Me condujeron hasta una especie de túmulos situados en la periferia del oasis de Al Kharga y me señalaron con el dedo un pequeño ventanuco de no más de cincuenta centímetros de lado semienterrado en la arena. Aseguraban que hacía muchos años que nadie entraba en aquella tumba, pero sé que eso se lo dirán a todos. No obstante, era una oportunidad única en la vida. Penetrar en una tumba, alejada de los circuitos turísticos egipcios, y que, según me aseguraban mis guías, conservaba todos los frescos y pinturas, así como demás elementos funerarios originales intactos. ¡Y tan intactos...! 

Entré solo en la tumba, supongo que porque mis guías egipcios estaban aburridos de verla o quizá, siendo un poco más romántico, porque temían la famosa maldición de los muertos. Sujeté la linterna con los dientes, protegí la cámara con el pañuelo y la camisa, y empecé a arrastrarme por aquel angosto agujero. Pero no contaba con el polvo del desierto, que se iba levantando a medida que arrastraba mi cuerpo por el pequeño pasadizo subterráneo. Pronto se formó una densa cortina de polvo que no me permitía ver nada más que el haz de mi linterna, recortado y definido en las partículas de arena que flotaban ante mí, como si se tratase del sable láser de un caballero jedi. El polvo se me metía en los ojos, así que seguí avanzando con ellos cerrados hasta que mi mano derecha —no olvidaré la sensación— tropezó con una piedra. Me detuve. Abrí los ojos. Sólo veía polvo y el sable láser de Luke Skywalker saliendo de mi boca. Esperé a que el polvo volviese a asentarse. Y entonces me di cuenta de que la piedra no era tal piedra, sino un pie humano. El pie de una momia. Una de la media docena de momias que me rodeaban. 

Uno no tiene todos los días la oportunidad de sentir el tacto de las momias egipcias, y aunque la experiencia no deja de ser una anécdota divertida, sinceramente, en Begawat había algo que me interesaba mucho más que las momias. Y es que el 6 de noviembre de 2003, en un solemne acto, Juan Pablo II entregó el Premio de las Academias Pontificias, dotado con veinte mil euros y considerado el Nobel humanístico de la Santa Sede, a Giuseppina Cipriano. 

Esta joven estudiante del Instituto Pontificio de Arqueología Cristiana de Roma, al que me referí al principio, había realizado una impecable tesis doctoral sobre Los Mausoleos del Exodo y de la Paz en la necrópolis de El-Bagawat. Reflexiones sobre los orígenes del cristianismo en Egipto. La sesión, coordinada por el Consejo Pontificio de la Cultura y presidido por el cardenal Paul Poupard, reunió a la Academia Pontificia de Santo Tomás de Aquino, la Academia Pontificia de Teología, la Academia Pontificia de la Inmaculada, la Academia Pontificia Mariana Internacional, la Academia Pontificia de Bellas Artes en el Panteón, la Academia Pontificia Romana de Arqueología y la Academia Pontificia del Culto de los Mártires, lo que nos da una idea de la relevancia del premio y el interés que despertaron en la Santa Sede las pinturas analizadas por Giuseppina Cipriano. Y no es para menos. 

No hace falta ser un experto para valorar el indudable interés histórico, arqueológico y teológico de aquellos frescos, que ahora se encontraban ante el objetivo de mi cámara. Escenas del Nuevo y del Antiguo Testamento plasmadas por los primeros cristianos llegados a Egipto, en las que podemos contemplar el Arca de Noé, el sacrificio de Isaac, Daniel en la guarida de los leones, Adán el día después de la expulsión del Paraíso y un largo etcétera. No es de extrañar que el Papa afirmase, en la solemne entrega de la medalla de oro a la doctora Cipriano, que sus trabajos «subrayan el valor del patrimonio arqueológico, litúrgico e histórico del que es tan deudora la cultura cristiana y del que puede seguir encontrando elementos de auténtico humanismo». 

En las doscientas sesenta y tres tumbas-mausoleos diseminadas por la necrópolis de Bagawat encontramos una auténtica historia del cristianismo primitivo, ilustrada en un gigantesco cómic, donde los primeros cristianos del país de los faraones plasmaron su memoria, aún reciente, de la historia de la Iglesia, que llegó a aquel remoto rincón de Egipto a finales del siglo III y principios del IV. 

Son tumbas coptas, cuyas cúpulas, llenas de frescos, se están deteriorando rápidamente. Por eso es aconsejable no utilizar flash a la hora de fotografiarlos. Aquí se exilió el obispo hereje Nestorio, condenado por afirmar que de las dos naturalezas de Jesucristo, la humana y la divina, sólo la primera había sufrido el martirio de la cruz. Una cuestión, ésta de la teología, que probablemente parecerá mundana al lector agnóstico; pero herejías tan aparentemente inocentes como ésta han acarreado persecuciones, torturas y muertes descarnadas a lo largo de toda la historia de la humanidad. De hecho, como el lector sabrá, el islam y el cristianismo comparten profetas como Abraham, Moisés o el mismo Jesús. 

El Corán dedica muchas páginas a esas y otras figuras clave del judeocristianismo, pero la principal causa del enfrentamiento irreconciliable entre ambas religiones es la triple naturaleza de Jesús. Para los musulmanes que viven en el oasis de Al Kharga, o en Egipto, o en cualquier rincón del mundo árabe, el dogma de la Santa Trinidad es una blasfemia contra el Jesús del Corán, y no me cabe duda de que, todavía hoy, en los ataques terroristas de grupos radicales islámicos, existe un poso de responsabilidad en esas creencias fanatizadas. Para que luego digan que la teología es una tontería y que las creencias no matan. 


viernes, 3 de abril de 2020

MANUEL CARBALLAL ENTREVISTA A JAVIER SIERRA



Entrevista que el año 2003 Manuel Carballal realizaba al entonces director de la revista "Mas Allá de la Ciencia", Javier Sierra.

- Javier Sierra fue extremadamente precoz en su interés por el mundo del misterio. ¿Como nació el SEOV y las primeras incursiones de aquel adolescente, en el mundo de misterio, y especialmente en la ufología? 


- Cuando uno empieza en este tipo de investigación, tendemos a sentirnos terriblemente solos. Los amigos cercanos rara vez comparten nuestras inquietudes y antes de que se inventara Internet, era muy dificil encontrar a alguien con quien conversar o intercambiar información. SEOV, que era como se llamaba el grupo que formé en 1985, fue fruto de ese aislamiento. De hecho, en Teruel, la ciudad en la que entonces residía, no conseguí interesar a nadie y todos sus miembros eran de fuera. Comencé a escribirme con gente de Barcelona, de La Coruña, de Cadiz... Lo que para un adolescente de 14 años fue un mundo. Y así, poco a poco, con tenacidad, constancia y un boletín fotocopiado, fue adentrándome en el mundo de la investigación y divulgación del misterio de los OVNIs.

- Supongo que en tu biografía puede decirse que hay un momento clave, y es tu traslado desde Castellón a Madrid para iniciar los estudios de periodismo. ¿Que supuso para aquel ufólogo joven encontrarse con la comunidad paranormal madrileña? 

- Fue clave, desde luego. Llegué a Madrid en septiembre de 1987, con unas ganas tremendas de ampliar conocimientos sobre el tema OVNI y de conocer allí a quienes protagonizaban la investigación de este tema. Eran años de "sequía" informativa y me fue difícil encontrar a otra gente con mis inquietudes. Pero estaban. Una serie de "golpes de suerte" consecutivos me empujaron. Verás: en 1988 se presentó en Madrid "Cuadernos de Ufología", la nueva etapa de una revista casi exhausta en aquel entonces, que agrupó a un montón de interesados hasta entonces dispersos y poco coordinados. Poco antes había tenido lugar el macroavistamiento del 2 de febrero, del que fui testigo desde Madrid, y que me implicó –junto a ti— en una investigación que nos llevaría de los casos de pilotos de aquella noche a los contactados de la "clave 33". Nunca antes un solo avistamiento –tal vez con la excepción del "Caso Valderas" de 1967—había tenido tantas ramificaciones. Y meses más tarde, ya en 1989, comenzó a publicarse MÁS ALLÁ... un hito.

- ¿Imaginaste por un momento cuando visitaste por primera vez la redacción de MÁS ALLÁ, a finales de los ochenta, que terminarías siendo el director de la revista? ¿Como fue tu evolución en esta publicación? 

- La verdad es que no. En marzo de 1989 estaba preparándome para ingresar a la Universidad. Quería estudiar periodismo y la aparición de MÁS ALLÁ fue como una "señal": existía un periodismo especializado en lo paranormal al que podría dedicarme en cuerpo y alma. ¿Te imaginas lo que aquello significó para mí? Gracias a Enrique de Vicente, al que entonces intentaba ayudar con la clasificación de sus archivos, conocí a Félix Gracia y José Antonio Campoy, que llevaban adelante el proyecto de la revista. Sé que ellos pidieron "referencias" sobre mí a Andreas Faber-Kaiser y a Antonio Ribera, en Barcelona, y que ambos les hablaron de mi entusiasmo y mi trabajo. Así, en el número 4 publicaba mi primera noticia y en el 6, mi primer reportaje. Fue tremendo. Más tarde, en 1991, MÁS ALLÁ fmanció mi viaje a Arizona y Nuevo México, de donde surgió mi primer contacto con el caso Roswell y un primer monográfico sobre OVNIs de MÁS ALLÁ que entonces vendió más de 125.000 ejemplares. El resto ya es historia.


- Hoy por hoy, y como colaborador habitual del programa de televisión con más audiencia del momento, "Crónicas Marcianas", probablemente seas el divulgador del misterio más conocido de España. ¿Sientes la responsabilidad? 

- Sinceramente, no creo que sea el divulgador más conocido del misterio. Hay una larga lista de nombres propios en los medios que hacen un trabajo digno y que mantienen vivo el interés de mucha gente. Mi responsabilidad en "Crónicas" es, tan solo, la de haber logrado mantener durante cuatro temporadas una sección sobre misterios en un programa de máxima audiencia, y la de haber traído temas sorprendentes, serios, aunque a veces el tono del programa sea escéptico. A fin de cuentas, la actitud de Javier Sardá representa a una parte importante de la población que no cree en estos temas, y a mí me corresponde presentarle argumentos para que reconsidere su postura. 

- Y además de tu trabajo en Crónicas Marcianas, diriges la revista especializada más leída del país, y tus libros son grandes éxitos de venta ¿Se sube el poder a la cabeza? ¿Se te acercan muchos "amigos" por interés? ¿Te sientes sólo ahí arriba? 

- ¿Poder? Hombre: poder es otra cosa muy diferente. Lo que se sube a la cabeza es la burocracia, el día a día, la obligación de gestionar convenientemente los recursos humanos de una publicación para lograr una revista interesante... Y lo que a veces baja es el tiempo que puedes dedicar a la investigación de campo Eso es el "lado oscuro" de este trabajo. El único. Por otra parte, la soledad a la que te refieres existe. Pero es muy diferente a la que tenía en los tiempos del SEOV. Esta soledad tiene más que ver con el compromiso de ser independiente, de no dejarme condicionar por factores no profesionales (simpatías personales, amistades, etc) a la hora de tomar una decisión, y hacer mi trabajo bien. Tanto en la revista como en mis libros. Y eso, a veces, aísla... y duele. 

- Entre tu napoleónica ultima novela, que creo que se ha traducido hasta en Francia, y aquel "facsímil" titulado "Extraterrestres; Dioses de una nueva religión" que pocos privilegiados conocemos, la trayectoria bibliográfica de Javier Sierra ha evolucionado mucho. Que ha cambiado entre el autor de uno y otro libro. 

- Doce años no pasan en balde. Supongo que he ganado en madurez y en estilo, aunque el entusiasmo y el perfeccionismo siguen intactos. Tal vez eso explique por qué cada vez que se reedita un libro mío incorporo matices o actualizaciones. Recientemente lo hice con "En busca de la Edad de Oro", incorporándole a su edición de bolsillo un capítulo inédito sobre las investigaciones en Perú en busca del tesoro sagrado del Templo del Sol, que escondieron los sacerdotes de Atahualpa. 

- Cuando editabas el boletín SEOV, allá por mediados de los ochenta, existían muchos fanzines en papel sobre los fenómenos anómalos. Parece que internet ha terminado por condenar a la desaparición a aquellas míticas publicaciones de aficionado, de las que apenas quedan dos o tres supervivientes. ¿Ha cambiado algo más en la divulgación paranormal y OVNI con la llegada de internet? ¿Supone la red una amenaza para publicaciones comerciales como MÁS ALLÁ? 

- Todo lo contrario. Internet ha facilitado mucho el derecho que todos tenemos a la libre expresión de nuestras ideas e inquietudes. Si en 1985 hubiera existido Internet, ten por seguro que mi "Boletín ovniológico" se hubiera publicado "on line". No obstante, Internet tiene una pega: el exceso de información. Lo difícil hoy en día es desarrollar un criterio correcto para discernir entre la buena y la mala información, y tener el suficiente "instinto" como para detectar en la red la pista para una buena investigación. Es todo un reto.

- ¿Y la investigación? La década de los ochenta dio nombres hoy bastante conocidos como Bruno Cardeñosa, Josep Guijarro, Jose Juan Montejo, Vicente París, Clara Tahoces, etc., ¿Existen nombres que supongan un relevo en los jóvenes investigadores del año 2000? 

- Yo creo que sí. Y para descubrirlos hay que estar atentos a Internet, de igual modo que hace una década todos esos nombres colaboraban en boletines de pequeña tirada. No obstante, la investigación pura y dura sigue siendo un bien escaso. La mayoría opta por la divulgación, que como sabes no es lo mismo. 

- A pesar de tu juventud cronológica, tu currículum es amplio y tu experiencia mayor, y desde esa experiencia, ¿qué le dirías a cualquier joven que, como tú hace veinte años, quisiera iniciarse ahora en el mundo de la investigación? 

- Hoy más que nunca, sigue estando vigente el consejo que me dio Antonio Ribera cuando le formulé esa misma pregunta en 1985: hay que aprender idiomas, especialmente inglés. Anualmente se edita una excelente bibliografía sobre lo paranormal en ese idioma, que aquí casi pasa desapercibida. Los grandes hallazgos se transmiten en inglés, Internet lo requiere casi tanto como saber manejar un ordenador... Pero, nuevos además, les recomendaría que se formaran en inéditos, disciplinas complementarias con la página investigación: desde criminología a farmacia, de personas Historia Antigua a astronomía.  

- Tal vez los referentes que puede encontrar un aficionado al misterio en los grandes medios, no son el mejor ejemplo. Los freaks y el sensacionalismo han invadido los programas de mayor audiencia, incluyendo "Crónicas Marcianas". ¿Cómo se puede compaginar la seriedad con las exigencias comerciales?

- Con mucha atención, y sometiéndote a un continuo e implacable proceso de autocrítica. Pero, sobre todo, estudiando.

- ¿Próximos proyectos?

- Hay muchos. Por de pronto concluir una compleja novela "de investigación" que llevo entre manos, centrarme en un próximo ensayo al estilo de "En busca de la Edad de Oro", con viajes y pequeños hallazgos aún y terminar de una vez por todas una web en la que un pequeño equipo de lleva varios meses trabajando. Pero eso será para bien entrado el 2004.

- Inshallah!



jueves, 2 de abril de 2020

HAITÍ: LA INTERNACIONAL. VIAJE HACIA BELLADERE



«Amanece temprano y la luz del sol me despierta», anoté en mi diario. Así que madrugué. Tenía muchos preparativos que hacer antes de salir hacia la frontera haitiana. Había hecho coincidir mi primer viaje a Haití con el tercero o cuarto que hacía Miguel Blanco, para contar así con un poco de cobertura en un país tan duro como desconocido, al menos hasta que pudiese reunirme con las misioneras católicas de Puerto Príncipe. 

Me aprovisioné de mapas, baterías, carretes, un buen botiquín y todo lo que pudiese necesitar antes de adentrarme en el territorio más peligroso que he conocido. Más de una vez me iba a alegrar de haberme reunido con Miguel Blanco antes de dejar Puerto Plata para iniciar la ruta hacia la frontera haitiana. Para ello alquilamos un coche, en realidad una furgoneta, en una de las numerosas agencias de alquiler de vehículos que atienden a los turistas. Tiene gracia: cuando explicamos al dependiente de la agencia que queríamos un vehículo duro para ir hasta Haití, el tipo nos respondió en un tono profundamente despectivo: «¡Para qué van allá, chico, si allá nada más que hay negros!». Lo paradójico es que quien esto afirmaba era un mulato más oscuro que el pan tostado. Este fue mi primer contacto con el racismo inherente al mestizaje que los españoles, y más tarde los portugueses, franceses, ingleses y holandeses dejamos en las Américas. Fue tan profundo el daño que infligimos en la conciencia de esos pueblos, que entre ellos mismos se desprecian dependiendo del grado de mestizaje de su piel. Vergonzosamente, muchos blancos caribeños ven con desprecio a los mestizos, que a su vez menosprecian a los mulatos, quienes humillan a los negros... Como si los humanos necesitásemos desesperadamente marcar las diferencias con otros grupos humanos para sentir nuestra propia identidad. Como si sólo sometiendo a otros colectivos a nuestro maltrato, descrédito y vilipendio, pudiésemos sentirnos superiores. El sistema de castas, al fin y al cabo, no sólo está instaurado en la India. En todo el planeta siguen existiendo, de una forma u otras, diferencias de «castas» económicas, sociales o raciales. Maldigo a todos los dioses que han permitido esas diferencias. 

Cuando preguntamos al negro racista de la agencia cuál era el camino más rápido para llegar a la frontera de Haití nos ofreció dos alternativas: dirigirnos hasta Santiago de los Caballeros para una vez allí tomar la autopista hasta Santo Domingo, y de allí la carretera que lleva al paso fronterizo de Jimaní, lo que significaba rodear todo el país casi literalmente; o utilizar «la Internacional», que salía directamente desde Puerto Plata hacia Haití, y que resultó una ruta que ni mi compañero Miguel Blanco conocía. No parecía una elección difícil. Y por demasiado fácil resultó un grave error. 

Según las notas de mi diario, estábamos tan confiados en que la ruta por la Internacional sería un cómodo paseo que incluso nos permitimos el lujo de comer en Puerto Plata antes de iniciar el viaje. Salíamos de la ciudad dominicana a las 13.10. Y de allí, siempre con rumbo oeste, hasta Santiago de la Cruz, donde quería reunirme con una entrañable cooperante. En ese trayecto la carretera no nos puso mayores problemas, como si quisiese que nos confiásemos. De Puerto Plata a Bisonó, donde giramos a la derecha para seguir hacia Maizal, y después hacia el sur por Mao, Los Quemados y Sabaneta, donde a media tarde incluso paramos a tomar un café y a darnos un baño de cinco minutos en el río Yaguajal. Después, relajados, continuamos el viaje hacia nuestra cita en Santiago de la Cruz, dejando atrás Los Almacigos, Inaje y Partido, donde el depósito de gasolina empezó a exigir que le diésemos de beber. 

Por fin avistamos el pueblecito típicamente caribeño de Santiago de la Cruz. Allí teníamos una cita con uno de esos personajes que es un honor conocer. Pocas cosas debo agradecer tanto a los viajes como haber tenido el privilegio de estrechar la mano de seres humanos excepcionales, personas que no están dispuestas a cruzar los brazos y mirar hacia otro lado quejándose de lo mal que va el mundo. El mundo va mal porque no hay más personas como mi querida María y su empresa de niños con síndrome de Down, o como los ópticos y dentistas voluntarios de la Ruta de la Luz, o como los cooperantes de Ayuda en Acción, o como todos los misioneros del mundo... o como Morgy Skeiner. 

Esta norteamericana de sesenta y un años, alta, de luminosos ojos azules y cabello completamente blanco, es madre de seis hijos y no pertenece a ninguna asociación humanitaria, pero pertenece a todas al mismo tiempo. Toda su vida colaboró con organizaciones solidarias, desde los Boy Scouts, con los que trabajó durante veintidós años, hasta asociaciones de alfabetización de adultos, organizaciones ecologistas, etc. Sin necesidad de dar la vuelta al mundo, ni estudiar teología durante años, había llegado a la conclusión de que la clave de la felicidad es hacer el bien, donde sea, cuando sea, a quien sea, sin dejar escapar ni una oportunidad de sentirse útil, de construir. Morgy ama la vida con pasión. Por eso ha consagrado la suya al servicio de las ajenas. Morgy también es una terrestre extra. Cuando el menor de sus hijos cumplió los dieciocho años, en 1986, decidió dar un giro a su vida e implicarse todavía más en el trabajo social, lo único que la hace sentirse viva. Así que dejó su casa, sus amigos y su cómoda vida de pequeñoburguesa yanki para marcharse al último rincón de la República Dominicana, con un ambicioso proyecto de forestación bajo el brazo. 

Morgy Skeiner sabe mejor que nadie el problema que supone la falta de bosques y plantaciones que sufre esa región dominicana, y mucho más aún el vecino Haití. Ella vive a pocos kilómetros de la frontera, y dos veces por semana se desplaza al otro lado, donde dirige un proyecto de educación infantil con doscientos niños a su cargo y varios invernaderos. Morgy consigue las matas y las semillas de árboles florales en Dominicana y las plantas en Haití, en un intento tan ingenuo como admirable de luchar contra la brutal deforestación que sufre el país del vudú. Vive sola en la pequeña casita de madera donde la encontramos, y no le tiene miedo ni a los zombis, ni a los terratenientes, ni al fracaso. Sin duda es un ser humano excepcional. Y los surcos que rodean sus ojos, y sus mejillas, denotan que la sonrisa es el estado habitual de su rostro. Quizá porque, pese a la austeridad económica que soporta, Morgy se siente feliz, y se sabe querida por todos los beneficiarios, tanto dominicanos como haitianos, de su labor social. Nadie mejor para empezar a ponernos en antecedentes de lo que nos esperaba al otro lado de la frontera. 

Dejamos Santiago de la Cruz impresionados por el testimonio humano de la americana, y llegamos por fin a la Internacional. Y ahí empezaron los problemas. Porque la Internacional no es una autopista de cuatro carriles como podría sugerir su pomposo nombre, sino una ruta, no me atrevo ni a llamarla carretera, que discurre a través de la frontera natural entre Haití y Dominicana. Justo en ese momento, pensé en la madre del negro que nos alquiló el coche. Una mujer honrada y virtuosa, sin duda, pero con un hijo que merece otros calificativos menos elegantes. La Internacional se convirtió en un auténtico suplicio. Breves fragmentos de carretera asfaltada, que de pronto se convertían en una pista de tierra batida, que de repente desaparecía dejándonos desorientados. Y lo que es peor, sin tracción 4x4 en la furgoneta. 

Durante interminables kilómetros, en que no podíamos rebasar los quince kilómetros por hora so riesgo de reventar los bajos del coche, circulamos por paisajes insólitos, que nos permitieron admirar las cicatrices medioambientales de la cruda historia haitiana. Si en ese momento nos apeásemos del coche por la puerta derecha, lo haríamos en suelo haitiano, arrasado, deforestado, triste, como su pasado. Si lo hiciésemos por la izquierda, nos encontraríamos con el fértil suelo dominicano, su selva tropical y sus ricas plantaciones. Quizá es un poco exagerado, pero servirá para ilustrar la gran diferencia que existe entre los dos países, aun encontrándose en la misma isla. 

Dejamos atrás Loma de Cabrera y recogimos a un autoestopista, Fabio. que nos desanima de buscar una ruta mejor. Ya es demasiado tarde para regresar a Puerto Plata, la noche se nos va a echar encima y corremos el riesgo de que se cierren los controles militares de cada uno de los pueblos que tenemos que atravesar. Ese sistema para controlar las desapariciones, robos, secuestros o asesinatos de turistas consiste en recoger un pase, por ejemplo en La Fortaleza, donde dejamos a Fabio, y entregarlo en Pedro Santana. Coger otro en Santo Pacheco y entregarlo en Malayana, etc. En varios de aquellos controles nos costó convencer a los militares para que nos permitiesen continuar el viaje. Sabían lo que nos íbamos a encontrar mejor que nosotros y nos lo advirtieron una y otra vez. Pero Miguel es casi tan tozudo como yo, y no estábamos dispuestos a perder ni un día de viaje pernoctando a medio camino. Nos habíamos propuesto llegar al hounfor de un sacerdote vudú esa noche, en Elías Piña, al precio que fuese necesario. Fracasamos, claro. 

Afortunadamente los militares siempre terminaban por concedernos el siguiente pase, eso sí, tras pagar el «impuesto» de peaje: un soborno con forma de botella de ron, revistas pornográficas, un cartón de tabaco o, directamente, un puñado de euros. Eso sí, advirtiéndonos de las bandas de ladrones que patrullaban aquellos valles y montañas. Si asumíamos el riesgo, allá nosotros. Y nosotros allá nos fuimos. Fue una noche larga. 

Después de ponerse el sol es cuando empezamos a pasarlo mal. Para orientarnos seguíamos el curso del río Artibonito, siempre hacia el sur. Dejando a nuestro paso Trinitaria, La Miel o Banica, a un lado y otro de la frontera. El problema llegaba cuando el cauce de alguno de los pequeños afluentes del río pasaba de Haití a Dominicana y no había más remedio que cruzarlo. Las peripecias que viví con los 4x4 en las dunas del Sáhara o del Gobi, o en los oasis egipcios, o en las selvas de Malawi, o en la estepa mongola, palidecen al lado de lo que supone cruzar el río, los barrizales y las montañas con una furgoneta Vanette. Todavía me maravillo de la pericia de Miguel Blanco al sortear aquellas dificultades. Está claro que en asunto de aventuras la experiencia es un grado. Incluso así, en varias ocasiones las ruedas se quedaban trabadas en el barro, o en el río, y a mí me tocaba remangarme los pantalones para colocar troncos o piedras bajo las ruedas para empujar, o simplemente para caminar, linterna en mano, por delante del vehículo, buscando las zonas más firmes para las ruedas. 

Casi a las dos de la madrugada, agotados, furiosos y hambrientos, con la furgoneta atrapada por enésima vez en el barro, nos vimos sorprendidos de pronto por docenas de pares de ojos que nos miraban desde las sombras. En lo primero que pensamos fue en las bandas de bandidos sobre las que nos habían advertido los militares, y Miguel y yo, al unísono, echamos mano de los machetes que habíamos metido en el equipaje antes de dejar Puerto Plata. Sólo en esa ocasión no fue necesario utilizarlos. No se trataba de bandidos, sino de un grupo de hambrientos inmigrantes haitanos que cruzaban la frontera con la esperanza de encontrar un futuro mejor en Dominicana. Me recordaron las caravanas de africanos que me encontré en el desierto de Mauritania, camino de las fronteras españolas. Tanto unos como otros creen que en el vecino país encontrarán el ansiado paraíso, pero no saben que el futuro que les aguarda a la mayoría es mucho más triste y cruel que el presente que viven ahora. 

Por fin, tras mil peripecias, llegamos a Elías Piña bien entrada la madrugada, rotos por el esfuerzo. Y allí nos alojamos en el hotel más infecto, miserable y desastroso donde jamás se ha alojado un viajero. La habitación, sin agua, luz ni cuarto de baño, costaba dos euros y medio. Un agujero en el suelo hacía las veces de WC, y una lata de pintura vieja, llena de agua, se suponía el lavabo donde habrías de cepillarte los dientes y asearte. Pero en la mía había una rana, así que opté por irme a dormir en un colchón mugriento y pestilente, que en ese momento me pareció una sucursal del cielo. Es curioso cómo varía nuestra forma de valorar las comodidades dependiendo de nuestra necesidad. 

Por la mañana las cosas se ven mejor; es decir, con más claridad. Así que en cuanto amaneció y vimos con más lucidez el antro donde nos habíamos metido, salimos corriendo de aquel lugar infame para cruzar la frontera hacia Haití y seguir viaje hasta Belladere. Allí debíamos reunirnos con quien sería nuestro anfitrión durante los próximos días: el houngan Manuel Sánchez Elié. En la religión vudú se denomina houngan a los sacerdotes, mambo en caso de que sean mujeres, y bokor a los brujos, pero lo cierto es que la mayoría de los houngans también son bokors, y la mayoría de los bokors también son houngan. Como nos explicaban allí, «es mejor servir a Dios con la mano derecha y al diablo con la mano izquierda, así los dos están de tu lado».


ARQUEOLOGÍA BÍBLICA


La arqueología bíblica, como su nombre indica, es la especialidad arqueológica que tiene como objeto de estudio los lugares, circunstancias y vestigios de sucesos relacionados con la historia del judeocristianismo. 

Hasta el siglo XIX la Biblia era considerada, para los cristianos, como la principal e irrefutable fuente de conocimiento. Sin embargo, la historia de la ciencia llevaba ya muchos años creando serios conflictos entre los hechos demostrados, como la esfericidad de la tierra o su rotación alrededor del sol, o la revolucionaria teoría de la evolución de las especies, con el magisterio de la Iglesia. Y la arqueología vino a echar más leña al fuego. 

Los primeros exploradores, arqueólogos y aventureros, muchos de ellos misioneros, llegados a Palestina, Egipto, Siria y demás escenarios de los pasajes bíblicos intentaron aplicar esa nueva disciplina a la demostración de que la Biblia decía la verdad. Y no es de extrañar que la Santa Sede acogiese con entusiasmo descubrimientos arqueológicos que parecían probar la historicidad de los textos sagrados. 

No me supone ningún esfuerzo imaginar a los cristianos de los siglos XIX y XX siguiendo con interés, y casi con alivio, los descubrimientos de nuevos restos arqueológicos que confirmaban un pasaje bíblico. 

Por ejemplo: la campaña militar en Israel del faraón Sisac (1 Reyes 14:25-26) aparece registrada en los muros del templo de Amón en Tebas, en Egipto; la revuelta de Moab contra Israel (2 Reyes 1:1; 3:4-27) consta en una inscripción de La Meca; la caída de Samaria (2 Reyes 17:3-6,24; 18:9-11) por Sargón II, rey de Asiria, figura en los muros de los restos de su palacio; el ataque de Asdod por órdenes de Sargón II (Isaías 20:1) también está registrado en los muros de su palacio; la campaña del rey asirio Senaquireb contra Judá (2 Reyes 18:13-16) aparece en el Prisma de Taylor; la siega de Senaquireb (2 Reyes 18:14,17) consta en los relieves de Lachish; la caída de Nínive, augurada por los profetas Nahúm y Sofonías (Sofonías 2:13-15), está descrita en la tablilla de Nabopolasar; la caída de Jerusalén por Nacubodonosor, rey de Babilonia (2 Reyes 24:10-14), quedó registrada en las crónicas de Babilonia; la liberación de los cautivos en Babilonia por Ciro el Grande (Esdras 1:1-4; 6:3-4) se confirma en la Esfera de Ciro, etc. 

En otras muchas ocasiones, la confirmación de un suceso bíblico, a través de la arqueología, era indirecta. Por ejemplo: la inscripción de Behistún (1835), tallada en la roca en tres idiomas, incluido el de caracteres cuneiformes, abrió las posibilidades para el desciframiento de escritos cuneiformes (se lo conoce como «la clave para otras claves»); la estela moabita (1868), que contiene el relato del triunfo de Mesa, rey de Moab, contra Ahab y Joram, reyes de Israel; el hallazgo del archivo estatal del imperio hitita (1871, 1906), con más de veinte mil textos cuneiformes, parte acadios y parte hititas, especialmente los tratados de vasallaje o de soberanía y que siguen un modelo que aparece de una u otra manera en varias partes del Antiguo Testamento; el código de Hamurabi, una estela descubierta en 1901 por arqueólogos franceses, lo creó el homónimo rey de Babilonia. Este rey vivió casi medio milenio antes de Moisés. 

Hay mucha similitud entre las leyes de Hamurabi y las leyes mosaicas. En el texto de Hamurabi aparece la «ley del talión». Este descubrimiento ayuda a los estudios bíblicos a ubicar las leyes mosaicas en un contexto más amplio y a abrir los ojos a muchos escépticos que no aceptaban la antigüedad de ellas. Por otro lado, las leyes de Hamurabi permiten reconocer la diferencia entre leyes de carácter general y universal, y aquellas propias del pueblo de Dios. 

Hay muchos ejemplos más, pero lo descorazonador es que no exista una confirmación arqueológica irrefutable de la existencia de Jesús de Nazaret, la gran ambición de los arqueólogos bíblicos creyentes. Y peligrosa. Ya que, en el 99 por ciento de los casos de grandes personajes históricos, lo que más ambicionan los arqueólogos es encontrar su tumba: como las de Genghis Khan, Alejandro Magno, etc... Pero descubrir la tumba de Cristo sería un cataclismo teológico para millones de cristianos. 

Con el paso de los años las cosas se fueron complicando, y cada vez con más frecuencia los descubrimientos arqueológicos no sólo no confirmaban, sino que incluso contradecían la Biblia. No causará ningún estupor que, en ese momento, un estricto secretismo rodease las excavaciones arqueológicas en Tierra Santa, y muchos hallazgos fuesen inmediatamente sepultados en los archivos secretos vaticanos. 

Sin embargo, con el creciente laicismo de la sociedad, Roma fue perdiendo su poder y otros «vaticanos» comenzaron a exigir su parte del pastel. No podemos olvidar que cristianismo, judaísmo e islam comparten profetas o personajes como Moisés, Abraham o Jesús. Por lo tanto, cualquier hallazgo arqueológico que pudiese aportar alguna luz sobre la Biblia ya no era sólo jurisdicción vaticana. 

Sería demasiado largo detallar los episodios extraordinarios de la arqueología bíblica, como el descubrimiento de los manuscritos de Qunram, o el vergonzoso fraude del osario del hermano de Jesús, más similares a una novela de espionaje internacional que a controversias científicas. En este momento prefiero limitarme a Egipto. 

Con el paso de los años, la arqueología bíblica fue independizándose del monopolio vaticano y adquiriendo tintes de especialidad científica. Y los arqueólogos bíblicos llegaron a un acuerdo muy lógico. Su función no sería buscar pruebas que avalasen la credibilidad del texto evangélico, sino que contextualizarían (y si fuese preciso rebatirían) el mundo descrito en la Biblia. 

Como bien dice Edesio Sánchez Cetina, el objeto del arqueólogo es hacer ciencia, no teología. Sin embargo, a medida que uno profundiza en los hechos, siente cómo su fe se va mermando y las dudas le corroen el alma. ¿Y si las cosas no son como me han contado?


miércoles, 1 de abril de 2020

MIS MENAS. UN NIÑO, UNA HISTORIA


Repasando el archivo en busca de fotos sobre la oleada de "vampiros" en Malawi y los crímenes rituales de menores, me encuentro el folleto de una de mis exposiciones de fotografías de niños del mundo... 

Niños que me impactaron en mis viajes. Y con los que tuve algún vínculo especial. Como George, el niño que dormía en el suelo de un portal de Bucarest en el punto por donde pasaba la calefacción del edificio, y que se convirtió en nuestro guía. O Chiwondi, la niña de Malawi con malaria y a la que solo podían tratar con aspirinas porque no tenían ningún otro medicamento (murió poco después de que la fotografiase, pero su imagen se convirtió en el logo de una ONG española: ANIMUN). O los hermanos de Mongolia, que se hacían los zapatos con botellas de plástico vacías... o los niños brujo de Puerto Príncipe, que se bañaban en las aguas del alcantarillado... o los niños soldado de Palestina...o las huerfanas de Tirgóviste... 

Estoy seguro de que si los respetables ciudadanos blancos, cristianos, españoles que abominan de ellos, los hubiesen visto en sus países y circunstancias de origen, como yo, no dirían las estupideces que dicen sobre los "menas". Y quienes los han votado, tampoco... Y estoy seguro de que si su Jesucristo, cuyo nombre tanto usan en vano, escuchase sus argumentos, les escupiría en la cara.

En esta web encontrarás algunas de sus historias...



EGIPTO: REMONTANDO EL RIO NILO



Doscientos treinta y tres kilómetros de carretera, razonablemente transitable, separan el oasis de Al Kharga de la ciudad de Asiut. Y tras tanto polvo, arena y sol, reconforta encontrarse de nuevo con la frescura, la vida y el verde del valle del Nilo. 

Por supuesto existen diferentes maneras de remontar el río. No me atrevo a desaconsejar los lujosos cruceros, en grandes barcos preparados con todas las comodidades, que hacen de la travesía una experiencia inolvidable. No negaré que tumbarse en la cubierta, disfrutando un cóctel y fumando una shisha mientras los templos del Nilo desfilan ante nuestros ojos, como la proyección de una vieja película, es fascinante. Sobre todo si disfrutas del viaje en buena compañía. 

No existe mejor lugar para enamorarse, o para reenamorarse, que un crucero por el Nilo. Y si no que se lo pregunten a la joven Cleopatra y a Marco Antonio. Sin embargo, si lo que deseas es conocer y comprender las creencias religiosas de los egipcios, sus tabúes y supersticiones, sugiero otro medio de locomoción un poco más incómodo pero mucho más cercano a la realidad social y antropológica. 

En cualquiera de los puertos de cualquiera de las ciudades de cualquiera de los tramos del Nilo, el viajero puede encontrar lanchas, botes, barcas, falucas y otras pequeñas embarcaciones de pesca susceptibles de ser alquiladas. Como todo en Egipto, la única ley que puede burlarlas todas es la ley del dólar. Y así comenzó una de las etapas más intensas e instructivas del viaje. A bordo de una pequeña embarcación de pesca, de apenas cinco metros de eslora; comiendo, durmiendo y viajando en ella, con los pescadores egipcios, disfruté de una forma diferente de remontar el Nilo. Más cerca del agua, rozándola con los dedos al sacar la mano por la cubierta, y también de las tradiciones y las creencias de los descendientes del pueblo faraónico. 

En el Nilo el agua se arruga como la piel de un anciano. Como si hasta el líquido elemento quisiera reflejar la infinita antigüedad de aquel cauce. En realidad son los remolinos submarinos y las corrientes las que crean ese singular efecto óptico que te hipnotiza, fijando tu mirada en la superficie del agua durante las horas de monótona travesía desde la proa de la lancha. Una monotonía que se quiebra cuando, a babor y estribor, van apareciendo los templos faraónicos que nos encontramos en nuestro remonte del río. 

Mi guía en este tramo náutico del viaje, más austero en cuanto a comodidades, se llamaba Ali Muhammad Abdelhamid El Sherif y hacía carne el mito de la liberal sexualidad entre hombres de los países árabes. En una cultura en la que se concede tanta importancia a que la mujer llegue virgen al matrimonio, los primeros escarceos sexuales de los varones a veces se dan con otros varones. Y eso puede hacernos vivir a los viajeros occidentales equívocos más o menos incómodos. Sobre todo cuando te encuentras en una lancha en medio del Nilo y no hay muchos lugares donde esconderte. Hoy recuerdo con una sonrisa mis intentos por no ser grosero al rechazar los regalos, guiños y coquetas sonrisas de Alí Muhammad, mudándome de la proa a la popa y de la popa a la proa de nuestra barca, seguido siempre de cerca por el egipcio. Afortunadamente al cabo de un par de días entendió que mis preferencias sexuales están muy definidas y se limitó a guiarme Nilo arriba, sin demandar más pago que las libras acordadas y una copia de las fotos que nos hicimos juntos. 

Durante esas jornadas de navegación, de isla en isla, de templo en templo, aprendí más sobre la cultura y la religión egipcia que en las páginas de los mil volúmenes consultados antes de iniciar el viaje. Con cierto pudor me atrevo a transcribir algunos párrafos que anoté en mi cuaderno de viaje durante aquellos días: 

«La vibración del motor te masajea la columna vertebral, como si quisiese despertar tu kundalini. El rumor de las olas, flagelando la proa, contrasta con el run-run del motor que, desde la popa, te frota la nuca. Y mientras ganamos millas hacia el sur, el firmamento se va cubriendo de oscuridad, salpicada de estrellas, de izquierda a derecha. Como si una inmensa sábana negra, llena de perlas, fuese desplazándose lentamente para cubrir el sol y sus últimos resplandores anaranjados, detrás ya del horizonte. Es la diosa Nut que lentamente cubre con su abrazo a Ra para proteger su sueño. 

El cigarrillo que acabo de compartir en la cubierta con uno de los pescadores, en respetuoso silencio, me ha hecho entender un poco mejor a los dioses egipcios... Son las 18.45. Nut ya lo cubre todo. Al apagar los motores y quedarnos en total silencio, sin una sola luz a bordo, mientras el padre Nilo nos mece suavemente, sentimos su poder...». 

Cursi, lo sé; pero considero que, además de probar mi nula capacidad literaria, ayuda a comprender el torrente emocional que podían sentir los primeros viajeros que exploraron estas tierras. O incluso, quizá, cómo los antiguos egipcios sintieron la necesidad de interpretar antropomórficamente los fenómenos de la naturaleza, divinizándolos. Estoy seguro de que así nacieron casi todos los dioses: en el corazón de los hombres, sobrepasados por su ignorancia ante las incomprensibles maravillas de la naturaleza. ¿Puede encontrarse a Dios en algún lugar mejor que en una puesta de sol, en un cielo estrellado, en un amanecer o en el río que te da el alimento y la vida? Estoy seguro de que hasta monseñor Daniel Comboni, cuando surcó aquellas mismas aguas Nilo arriba, en su histórico viaje de 1847, pensó lo mismo que yo. 

Durante el día surcábamos las aguas añejas del río y visitábamos los templos erigidos a una y otra orilla. Por la noche atracábamos en algún puerto o, al final, en alguna de las pequeñas islas originadas por la presa de Asuán en el lago Nasser, y compartíamos la cena, o las anécdotas, o las supersticiones de los humildes pescadores, cuyo mundo se limita al río y a los escasos metros de tierra que pueda tener la isla en la que viven. 

Recuerdo que uno de los personajes que más me impresionó fue Yamil, un niño de unos diez años de edad que conocí en uno de esos mil islotes sin nombre donde atracamos porque el río bajaba un poco revuelto esa noche. Al poner el pie en la arena de la pequeña cala descubrimos unas sospechosas huellas en la arena de lo que parecía un enorme reptil. En mi ignorancia, juraría que eran de cocodrilo. Y odio los cocodrilos. Sobre todo en una circunstancia tan fuera de mi control como aquélla. En un islote perdido en medio del Nilo, desarmado y en plena noche. Y la noche en el Nilo se escribe con mayúsculas, porque, como en el desierto, no existe ningún foco de luz artificial en muchos kilómetros a la redonda. 

Me sentía tremendamente vulnerable. Incluso aferrándome a la linterna que me permitía quebrar la oscuridad a mi alrededor, esperando encontrarme los ojos redondos y las fauces gigantes de un cocodrilo o un temible hipopótamo, como los que rodearon mi lancha en el africano río de Lengwe. 

Esa noche no me costaba ningún esfuerzo imaginar cómo se sentirían los habitantes de aquellas tierras hace cinco mil años, tan vulnerables como yo ante los verdaderos señores del Nilo. Y tampoco me costaba deducir que, al igual que en la India, en Perú o en el Africa negra, se terminase por divinizar a aquellas potencias de la naturaleza, en este caso animales, a los que con ofrendas y rituales intentaban pacificar los humanos. Estoy seguro de que si yo mismo hubiese vivido en el Egipto del 3000 a.C., como en cualquier otro lugar del mundo antiguo, también veneraría a Sobek, a Tauret o a cualquiera de los dioses con forma de animal del panteón faraónico, ofreciéndole cualquier tipo de oración, homenaje u ofrenda para sentirme un poco más tranquilo al invadir sus territorios, como estaba haciendo en estos momentos. 

Afortunadamente ni el dios-cocodrilo, ni la diosa-hipopótamo, ni ninguna otra criatura del Nilo se nos apareció en aquel diminuto islote. Pero sí se nos apareció Yamil. En sus diez años de vida Yamil no había abandonado casi en ninguna ocasión aquel islote en el que vivía con su familia y un par de cabras y gallinas. Su mundo conocido se circunscribía a la extensión de aquel islote, que no llegaba a un kilómetro cuadrado. Una destartalada radio era su hilo conductor con el mundo exterior, y pasaba el día cocinando, pescando o cuidando a los animales de la ridícula «granja» familiar. Aquel pequeño Robinson Crusoe egipcio me hizo pensar mucho en lo diferente que puede ser la percepción del mundo y por tanto de las creencias religiosas para alguien como yo y para alguien como Yamil, que había vivido toda su vida en aquella casucha de madera sucia y desvencijada al margen de la civilización. 

A pesar de haber nacido en la cuna de todas las civilizaciones. Su padre y otros familiares pescadores nos invitaron a un té y a compartir la cena y el fuego de la hoguera. La pesca es generosa en el Nilo, como lo era en tiempos de los faraones, y muchos pescadores deportivos viajan desde todo el mundo, pagando generosas sumas, para optar al dudoso honor de capturar una perca gigante como la que Yamil había preparado aquella noche. 

El pequeño pescador del Nilo, de manos endurecidas ya por el trabajo duro, no sabía leer ni escribir, pero manejaba las artes de pesca con la misma pericia de su padre, su tío y su hermano. Y como ellos, practicaba un islam totalmente salpicado de supersticiones y elementos extraídos de la antigua religión faraónica. De la misma forma en que en Occidente católicos confesos mantienen supersticiones ancestrales que compatibilizan con sus prácticas cristianas, como el muérdago, las uvas, el Santa Claus o el árbol de Navidad, de orígenes paganos, esa superposición de creencias religiosas se da en todas las culturas del mundo, donde mitos, supersticiones y prácticas religiosas antiguas perviven mimetizadas en los dogmas oficiales contemporáneos. 

Yo mismo he visto cómo egipcios y egipcias del siglo XXI, desde las islas del lago Nasser a la Tanis del delta, pasando por los oasis del desierto, utilizaban los antiguos templos faraónicos, las estatuas de los dioses antiguos o hasta las pirámides para depositar ofrendas a las antiguas divinidades en busca de sus favores. Yamil y su familia también. 

Al despedirnos del pequeño pescador también le tomé algunas fotografías para que su espíritu, como el de Chiwondi, pueda sobrevivir en el Zamadi para toda la eternidad, y tal vez allí se encuentre con su venerado Osiris, Horus o Nut.



¿QUIÉN FUÉ CARLOS CASTANEDA?

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